UNA CAPTURA ASOMBROSA


Rev. Julio Ruiz, pastor
(Juan 18:1-11)
INTRODUCCION: Es muy usual oír o leer acerca de las altas sumas de dinero que se ofrecen por capturar a personas que se hicieron famosas por algún delito, entre las que se incluyen: peligrosos homicidas, famosos guerrilleros, capos que dirigen carteles de la droga, violadores y ladrones o sencillamente alguno que políticamente fue reconocido como traidor y estafador a la patria. Algunas historias de cómo se han dado tales capturas han llegado a ser espectaculares y asombrosas

Lo han sido por el plan y las estrategias que se siguieron. Pero tan bien es cierto que muchas capturas dejan tras si una estela de muertos y heridos. En casi todos los casos llama la atención que la persona a buscar sabe del gran peso de la ley que reposa sobre ella. El sabe que el precio de su captura está justificado. En el pasaje para hoy tenemos una captura que no deja de ser asombrosa. No lo fue por la peligrosidad del hombre a buscar. No lo fue por alguna alta suma de dinero que costó su captura, aunque Judas recibió “30 piezas de plata”. Tampoco fue por el tipo de resistencia que haya presentado la persona buscada al encontrarse con sus captores. Mas bien es asombrosa por la actitud que asume el hombre “buscado”. Por la manera como el traidor arregló aquel encuentro. Por la reacción de los amigos y sobre todo, por la manera tan majestuosa como el “fugitivo” demostró su poder sobre aquellos que le buscaban. En esta captura no hay muerte a su alrededor. Es mas, la poca sangre que se derramó cuando Pedro desenvainó su espada e hirió al siervo del sumo sacerdote quitándole la oreja, fue curada y restaurada por el mismo hombre buscado. ¿No nos parece asombroso toda esta escena que se dio para “capturar a Dios”? Judas, uno de sus discípulos vino con toda una turba para arrestar al “Yo soy”; sin embargo, él tenía a su orden todos los ángeles del cielo para venir a defenderlo. Esta captura es asombrosa y amerita que la tratemos detenidamente en el día de hoy.

ORACION DE TRANSICION: Descubramos qué es lo que asombrosa en el arresto de Jesús

I. ASOMBRA LA FALTA DE RESISTENCIA DEL HOMBRE BUSCADO

La historia del arresto de Jesús aparece en los cuatro evangelios y cada uno de los escritores nos ofrecen detalles que enriquecen nuestra imaginación, al momento de comentar lo que ocurrió aquella noche en el huerto del Getsemaní. Según los evangelistas, se usaron “soldados, alguaciles, linternas, antorchas, palos y espadas”. Es curioso que tanto Judas como los principales sacerdotes procedan de esta manera con el hombre menos indicado, y quien no ameritaba ni de un ejército ni de tantas armas para la captura. Esto nos revela las precauciones, por demás exageradas, de miedo en los enemigos del Salvador. Tan exagerado pudo ser esto, que una “compañía” de soldados romanos podía llegar hasta 6 mil hombres completamente armados. Pero también nos revela que Judas estuvo con Jesús durante tres años y nunca le conoció, pues él era “manso y humilde de corazón”. No conocía la profecía de Isaías que lo señalaba como una oveja que no prestó resistencia, al momento de ir al sacrificio (Is. 53:7). Fue por eso que cuando Jesús vio todo aquella gente con su ansia y sed de destrucción, les preguntó: “¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y palos? (Luc. 22:52b). Y ciertamente Jesús no fue un ladrón. El más bien sabía que el ladrón no “viene sino para matar, hurtar y destruir”, pero “yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Jn. 10:10). El no era un ladrón, pues había dicho mas bien que era el Buen Pastor” y la «Puerta de las ovejas» y que los ladrones no entran por la puerta, sino que suben y roban en el rebaño. Jesús no era un malhechor o un delincuente para que se le buscara de esa manera. Su carácter tierno, compasivo; lleno de misericordia, capaz de llorar con los que lloran, de reír con los niños al tomarlos en sus brazos, de sentir indignación ante las injusticias del mundo no podían hacerlo un delincuente. Es por eso que esta captura es asombrosa. Fue apresado como el peor de los hombres pero no ofreció resistencia. Fue buscado y él facilitó la búsqueda. Jesús no tiene razones para huir ni esconderse. El era inocente, sin mancha y sin pecado.

