Respuesta en momentos de desesperación


Saltar al vacío era una posibilidad. Lo pensó muchas veces. Era sencillo. Bastaba impulsarse, atravesar el umbral de la ventana y volar hacia el infinito, diez pisos arriba de la acera. En cuestión de segundos todo habría terminado. Las deudas serían cosa del pasado. Los problemas con su familia quedarían atrás. Sería libre.

 

Dio vuelta a la pequeña habitación. La idea era tentadora. El drama que experimentaba parecía agigantarse con el paso de los días y Rubén no encontraba una salida aparente al dilema que enfrentaba. Dos meses separado de su esposa y lejos de sus dos pequeños hijos lo tenían al borde de la locura. Además, estaba lejos de Uruguay, su patria.

 

Golpeó una mano contra la otra como en un súbito arranque de valentía y se dirigió al balcón. Estaba decidido. Avanzó con pasos ligeros. Nada lo detendría… En ese instante llamaron a la puerta. Por segundos se debatió entre abrir o proseguir con el plan. Insistían golpeando. “Veré quién es y después acabo todo este asunto”, razonó mientras iba a abrir.

 

 

Enfrente un hombre. Iba con una Biblia. Lo saludó amablemente.

 

 

No tengo tiempo para charlatanerías…—repuso Rubén, sin permitir que hablara su inesperado visitante.

 

 

Venía en busca de una familia Amador Rentería, pero parece que no viven aquí…—musitó el hombre apenado por lo incómodo del momento.

 

 

Está bien, sólo váyase—interrumpió Rubén. Ya iba a cerrar la puerta cuando el hombre lo detuvo.

 

 

En cuanto tenga tiempo, lea este folleto. Es breve y en él podrá leer sobre el amor de Dios—le dijo.

 

 

Espere… –pensó decirle que no tenía tiempo para leer, pero algo poderoso lo llevó a pronunciar palabras que jamás imaginó que saldrían de sus labios–:¿Está seguro que Dios me ama? Si es así, porqué enfrento tantos problemas. Todo cuanto hago sale mal. Si Dios existe, ¿por qué permite tanto sufrimiento en mi vida?—interrogó con la rapidez de una catarata que se precipita sobre el lecho de un río tumultuoso.

 

 

El hombre se dispuso a responder sus interrogantes. Abrió su desgastada Biblia y con la pericia de un pianista al recorrer el teclado, le llevó de un pasaje a otro explicándole con sencillez y claridad las Escrituras. Esa tarde Rubén aceptó a Cristo. Hoy asiste a la congregación junto con su esposa y los dos hijos que ya cursan la secundaria.

 

 

Todo se torna nublado

 

 

Cuando atravesamos períodos de crisis como el de Rubén, todo a nuestro alrededor luce nublado. Quizá ha experimentado esta situación. La circunstancias se tornan cada vez más adversas como el cielo azul que pronto pierde su encanto ante el avance inevitable de  nubarrones grises y plomizos que anuncian una tormenta.

 

 

Curiosamente nada parece tener sentido. Es probable incluso que pensemos que no hay salida para nuestro problema. Cualquier posibilidad luce lejana y razonamos que somos los únicos en el mundo en atravesar el angustioso camino que nos conduce al callejón sin salida.

 

 

¿Qué hacer?¿Volver atrás?¿Abandonarnos a las circunstancias?¿Qué dice la Biblia al respecto?

 

 

Al volver atrás las Páginas de la Biblia encontramos aspectos sumamente interesantes que responden a éstos y otros tantos interrogantes.

 

 

Dios, nuestro pronto auxilio

 

 

Quizá para quienes no tienen fe, los problemas que se acumulan y van tomados de la mano unos de otros, constituyen el centro del laberinto. Pero para quienes como usted o ye tenemos conciencia de que existe Dios y que, en Jesucristo, hay una mano amiga y amorosa esperando por nosotros, las crisis no son para siempre y pueden resolverse.

 

 

Un autor de la antigüedad escribió: “Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia”(Salmo 46:1. Nueva Versión Internacional).

