Siega y salario


Por Ramón Bauzá. El tema del dinero es siempre delicado y difícil de tratar, Pablo incluso nos dice que el amor al mismo es la raiz de todos los males(1 Ti. 6.10 ). ¿Qué hacía Jesús? ¿Qué principios lo orientaros, cuáles lo dirigieron en sus finanzas? y ¿qué podemos conocer de su carácter y de su manera de actuar comprendiendo ese aspecto de su vida?

«La víscera más sensible del ser humano es el bolsillo» bien dijo un general argentino porque hablar o escribir de dinero es un tema conflictivo. Algunos piensan que el dinero es sucio otros que es del diablo. Además Pablo nos dice que el amor al dinero es raíz de todo los males (1 Ti. 6.10 ). Somos capaces de inventar cualquier excusa para evitar el tema. Pero ¿qué sucede en cuanto a lo que el Señor dice en su Palabra, en todo lo referente a este tan controvertido tema del dinero.

En la proclamación y expansión de su reino en la tierra, para alcanzar ese objetivo Jesucristo llevó a cabo: un discipulado de vida, y práctica ministerial; lo que hizo mediante:

 

A. Entrenamiento de los discípulos

 

Es de notar que el Señor llamó a sus discípulos, los entrenó, los comisionó, les dio autoridad, y los envió de dos en dos a las ciudades vecinas.

Tenían un mensaje que proclamar: «El Reino de los Cielos se ha acercado. Arrepentíos y creed al Evangelio» (Mr 4.17). Debían sanar enfermos, limpiar leprosos, resucitar a los muertos, echar fuera demonios. Jesucristo, Dios hecho hombre; les dio poder y autoridad sobre los espíritus inmundos (Mr 6.7–12).

Los NO de Jesucristo: respondió de una vez a la pregunta: ¿Quién me paga? ¿Con cuánto fondo cuento?, sucede que del fondo comunitario nada debían llevar:

  • No debían llevar ni oro, ni plata, ni cobre, ni alforja.
  • No debían tampoco llevar dos túnicas, ni calzado (sólo sandalias) nada para el camino.
  • No debían confiar en sus recursos personales, no son necesarios. Ni alcanzan (Mt 10.9–10).
  • Debían depender totalmente en Dios y en la gente.

 

B. ¿Dónde están los recursos?

 

Los recursos suficientes están en Dios y en la gente que responde al evangelio de Jesucristo. Hoy, cuando se emprende cualquier acción, la pregunta obligada es: ¿con qué contamos? ¿Qué presupuesto tenemos? ¿Quién paga?. Quizá usted diga: ¡Oh, hermano, los tiempos han cambiado! Es la hermenéutica que ha cambiado, es el modo de interpretar las Sagradas Escrituras.

Jesús no dijo que el dinero no era necesario para avanzar el Reino. Al contrario. Él señaló la fuente de provisión. Jesús nos dio el gran principio financiero que hizo rico a Aristóteles Onassis: el dinero de los otros «Onassis vivía de su sueldo: su cuenta en el banco alcanzó muy pronto las cinco cifras. Rara vez pedía prestado más de US$3,000, se las ingeniaba para saldar enseguida sus deudas, más adelante, habiendo descubierto O.P.M. (Other People’s Money) —el dinero de los otros— Onassis contraería deudas de varios millones de dólares» (12).

A diferencia de Onassis, los discípulos no contraerían deudas; Él pensó e hizo avanzar su reino con el dinero de los beneficiados.

Los evangelistas podían recibir de los beneficiados elementos básicos: albergue, comida, ropa. Jesús esperaba que frente a la entrega del mensaje y las bondades de su reino, la gente sostuviera a sus discípulos. «El obrero es digno de su salario…» (Lc. 10:7). Los enviados debían posar sólo en una casa, comer y beber de lo que les pusieran delante «así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Co. 9:14).

«¿Qué significan las palabras así también, quiere decir igual, de la misma manera, y para que no queden dudas, agrega, que vivan del evangelio. Concluimos entonces que bajo la gracia en la Iglesia debe usarse el dinero de Dios para pagar sus Obreros, el dinero debe usarse para lo que Dios ordenó: el sostén de sus obreros y no para otra cosa» (13).

 

C. Los principio financieros de Jesús

 

1. Cosechar para recibir salario
Esta frase está en contexto con la primicia de la cosecha samaritana, originada al convertirse, junto al pozo de Sicar una mujer cuyo nombre la Biblia no registra. Rubén Proietti Caballero hace referencia con esto al sostén pastoral: «una seria encuesta puso de manifiesto escalofriantes cifras que reflejan el concepto equivocado sobre el tema; según los entendidos 80% de los ingresos medios de una Iglesia latinoamericana se invierten en gastos de edificios, mobiliario, artículos de librería, etcétera; mientras que 20% se dedica al sostén pastoral, misiones, evangelización y ayuda social; cuán lejos está esto de las enseñanzas del Señor Jesús: «El obrero es digno de su salario» (Lc. 10:7) (14).