II. ASOMBRA LA TRAICION DEL AMIGO
La tradición en algunos de nuestros países, ha ridiculizado al extremo al discípulo traidor. Pero la verdad es que cada vez que leo o escucho acerca de Judas, especialmente cuando se habla de él “como el hijo de perdición”, no dejan de venir preguntas a mi mente para las que no he encontrado respuestas adecuadas, tanto en los comentarios consultados como en mi búsqueda personal. En consecuencia he optado por guardar silencio ante aquello que se nos dice: “Para que la Escritura se *****pliese”. Preguntas como, ¿escogió Jesús a Judas para que lo traicionara? ¿Nació Judas para ser un habitante del infierno estando tan cerca de la gloria? ¿ Permitió Jesús tener a alguien consigo por tres años sin advertirle de su “destino” y quien sería el instrumento de una terrible traición? y otras como estas han sido formuladas. Pero con Judas tenemos la muestra más grande del amor de Dios y también la más firme esperanza de llegar hasta lo último con alguien con el deseo de una conversión. Jesús conoció a Judas tanto como a Pedro, quien le negaría. Pero cuando vio que su corazón no se arrepintió sino que se constituyó en el canal por medio del cual el diablo *****pliría sus fines, le dijo: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Y esto fue justamente lo que hizo. Pronto fue a hablar con todos sus “contactos” para la captura. Pronto recibió las míseras 30 piezas de plata. Pronto reunió a toda la turba, constituyéndose él como líder de los «cazadores». Pronto fue al lugar que conocía muy bien y donde podía encontrar al objeto de su recompensa. ¿No es asombroso todo esto? Judas no permitió que Cristo llenara su vida, pero si dejó que Satanás llenara su corazón y con ello dio lugar al camino de la traición. Se unió a los principales sacerdotes, seguramente criticados por él como los “amos de la religión” y también con los soldados romanos, de igual manera odiados por él, pues ellos eran los encargados de mantener el imperio. Su ambición por el dinero le hizo olvidar todo lo que Jesús había dicho tocante a la avaricia y al amor por las riquezas. Nos asombra que mientras Jesucristo estuvo orando hasta que su sudor era como “grandes gotas de sangre”, él fue teniendo reuniones y ultimando los detalles para entregar al Maestro. Nos asombra el beso en lugar de una palabra con el que identificó y entregó a Jesucristo. En aquel arresto no se usaron armas sino un beso. Jesús sabía que Judas si era ladrón (Jn.12:6), sin embargo lo llamó “amigo”. En todo caso era Judas a quien había que capturar, pues él se había robado el dinero que muchos enviaban para sostener el ministerio de Cristo. ¡Cuánto necesitamos aprender de esta historia! ¡Qué majestuoso, sublime y grande ha sido nuestro salvador! Judas se equivocó; Jesucristo no costó 30 piezas de plata. Eso, en todo caso, fue el precio del mismo Judas. ¡Que Dios nos ayude para ser discípulos transparentes en su servicio!



III. ASOMBRA LA DEFENSA DE LOS AMIGOS
Pedro definitivamente no tenía las mismas ambiciones que se descubrieron en Judas como parte de los doce. Ciertamente él tuvo un carácter que le trajo serios problemas hasta llegar a negar a su Maestro, pero a la larga revelaría un profundo amor por el mismo. Por la información de los cuatro evangelios sabemos que los 11 discípulos reaccionaron para defender a su Maestro. Y Pedro, quien mantenía un especie de liderazgo entre ellos, fue más allá haciendo uso de las armas. ¿De dónde sacó Pedro la espada? ¿La tenía al descubierto durante esos últimos días? ¿Había interpretado literalmente a su Maestro cuando este dijo: “El que no tenga una espada, venda su capa y compre una”? Llama la atención que mientras los soldados, diestros en manejar las armas no la usaron esa noche, Pedro optó por lo último que hubiese querido el Señor. Por eso cuando éste, en un arrebato de su carácter alzado le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote, Jesús le reprendió, diciéndole: “Vuelve su espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mt. 26:52). Varias razones se presentaban para que Jesús rechaza este tipo de defensa contra su vida e integridad. Por lo expuesto anterior, Jesús no vino a establecer un reino a “punta de espada”. El había dicho que su reino no era de este mundo. Por otro lado, Jesús no necesitaba de la defensa de ellos. Categóricamente dijo que podía pedir al Padre y este le enviaría una legión de ángeles y un solo de ellos bastaría para destruir a sus enemigos. Pero la razón más poderosa por la que no acepta la defensa de sus amigos es porque el plan de la salvación necesita ser completado. Fue por eso que le dijo a Pedro: “Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” v.11. En esta historia queda comprobado que Jesús no necesita de nuestra defensa. Aquellos que a través de la historia han pretendido “defender a Dios”, aun usando las fuerzas y las armas, nunca han entendido las palabras del que dijo: “Bienaventurado los pacificadores, porque de ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9). No hemos sido llamados para defender a Dios. El se defiende a así mismo. Lo único que se nos pide defender es nuestra fe; y eso debemos hacerlo con «mansedumbre”. A Jesucristo debemos anunciarlo, no pelear por él. El evangelio debemos predicarlo y a el si debemos defenderlo por medio de una preparación adecuada y por una corrección cuando el error se presente. La única espada que el Señor espera que usemos, es “la espada del Espíritu”. Hablamos de la palabra misma, que es “mas cortante que todo espada de dos filos” (He. 4:12).


