Violencia en el noviazgo o pareja que hacer


Violencia en el noviazgo o pareja que hacer. La violencia casi siempre está oculta, disfrazada de amor, los signos son casi invisibles, se confunden algunas conductas controladoras como muestras de afecto, ya que éstas se enmascaran sutilmente, siendo las más peligrosas y difíciles de detectar a tiempo.

En 2001 la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó que 3 de cada 10 adolescentes denuncian que sufren violencia en el noviazgo; la profesora María del Rosario Silva Arciniega, de la Escuela Nacional de Trabajo Social (ENTS), de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), manifestó que 73% de los mexicanos entre 15 y 24 años con relación de pareja han sido víctimas de agresiones psicológicas, 15% de violencia física y 12% ha vivido al menos una experiencia de ataque sexual.

En la adolescencia se inician las primeras experiencias en las relaciones de pareja, pero debido a sus cambios físicos y psicológicos éstas se vuelven intensas y pasionales, las emociones se intensifican y, el sentido idealista que generan, los lleva a sentir que están viviendo el gran amor de su vida. Por otro lado, cuando terminan o se alejan, sienten las decepciones más tormentosas.

Pero, ¿cuáles son las causas que contribuyen a que exista la violencia en el noviazgo?

Las chicas en esta etapa tienen poca o nula experiencia en las relaciones de pareja. Lo que saben de ellas está fuertemente influenciado por la televisión, el cine, la música o las revistas juveniles que en muchas ocasiones reproducen y refuerzan actitudes y comportamientos machistas y sexistas.
La inexperiencia en las relaciones afectivas, en los comportamientos adecuados en las mismas y, sobre todo, su falsa percepción de cómo deben ser, las sitúa en una situación de riesgo.

La cultura del amor romántico ejerce una enorme influencia en el periodo de la adolescencia y posibilita el establecimiento y mantenimiento de relaciones que se podrían considerar potencialmente destructivas. Una visión excesivamente romántica del amor puede contribuir a que las jóvenes toleren una relación asfixiante en la que el sentimiento amoroso se utiliza como justificación del control que la pareja pueda ejercer. Esta misma visión contribuye a que los jóvenes se relacionen desde un rol estereotipado que asocia el control con la masculinidad.

La adolescencia es un periodo de rebeldía y de afirmación frente al mundo adulto, lo que puede perjudicar la revelación de una situación de violencia. Las jóvenes temen a las diversas reacciones de las personas mayores: que subestimen lo que les ocurre, que las “controlen” o sobreprotejan, que denuncien a su pareja, o las alejen de ella. En resumen, que prioricen su seguridad limitando su libertad
No identifican conductas de abuso psicológico como violencia. Cuando piensan en maltrato lo hacen pensando en agresiones físicas graves, aquellas que llevan a una mujer al hospital o la matan.
Consideran los celos como una muestra normal de amor que va a estar presente en todas las relaciones.
No detectan conductas de control como indicadoras de violencia.

Algunos estereotipos sexistas siguen presentes entre las y los jóvenes, como el estereotipo de “mujer objeto”, muy presente en los chicos.
Chicas y chicos son capaces de identificar situaciones de discriminación hacia las mujeres en la sociedad y en su entorno, pero en su propia relación de pareja no identifican conductas de abuso y minimizan la importancia de situaciones de violencia.
Al describir a su “pareja ideal” los chicos lo hacen como objeto sexual y las chicas eligen al “chico malo”, caradura o rebelde, que es el modelo atractivo; los modelos de atracción no son igualitarios entre la juventud, al contrario, atrae aquel o aquella más cercana al estereotipo tradicional.

Cómo se manifiesta la violencia en el noviazgo

Para saber si tu relación es violenta simplemente debes analizar cómo te sientes cuando estás a su lado; es decir te sientes libre de comentar o hacer cualquier cosa, o tienes que cuidarte de tus comentarios y comportamientos porque temes que en cualquier momento se enoje y se ponga agresivo(a).