Los discípulos pensaban que la cosecha estaba en el futuro; pero el Señor corrigió su punto de vista: «Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega» (Jn 4.36).

La cosecha está aquí y ahora, no sólo las primicias.

  • Los campos están blancos.
  • La cosecha en pleno está esperando.
  • Esta cosecha produce salario.
  • Es lamentable que se haya espiritualizado esta declaración: Jesús hablaba de salario, de dinero que costea: casas, comida, ropa, estudios, viajes, confort. (*). Hablaba de salario para sostener a sus obreros segadores, con resultados tangibles en el más acá que trascienden en el mas allá: frutos para vida eterna.

No sólo recoge frutos para vida eterna, que es el objeto de toda cosecha espiritual, sino que se recibe salario que cubre necesidades del obrero involucrado en la cosecha, no debemos trabajar en la expansión del reino por la ropa, techo, o comida como objetivo final, sino como algo transitorio para lograr el objetivo final: ganar personas para el reino.

Es una contrapartida natural cosechar y recibir salario, al igual que en los días de la samaritana; los campos están blancos para la siega; la cosecha está aquí y ahora, no en un futuro incierto y distante, y eso significa: Siega y salario.

 

2. Dar para recibir
Este principio es otro de los «al revés» del evangelio. El oferente debe estar listo a dar y de hecho debe dar, plantar su semilla de prosperidad en el terreno fértil de la necesidad ajena; el que da la prosperidad es el Señor.

Jesús enfatizó: «Dad y se os dará, medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo» (Lc. 6:38). «Y como queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Mt 7.12).

El Señor Jesús siempre habló de dar: «de gracia recibisteis, dad de gracia».

El énfasis del Señor para recibir: está en dar, según él, quien no da no recibe; no es bienaventurado, no es prosperado: quien es miserable cierra el canal de bendición. Cuando damos sembramos: «recuerda Dios sólo puede regresarte multiplicado lo que das, si nada das, aún cuando Dios lo multiplique, seguirá siendo nada» (15).

Si la siembra es abundante, la cosecha será abundante; es siembra y cosecha y ésta siempre es mejor. Jesús habló que hay campos que producen treinta, sesenta y cien por uno y aunque el ejemplo es solo de siembra y cosecha espiritual, es válido para las necesidades materiales. Sembrando una semilla, retornan 100 como cosecha, es dando como se recibe. Demos de buena fe, aunque a veces seamos timados.

 

D. ¿Era pobre Jesús ?

Una lectura superficial de los evangelios nos dice que Jesús era tan pobre que no tenía dónde recostar su cabeza: «Jesús le dijo: las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza» (Mt 8.20; Lc 9.58). Pero Natanael reconoció a Jesús de Nazaret como Rey de Israel. Claro, Jesús no era un Rey a la usanza de su tiempo: sin palacio, sin séquito, sin ejército, sin ornamento. Jesús era Rey no por lo que poseía visiblemente, sino por su persona. Él era y es: Rey de Reyes y Señor de Señores.

Pero eso no contesta la pregunta: ¿Era Jesús pobre?, no tenía casa propia, excepto la carpintería de José (una herencia), un bien de familia reconocido como parte de ese villorrio por sus vecinos de Nazaret (Mt 13.53–58), Jesús no tenía dinero propio. Cuando Pedro lo comprometió con el pago de impuestos, hizo un milagro haciendo pescar a Pedro un pez que tenía una moneda en su boca (Mt 17.24–27).

Jesús no tenía casa. Jesús no tenía ejército. Jesús no tenía dinero, pero Jesús tenía tesorero, y los pobres no tienen tesorero. Cuando Jesús fue ungido en Betania, Judas Iscariote calculó el precio del perfume en 300 denarios. Un denario era el jornal de una jornalero. Si hoy un ayudante de segunda categoría gana 8 dólares diarios, comparativamente ese perfume costaría la pequeña fortuna de $2400, Judas quiso que el precio de ese costoso perfume ingresara en su bolsa, Judas tesorero ladrón, quería tener en su caja esa pequeña fortuna para meterle mano. Así lo reporta la Escritura: «pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que echaba en ella» (Jn 12.6).

Y aunque ese perfume se derramó y su precio no engrosó la bolsa, sin embargo Jesús tenía tesorería y tesorero. Jesús tenía un gerente de compras, un ministro de acción social y un tesorero, todo centralizado en la persona de Judas Iscariote: «Porque algunos pensaban, puesto que Judas tenía la bolsa, que Jesús le decía: compra lo que necesitamos para la fiesta; o que diese algo a los pobres» (Jn 13.29).

Era evidente que Jesús aplicaba su propio principio: «Dad y se os dará». A los discípulos no les extrañó la orden, «…lo que vas a hacer, hazlo más pronto». (Jn. 13:27). Pensaron que podrían dar algo a los pobres.