IV. ASOMBRA EL PODER DEL CAPTURADO

Jesús no rehusó la muerte. El no fue al Getsemaní para esconderse de sus enemigos. El no dejó a sus enemigos pensar que era “la cándida víctima de una astucia indigna”. Mas bien Jesús, con la actitud de salir al encuentro de sus enemigos v. 4, probó que su deseo era de ofrecerse para la muerte. De esta manera tenemos a un Jesús que no espera que lo capturen, sino que se adelante y se entrega para asombro mismo de quienes le buscaban. Jesús puso su vida; a él nadie lo arrebató para hacer esto. Pero no solamente este hecho es asombroso, sino la caída a tierra de toda aquella turba al oír el “yo soy” que pronunció el Señor. ¿Quién era aquel hombre ante quien los soldados y los sacerdotes con todos sus armamentos no pudieron estar de pie? ¿Cómo no pudieron darse cuenta que aquel “yo soy” era el mismo que le se le reveló a Moisés y bajo esa autoridad sacó al pueblo de Israel de tierra de esclavitud? El es el “Gran Yo Soy”; el mismo “ayer, hoy y para siempre”. El “Alfa y el Omega”. El Principio y fin de las cosas. Cuando Juan estuvo en Patmos con motivo de la persecución del evangelio, tuvo la visión de él. Lo contempló en una gloria excelsa de modo que Juan dice: “Cuando le vi, caí como muerto a su pies” (Apc. 1:17). ¿Quién puede estar delante del Señor y al oír su “yo soy” no caer ante su presencia? Yo estoy seguro que lo último que quiso hacer aquella turba que cayó en tierra fue hacerle daño a Jesús después de este impacto. Es más no sabemos si entre aquellos soldados estaba el que participó en la crucifixión que le llevó a exclamar “verdaderamente éste era Hijo de Dios” (Mt. 27:54). Finalmente, hay en esta captura, y en atención a la demostración del poder de Jesús, un gran sentido de protección para los discípulos. Jesús dijo: “Os he dicho que yo soy; pues si me buscáis a mí, dejar ir a éstos” v. 8. Jesús quiso ir solo a su propia cruz. Algún día sus discípulos serían perseguidos y asesinados por causa de su nombre. Pero ahora era el tiempo para que él solo se enfrentara a sus más terribles enemigos. Tenía todo el poder para destruirlos, pero se entregó en sus manos para convertirse en el salvador del mundo.

CONCLUSIÓN: La captura de Jesús puede constituirse en las más asombrosa de todas. El mismo facilitó las cosas de manera que se diera sin muchos traumas y sin la muerte de sus amigos. Poseía todo el poder para destruir a sus propios captores, pero reprendió a sus discípulos cuando hicieron uso de las armas para defenderlo. El arresto de Jesús era parte del plan de Dios para nuestro redención. Fue apresado, juzgado y condenado como el peor de los hombres; sin embargo él puso su vida por lo que cada uno de nosotros tenía que pagar. Vengamos hoy a Cristo que ahora está glorificado, intercediendo y esperando por nosotros. El se entregó, ahora nosotros debemos entregarnos a él. Amén.


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