Otra forma es analizar si en tu relación se encuentran ciertos comportamientos que normalmente se repiten, por ejemplo:

1ra etapa: Tu pareja se tensa constantemente, su tensión se acumula y crece tanto que insulta y reprocha.
2da etapa: Te agrede física y/o emocionalmente sin poder controlarse.
3ra etapa: Busca la reconciliación, dice arrepentirse, promete que va a cambiar y te llena de obsequios y se muestra muy complaciente.

Cuando este ciclo sucede más de una vez en la relación o la pareja tiene episodios de agresión que aparecen de la nada, se está ante un caso de violencia que debe ser detenido y atendido.

 

Violencia En la pareja

La violencia de pareja —también conocida como violencia conyugal o violencia marital— es una de las formas más recurrentes en la familia. Se trata de un fenómeno psicosocial que afecta tanto a hombres como a mujeres, sin importar edad y condición socioeconómica, nacionalidad, religión o raza, y se presenta tanto en parejas heterosexuales como homosexuales. Este asunto —de acuerdo con investigaciones— se ve mayormente permeado por la violencia hacia las mujeres debido a que hay un mayor número de denuncias por parte de ellas.

En México se aplicó la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) para tener un acercamiento sobre la incidencia de violencia en la pareja, un trabajo conjunto entre el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) y el INEGI, en tres periodos: 2003, 2006 y 2011. El último levantamiento muestra que la violencia de pareja está más extendida entre las mujeres separadas, divorciadas o viudas, pues 64% declaró que a lo largo de su última unión o matrimonio fueron agredidas de diferentes formas. Dos de cada 10 reconoció haber sido abusada por su pareja o esposo.

Celis (2011) define la violencia de pareja como un “conjunto complejo de distintos tipos de comportamientos violentos, actitudes, sentimientos, prácticas, vivencias y estilos de relación entre los miembros de una pareja íntima, que produce daño y malestar grave a la víctima”.

Leonore Walker, en 1970, trató de explicar los patrones de comportamiento en las relaciones abusivas, explicando que una vez que éstas se establecen “se caracterizan por un patrón repetitivo y predecible de abuso, ya sea emocional, psicológico o físico”, también expresa que al repetirse en periodos sostenidos se convierte en un ciclo que puede dar lugar a la “indefensión aprendida y al síndrome de persona maltratada”.

Según su teoría, en el ciclo de la violencia se pueden identificar tres etapas:

Fase 1. Acumulación de tensión: El agresor se vuelve más susceptible y responde con más agresividad y hostilidad (aunque no lo demuestra con violencia física) y encuentra motivos de conflicto en cada situación. La víctima trata de calmar la situación y evita hacer aquello que cree que disgusta a su pareja (pensando que podrá evitar la futura agresión). La tensión va aumentando y la irritabilidad del agresor también, sin motivo comprensible para la víctima. Esta fase puede dilatarse durante varios años.

Fase 2. Estallido de la tensión o explosión violenta: Es el resultado de la tensión acumulada en la fase 1. Se pierde toda forma de comunicación y entendimiento, y la violencia, finalmente, explota dando lugar a la agresión.

Aparecen las agresiones verbales, psicológicas, físicas, etcétera. Es en esta fase cuando suelen denunciarse las agresiones o cuando se solicita ayuda (al producirse en la víctima lo que se conoce como “crisis emergente”).

Fase 3. “Luna de miel” o arrepentimiento: La tensión y la violencia desaparecen; el agresor se muestra arrepentido por lo que ha hecho, pide disculpas a la víctima y la colma de promesas de cambio. Se le denomina “luna de miel” porque el agresor vuelve a ser cariñoso y amable como al principio de la relación. A menudo, la víctima le concede otra oportunidad creyendo firmemente en sus promesas. Esta fase dificulta que la víctima ponga fin a esa relación porque, incluso sabiendo que las agresiones pueden repetirse, en este momento ve la “mejor cara” de su agresor y alimenta la esperanza de que podrá hacerlo cambiar.

Este ciclo se repetirá varias veces en diferentes lapsos y poco a poco el arrepentimiento se irá desvaneciendo y el grado de violencia irá en aumento.

