Vivir para siempre es posible


Como de costumbre desde cuando abandonó las pandillas y  gracias a Jesucristo se liberó del hábito de las drogas, guardó el Nuevo Testamento en un bolsillo de la camisa. Era pequeño, azul, de papel fino. Solía llevarlo a todas partes y entretenerse leyendo las Escrituras cuando debía hacer alguna espera. Esa costumbre, aquella mañana calurosa en Santiago de Cali, le salvó la vida.

 

No había caminado tres cuadras cuando le salieron al paso dos de sus antiguos enemigos. Lo miraron con odio. Guardaban en sus corazones mucho rencor. No dijeron nada. Uno de ellos apuntó un arma hacia su cuerpo y, sin mediar palabra, disparó. Corrieron. Lo hicieron sin mirar atrás. No querían estar en el lugar cuando llegaran los curiosos.

 

 

Alex cayó al suelo gravemente herido pero estaba vivo. Aunque parezca increíble, el Nuevo Testamento que no quiso dejar en casa, desvió el tiro. Resultó con una perforación en un costado del cuerpo. De no haber ocurrido aquél inexplicable hecho, habría fallecido. La bala estaba dirigida al corazón.

 

 

En la sala de recuperación de la clínica pidió que le trajeran el librito. Estaba destrozado. Sólo alcanzó a leer –completos—dos versículos: “–Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Juan 11: 25, 26 Nueva Versión Internacional).

 

 

Dios es nuestra salvación

 

 

Mientras comentaban el incidente, amigos y conocidos coincidían en señalar que Dios había salvado la vida de este joven caleño. “Fue un verdadero milagro”, decían. No salían de su asombro.

 

No dudo que fue un hecho que rompió todos los esquemas y que acrecentó la fe de los presentes. Pero además, puso en evidencia un hecho que trazó el Señor Jesús hace siglos: Si morimos en Cristo, humanamente dejaremos de existir, pero viviremos en la eternidad. Esa es una gran noticia porque hay quienes en apariencia están vivos, pero espiritualmente están muertos.

 

¿Cómo asegurar la vida eterna? Aceptando al Señor Jesús como único y suficiente Salvador. Es un paso sencillo que nos asegura vida en la eternidad. Hoy es el día. Tome la decisión. Sus días no serán iguales.

 

 

            ¿Está preparado?

 

 

Es probable que todavía no haya aceptado al Señor Jesús como su Salvador personal. Es fácil. ¿Cómo hacerlo? Con una sencilla oración. Dígale: “Señor Jesús, reconozco mis pecados y que tengo necesidad de ti para cambiar. Perdóname y, por tu obra redentora en la cruz, permíteme comenzar hoy una nueva vida. Te recibo en mi corazón. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”

 

La decisión que ha tomado es la mejor. Ahora le aconsejo que comience a hablar cada día con Dios mediante la oración; que aprenda más acerca de Su voluntad leyendo la Biblia, y tercero, que se congregue en una iglesia cristiana. ¡Su vida no será la misma!.

 

 

© Fernando Alexis Jiménez. Pastor del Ministerio de Evangelismo y Misiones “Heraldos de la Palabra”. Email:   fernando@adorador.com

 

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