Rebeca: Novia, esposa y madre, Parte I


Por José Belaunde M. Génesis 24 es un rico capítulo bíblico en donde podemos apreciar las cualidades que adornan el carácter discreto de Rebeca, la ayuda idónea que Dios preparó para Isaac, el hijo de su amigo Abraham. Aunque los seres humanos somos imperfectos, dentro de sus inevitables limitaciones, Rebeca era la mujer más adecuada para ser madre del padre de las doce tribus, esto es, de Jacob, y madre de dos pueblos que serían rivales

El capítulo 24 del Génesis es una de las más bellas y conmovedoras páginas de todo el Antiguo Testamento. Me es difícil leerlo sin que se me humedezcan los ojos. Si sabemos leer entrelíneas, podremos adivinar en su parco relato las cualidades que adornan el carácter discreto de Rebeca, la ayuda idónea que Dios preparó para Isaac, el hijo de su amigo Abraham. Aunque los seres humanos somos imperfectos, dentro de sus inevitables limitaciones, Rebeca era la mujer más adecuada para ser madre del padre de las doce tribus, esto es, de Jacob, y madre de dos pueblos que serían rivales. (Nota 1)

Rebeca ocupa un lugar importante en el plan de Dios. Ella es un eslabón vital en la cadena que Dios está trenzando para llevar a cabo su proyecto de redención del género humano. Sin embargo, a pesar de que aquí se trata de «la pedida de mano» de Rebeca, el personaje principal de este capítulo no es ella sino el siervo Eliezer.

 

1–4.«Era Abraham ya viejo, y bien avanzado en años; y Jehová había bendecido a Abraham en todo. Y dijo Abraham a un criado suyo, el más viejo de su casa, que era el que gobernaba en todo lo que tenía: Pon ahora tu mano debajo de mi muslo, y te juramentaré por Jehová, Dios de los cielos y Dios de la tierra, que no tomarás para mi hijo mujer de las hijas de los cananeos, entre los cuales yo habito; sino que irás a mi tierra y a mi parentela, y tomarás mujer para mi hijo Isaac.» Siendo de edad avanzada (como de unos 140 años) Abraham comprende que es necesario que su hijo tome mujer y asegure el cumplimiento de la promesa que Dios le ha hecho: ser padre de una nación grande. Él desea que ella sea de su parentela, lo cual quiere decir, en la práctica, que tenga sentimientos y costumbres semejantes a las suyas, diferentes a las de los idólatras que viven en la tierra de Canaán. La comunidad de hábitos y costumbres es una de las condiciones ordinarias requeridas para la felicidad conyugal, porque de no haberla pueden producirse choques basados en estilos diferentes de vida que no siempre se acoplan con facilidad. De otro lado, Abraham teme que dada la influencia que la mujer tiene en el marido, las prácticas paganas de una esposa cananea podrían contaminar a Isaac.

El hecho de que Abraham encomiende esta delicada tarea a su mayordomo Eliezer muestra el ascendiente de que este siervo gozaba en casa de su patrón.

 

5.«El criado le respondió: Quizá la mujer no querrá venir en pos de mí a esta tierra. ¿Volveré, pues, tu hijo a la tierra de donde saliste?» En las sociedades patriarcales de la antigüedad era responsabilidad del padre encontrar novia para su hijo, así como también novio para la hija. Era su responsabilidad asegurar que se perpetuara el linaje familiar y que el hijo forme un hogar, que es la base mas sólida para su vida adulta y el mayor logro de un hombre. Lo sumo de la hombría, en verdad, está en formar una familia propia. En nuestros días esa meta, ese propósito humano superior, ha sido descartado en beneficio de un individualismo miope. En consecuencia, los hombres se despojan a sí mismos, mutilan un aspecto valiosísimo de su naturaleza varonil. Las relaciones con la mujer se han vuelto pasajeras, ocasionales, superficiales, y no conducen a nada sólido y estable. ¡Cuánto pierden ellos y ellas en calidad humana!

 

Así como el destino de la mujer es ser madre —y eso está inscrito elocuentemente en los órganos para gestar que la naturaleza le ha dado— el destino del hombre es ser padre, tal como Dios es Padre. La paternidad conjunta de hombre y mujer es una de las leyes básicas de la vida humana. Negarla, bloquearla, es rebelarse contra Dios. Es cierto que hay circunstancias que pueden negar a un hombre o a una mujer la oportunidad de ejercer ese don —y son más frecuentes en el mundo moderno que en el antiguo— pero no habiendo obstáculos insuperables, ellos sólo pueden renunciar a esa responsabilidad por un fin más alto o por consideraciones de mucho peso.