Jesús tenía tesorero, su tesorero hacía compras para la comunidad de discípulos y daba donativos a los pobres. Si el tesorero era ladrón —y lo era— esa es otra historia. Aunque es de reconocer que Judas Iscariote debe haber sido un hipócrita farsante. Los comentarios de que era ladrón surgieron de un análisis posterior a su traición y muerte. Ninguno de los discípulos hubiera soportado tener un tesorero ladrón.

 

E. Jesús y su equipo de servidoras

 

En los siguientes pasajes bíblicos: Lc 8.1–3; Mt 27.55–56; Mr 15.40–41; Lc. 23.39, se mencionan mujeres beneficiadas por el Rey y por las bondades del Reino, fueron sanadas, liberadas de demonios, trasladadas al reino del amado Hijo de Dios, desde el comienzo del ministerio de Jesús: «…Galilea de gentiles; el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz;…» (Mt. 4.15–16).

Este grupo de santas servidoras se puso a disposición de Jesús, el Señor, el Rey.

El dueño se deja servir en un acto de sublime humildad por los bienes materiales de estas activas mujeres redimidas. Su lealtad no conoció límites. Acompañaron a su Salvador en sus cruzadas evangelizadoras, y llegaron hasta el pie de la cruz, en un acto de valor mayor que el de los propios temerosos discípulos del Señor.

Aquí podemos volver a preguntarnos: ¿Era Jesucristo pobre? Según el concepto de riquezas que se tenga, lo era, pero quien cuenta para su manutención y la de los suyos con bienes de nobles mujeres como María Magdalena, María, Salomé, Juana, esposa de Chuza (el administrador de Herodes), Susana y otras, no es pobre en el verdadero sentido de la palabra (Lc 8.2–3).

¿Era Jesucristo pobre? Todo depende cómo definamos ser rico, si ser rico es: tener casas donde hospedarse, comidas en toda la región donde uno anda y amigos por miles, entonces Jesucristo era rico. Si ser rico es tener una tesorería, donde se reciban ofrendas de amor; tener un tesorero que hace compras para sostener doce discípulos, dar donaciones a los pobres, entonces Jesús era rico.

Jesucristo enfrenta a los fariseos con el espíritu de la ley: «…y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello» (Mt 23.23); justicia, misericordia y fe, en contraposición con la legalidad del diezmar.

Jesús dijo que era necesario diezmar, pero lo primero, primero. La falta del espíritu de la ley en sus acciones invalidaba en el sentido último su buen hábito de dar diezmos y ofrendas.

 

F. Recompensas

Es conocido el encuentro con el joven rico, que figura en Lc 18.18–23. Pedro pregunta por las recompensas: «nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido, ¿qué pues tendremos? (Mt 19.27); a lo que Jesús respondió «cualquiera que haya dejado casas, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer o hijos, o tierra por mi nombre recibirá cien veces más y heredará la vida eterna» (Mt. 19.29).

En este pasaje y en los paralelos Jesús hace una distinción entre el más allá y el mas acá. Su promesa engloba ambas dimensiones —lo eterno y lo temporal—.

Jesús da una promesa específica:

  1. Los discípulos se sentarán en doce tronos para juzgar a las tribus de Israel.
  2. El que haya dejado: casa, hermano, padre, mujer, hijo o tierra, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Hay una recompensa en el mas acá.

Muchas veces por las advertencias de Jesucristo de: «No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Lc 16.13). Quien pone la confianza en las riquezas no entrará al Reino: «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mt. 6:21) «…haceos tesoros en el cielo … donde ladrones no minan ni hurtan» (Mt. 6.20).

La gente olvida el tenor general de las Escrituras, y quita de contexto a los grandes textos que anteceden. Cuando uno los descontextualiza, aparece un odio increíble en contra del dinero. Pero Jesús no renegó del dinero y recibió donaciones: «Repetidas veces enseñó Jesús que hemos de considerar todas nuestras posesiones como un depósito entregado a nosotros por nuestro Padre Celestial, posesiones que deben ser administradas en su favor y de las cuales tenemos que dar cuenta, uno de cada seis versículos de los evangelios tiene que ver con la mayordomía» (16).

Dio donaciones. Enseñó que la mayordomía correcta da resultados; los avaros se burlaron de Él, pero sus principios son válidos hasta el día de hoy: «Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo» Jesús mostró el efecto bumerán en esta enseñanza, «Porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir» (Lc. 6:38).

Es un hecho incontrovertible que la bendición del Señor trae prosperidad material, pero lo primero, primero. El Señor dijo: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt. 6:33).

«El punto central de la disciplina de sencillez consiste en buscar primero el Reino de Dios y la justicia de su Reino y luego todo lo necesario vendrá en su debido orden, todo gira en mantener las primeras cosas como primeras, porque la persona que no busca primero el Reino de Dios no lo busca en absoluto, no importan cuán valiosa sea la idolatría por la cual la ha sustituido» (17).

Hay un modo y sólo uno para poner todo bajo el señorío de Jesucristo y es mediante un acto definido de la soberana voluntad humana, por medio del cual se realiza la entera consagración.

 

 

Ramón Bauza, usado con permiso de su libro Siega y salario.

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