 

 

El texto deja planteados tres elementos. El primero, que es en Dios en quien debemos refugiarnos. ¿Dificultades? Vuelva la mirada a Dios. En El encontramos cobijo cuando todo amenaza con robarnos la paz. La recomendación la hizo el Señor. El mismo se presenta como el “amparo” ante las condiciones adversas que golpean a nuestra puerta.

 

 

Un segundo elemento es la fuerza que nos otorga para vencer por difícil que sea la sumatoria de problemas. La Biblia dice que el Señor es “nuestra fortaleza”. Nos concede la capacidad para vencer. Jamás olvide que El nos creó, no para la derrota sino para la victoria. Y lograremos sobreponernos a la adversidad en la medida en que comprendamos que pertenecemos a una estirpe de ganadores.

 

 

Un tercer aspecto sobre el que pone especial énfasis el escritor sagrado es que Dios se constituye en “ayuda segura en momentos de angustia”. ¿Se da cuenta de lo que significa tan solo esa frase. Nos indica que aunque pensemos que todo está densamente poblado de nubes que amenazan con desencadenar tormentas, si tan solo nos atrevemos a creer y volvemos los ojos a Dios, El traerá ayuda segura. La angustia no podrá doblegarnos.

 

 

Son tres pautas que pueden comenzar a cambiar el curso de su historia. El secreto de todo está en desarrollar una permanente dependencia del Señor, de Aquél que todo lo puede.

 

 

Aprender a enfrentar las tormentas

 

 

Otro elemento que debe tomar fuerza en nuestra vida radica en prepararnos para enfrentar los problemas, tomados de la mano del Señor Jesucristo. Las dificultades vendrán. Son inevitables. Es probable que estén con presteza dispuestas a tocar a nuestra vida.

 

 

La clave de todo está en aprender a manejar los problemas. ¿En nuestras fuerzas? No, en las fuerzas que nos concede Dios. En el texto que estudiamos hoy leemos que “Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes”(Salmo 46:2, 3. Nueva Versión Internacional).

 

 

Es un pasaje apasionante, de victoria, justo para su vida cuando enfrenta períodos de crisis. Nos refiere la necesidad: primero, de acudir en Dios en procura de amparo; segundo, de fortalecernos en Sus fuerzas; tercero, de confiar que siempre vendrá en nuestra ayuda, y cuarto, de prepararnos y depositar en El nuestra confianza con el propósito de que cuanto ocurra a nuestro alrededor no nos robe la tranquilidad.

 

 

Si la paz de Dios, producto de confiar en El, gobierna nuestro ser, nada nos atormentará así el mundo parezca caerse a pedazos junto a nosotros. La palabra esencial es “confianza”. Confiar en Dios. Tener la certeza de que nos ayuda en momentos de dificultad y que, si estamos abrigados por su amoroso cuidado, nada podrá derribarnos.

 

 

¿Confía en el Señor?

 

 

Confiar en el Señor es posible cuando comenzamos a conocerlo. Pero conocerlo sólo es viable cuando le permitimos a Jesucristo que more en nuestro corazón. Es fácil. Basta con que  una sencilla oración, incluso allí, frente a su computador. Dígale: “Señor Jesús, reconozco que he pecado y que mi vida es un caos. Acepto tu sacrificio redentor en la cruz para perdonarme todo cuanto haya hecho y ofrecerme una nueva oportunidad. Te pido que entres en mi corazón y hagas de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”.

 

 

Si oró de esta manera, lo felicito. Acaba de dar uno de los pasos más importantes en su existencia. A partir de ahora las cosas serán diferentes. Dios comenzará a obrar poderosamente en su ser. Podrá confiar, en la certeza de que vencerá cualquier que sea la dificultad que enfrente. No está solo. El Señor está a su lado.

 

 

Ahora tengo tres sugerencias que contribuirán a afianzar su crecimiento y desarrollo espiritual. La primera, que haga de la oración un hábito de comunicación diaria con Dios. Encontrará fortaleza y paz al hacerlo. La segunda, que estudie su Biblia. Leerla trae sabiduría a nuestro ser. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia.

 

 

Si le asalta alguna inquietud, no dude en escribirme ahora mismo:

 

 

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

Correo electrónico: fernando@adorador.com

 

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