 

Si bien, como se ha dicho, el matrimonio era entonces decidido por los mayores, los padres temerosos de Dios no imponían su decisión a la hija casadera sino respetaban su voluntad y buscaban su consentimiento. De ella dependería en este caso irse o no con Eliezer. Podría objetarse que los parientes de Abraham eran idólatras. Pero Abraham no hubiera escuchado la voz de Dios si no hubiera nacido en un ambiente en el que el temor de Dios predominaba. Es innegable, a mi juicio, que la revelación inicial del Dios único y verdadero, creador de todo lo que existe, se había mantenido con cierta fuerza en muchos lugares y pueblos de la antigüedad aunque estuviera mezclada con las idolatrías y supersticiones. El sentimiento del temor de Dios es instintivo en el hombre, y aunque sea en una apariencia deformada, los pueblos idólatras lo poseen, tal como lo demuestra la antropología. Si Betuel y Labán invocan el nombre de Jehová es porque lo conocen y reverencian, no sólo porque lo pronuncie Eliezer, como algunos intérpretes creen siguiendo la tendencia de ver la historia sólo en términos de blanco y negro.

 

6-9.«Y Abraham le dijo: Guárdate que no vuelvas a mi hijo allá. Jehová, Dios de los cielos, que me tomó de la casa de mi padre y de la tierra de mi parentela, y me habló y me juró, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra; él enviará su ángel delante de ti y tú traerás de allá mujer para mi hijo. Y si la mujer no quisiere venir en pos de ti, serás libre de este mi juramento; solamente que no vuelvas allá a mi hijo. Entonces el criado puso su mano debajo del muslo de Abraham su señor, y le juró sobre este negocio.» (Nota 2). Abraham no quiere que su hijo vaya a Harán porque podía ser tentado a quedarse allá. Él se aferra a la promesa que Dios le ha hecho de darle a su descendencia la tierra en que viven como forasteros y no quiere hacer nada que pueda poner su realización en peligro.

 

Si Dios le dio un hijo cuando ya no podía tenerlo ¿no será capaz Dios de disponer los medios para que su promesa se siga cumpliendo en su descendencia? Siendo él un hombre de fe pone en las manos de Dios el resultado de la empresa de encontrar mujer para su hijo y, siguiendo su ejemplo, Eliezer hará lo mismo. ¿Cuántos padres cristianos obran de esa manera?

 

10–11. «Y el criado tomó diez camellos de los camellos de su señor, y se fue, tomando toda clase de regalos escogidos de su señor; y puesto en camino, llegó a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor. E hizo arrodillar los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo de agua, a la hora de la tarde, la hora en que salen las doncellas por agua.» Eliezer parte entonces llevando consigo todo lo necesario para su misión y, después de un viaje de no sabemos cuántos días, llega a la localidad donde habitaba la familia de Nacor. Al arribar se detiene en el lugar al que se acercan por necesidad todos los forasteros con sus bestias, a la fuente principal de la ciudad. Es la hora en que las muchachas salen a llenar sus cántaros de agua para llevar a casa.

 

12–14. «Y dijo: Oh Jehová, Dios de mi señor Abraham, dame te ruego, el tener hoy buen encuentro, y haz misericordia con mi señor Abraham. He aquí yo estoy junto a la fuente de agua, y las hijas de los varones de esta ciudad salen por agua. Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro, te ruego, para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea ésta la que tú has destinado para tu siervo Isaac; y en esto conoceré que habrás hecho misericordia con mi señor.» ¿Cuál son las cualidades que Él busca en la muchacha que será mujer de Isaac? Que sea servicial, bondadosa, que no rechace el hacer caridad no sólo al hombre sino también a sus animales.

 

Bien ha juzgado Eliezer. No ha pensado en belleza, ni en que la muchacha sea hija de padres ricos. Ha pensado en el carácter de la chica, porque es el carácter de la mujer lo que hace feliz o infeliz al hombre, no su belleza. Pero él no quiere ser juez del carácter y disposiciones de la doncella. Quiere que sea Dios quien la escoja. En verdad, él debe haber pensado que si Dios ama a su amo, ya tiene escogida la novia para Isaac y por ese motivo le propone al Señor una señal que le permita reconocerla sin dificultad.

 

15–16. «Y aconteció que antes que él acabase de hablar, he aquí Rebeca, que había nacido a Betuel, hijo de Milca mujer de Nacor hermano de Abraham, la cual salía con su cántaro sobre su hombro. Y la doncella era de aspecto muy hermoso, virgen, a la que varón no había conocido; la cual descendió a la fuente, y llenó su cántaro, y se volvía.» Apenas ha terminado de orar Dios responde y empiezan a suceder los hechos en la forma que él ha previsto. ¡Qué puntual es Dios cuando confiamos ciegamente en él!

 

17–20. «Entonces el criado corrió hacia ella, y dijo: Te ruego que me des a beber un poco de agua de tu cántaro. Ella respondió: Bebe, señor mío; y se dio prisa a bajar su cántaro sobre su mano, y le dio a beber. Y cuando acabó de darle de beber, dijo: También para tus camellos sacaré agua, y sacó para todos sus camellos.» La muchacha hace exactamente lo que Eliezer le había pedido a Dios que hiciera como signo para reconocer a la que Él ha escogido como mujer para Isaac..