Estrategias para afrontar la violencia

La pregunta más importante es: ¿Qué hacer? Si la persona se encuentra en una relación violenta, algunos terapeutas aconsejan cómo crear un plan de acción que lleve a:

  • Identificar en qué consiste el ejercicio de la violencia y ubicar las señales de violencia que se viven para reconocer que se está en una relación abusiva;
  • Hablar con la familia o amigos sobre lo que está pasando para romper el anonimato de la violencia;
  • Reconocer que la culpa de lo que está pasando es de dos, y en mayor medida del violento, para hacer conciencia de que se merece vivir mejor;
  • En su caso, denunciar al victimario, y
  • Aceptar y recibir apoyo de profesionales.

 

Vivir en una relación violenta afecta la autoestima tanto de la mujer como del hombre, su salud física y mental, su capacidad productiva y reproductiva, su participación en la vida pública y, sobre todo, hace olvidar que quien en verdad te ama y valora nunca buscará lastimarte, menospreciarte, dañarte o manipularte. Ama, por lo tanto, con los ojos abiertos.

La mente del maltratador

Los hombres que llegan a matar a su mujer cuando son abandonados por ella son hombres con unos problemas característicos que hasta que llega el estallido de violencia están ocultos porque tienen una pareja que los contiene, los apoya y los acompaña.

Cuando eso deja de ser así porque se separan de ellos o les anuncian su deseo de hacerlo, aparece toda la fragilidad de su psiquismo, el derrumbe de su mundo interior que les lleva a sentir como un ataque personal lo que su compañera les provoca con su separación. Entran en un estado de alienación, víctimas de una creencia que los convierte en victimarios peligrosos. Sienten vergüenza de sí mismos, pero no pueden evitar el acto violento con la supuesta esperanza de recuperar con el asesinato aquellas partes de sí mismos que sienten perdidas en la compañera que se va.

En psicoanálisis se llaman psicosis blancas a aquellas perturbaciones psicológicas que no presentan síntomas mientras se cumplan ciertas condiciones, como por ejemplo que la persona esté apoyada y sostenida por un amor que la haga sentirse sólida y entera, o una habilidad creativa que pueda desarrollar y le satisfaga.

Tanto una pareja como una obra creada sirven de suplencia a una subjetividad fracturada, como una especie de cemento que llenara las fisuras. Cuando no existe esa soldadura, la agresividad que se despierta puede ser muy peligrosa. No es una casualidad que los asesinatos se produzcan después de una separación o cuando la pareja comunica el deseo de separarse.

Sutil maltrato psicológico

También hay otro tipo de hombre maltratador de características más perversas. Sabe perfectamente cómo desestabilizar a su compañera, pero puede dar una imagen cuidada de sí mismo frente a los demás y esconder muy hábilmente sus manipulaciones tendentes a destruir a su mujer, descalificándola cuando habla, desilusionándola cuando pretende ejercer cierta autonomía, hiriendo su autoestima de muchas maneras pero tan sutiles que ella no llega a darse cuenta de qué es lo que la ha hecho sentirse tan mal. Un tipo de hombre que es capaz de usar técnicas de enloquecimiento, como las utilizadas en la película Luz de gas, en la que la mujer protagonista veía luces de gas que se encendían por la noche intermitentemente, y el hombre que la acompañaba lo negaba, cuando era él mismo quien en realidad las encendía y apagaba.

Esa conducta tiende a hacer enloquecer al otro, hacerle dudar de su cordura, sobre todo porque el que utiliza esa manipulación se muestra con una absoluta seguridad en lo que niega. Este tipo de maltratador no asesina, intenta que su mujer se suicide. Este tipo de maltratador no es inocente, es una persona profundamente perturbada.

No es el caso del anterior, cuya fragilidad a veces puede estar además alimentada por mensajes culturales que lo obligan a actuar de una manera que refuerza todos los estereotipos de género que definen la masculinidad tradicional, y que tanto daño hace a hombres y mujeres. Todas estas cuestiones quedan absolutamente encubiertas por la cultura en la que estamos sumergidos, que insiste en el amor pasional como paradigma de amor verdadero, alimentado por los mitos del amor romántico que se cantan en canciones, en telenovelas y creencias populares que calan en el inconsciente.

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