 

21. «Y el hombre estaba maravillado de ella, callando, para saber si Jehová había prosperado su viaje, o no.» Eliezer contempla maravillado cómo la chica hace con diligencia y eficiencia lo que le había ofrecido: darle de beber no sólo a él sino también a sus camellos. No obstante, él no se precipita ni renuncia a su razón aceptando ciegamente lo que parece ser la respuesta a su oración, sino considera con cautela si ése es el signo propuesto. ¿Significa eso falta de fe? No creo. Dios no quiere que dejemos de usar las facultades que nos ha dado.

 

22–27. «Y cuando los camellos acabaron de beber, le dio el hombre un pendiente de oro que pesaba medio siclo, y dos brazaletes que pesaban diez, y dijo: ¿De quién eres hija? Te ruego que me digas: ¿hay en casa de tu padre lugar donde posemos? Y ella respondió: Soy hija de Betuel hijo de Milca, el cual ella dio a luz a Nacor. Y añadió: También hay en nuestra casa paja y mucho forraje, y lugar para posar. El hombre entonces se inclinó, y adoró a Jehová, y dijo: Bendito sea Jehová, Dios de mi amo Abraham, que no apartó de mi amo su misericordia y su verdad, guiándome Jehová en el camino a casa de los hermanos de mi amo.» El gesto de regalar esas joyas a la muchacha tiene no sólo el propósito de manifestarle su agradecimiento; también es un mensaje a los padres de ella para hacerles ver que él viene de parte de un hombre muy rico. Labán responderá ávidamente a ese gesto (versículos 30 y 31). Como dice Proverbios, «la dádiva del hombre le ensancha el camino» (Pr 18.16). Eliezer se maravilla al ver cómo Dios lo ha guiado con mano segura directamente a una muchacha que es de la parentela de su amo. Él no ha tenido que ir por acá y allá preguntando y averiguando. Dios ha dirigido sus pasos no sólo por amor a Abraham sino también porque él es siervo fiel de su patrón..

Entonces reconociendo que Dios está en el asunto y ha tenido misericordia de Abraham y de él, Eliezer se inclina y adora al Señor.

 

28–32. Los padres y el hermano de Rebeca reciben gustosos al hombre que viene de parte de su pariente y le brindan la hospitalidad generosa que era habitual entre ellos practicar con los forasteros importantes. Le ofrecen su casa para él, sus camellos y los siervos que trae consigo.

33. «Y le pusieron delante qué comer; mas él dijo: No comeré hasta que haya dicho mi mensaje. Y él le dijo: Habla.» Eliezer se niega a sentarse a la mesa de la hospitalidad que le ofrecen sus anfitriones antes de haber transmitido el encargo que lo trae desde tan lejos. Tiempo hay para comer. Antes de restaurar el cuerpo, él quiere cumplir con su cometido. Su obligación pasa delante de su satisfacción personal.

34–48. Entonces, muy a la manera oriental, les relata con lujo de detalles la historia del porqué ha venido y cómo fue el encuentro que tuvo con Rebeca guiado por la mano de Dios.

49–51. «Ahora, pues, si vosotros hacéis misericordia y verdad con mi señor, declarádmelo; y si no, declarádmelo; y me iré a la diestra o a la siniestra. Entonces Labán y Betuel respondieron y dijeron: De Jehová ha salido esto; no podemos hablarte malo ni bueno. He ahí Rebeca delante de ti; tómala y vete, y sea mujer del hijo de tu señor, como lo ha dicho Jehová.» Ellos reconociendo por el relato que hace Eliezer que era de Dios de quien viene lo que han escuchado, acceden con gusto al pedido que les hace el siervo de su pariente: «Ahí la tienes. Llévala para que sea esposa de nuestro hermano».

 

54–56. «Y comieron y bebieron él y los varones que venían con él, y durmieron; y levantándose de mañana, dijo: Enviadme a mi Señor. Entonces respondieron su hermano y madre: Espere la doncella con nosotros a lo menos diez días, y después irá. Y él les dijo: No me detengáis, ya que Jehová ha prosperado mi camino; despachadme para que me vaya a mi señor.» Llegados al acuerdo Eliezer quiere partir sin demora para llevar a Isaac la muchacha que Dios le destina, pero los parientes desean, como es natural, que se quede un poco de tiempo con ellos para agasajarlo y disfrutar de su compañía. Aunque seguramente para él también sería agradable quedarse gozando de su hospitalidad acogedora, Eliezer se niega a permanecer ni un solo día más, obrando de una forma que podría parecer descortés. Para él lo más importante es cumplir el encargo que le han encomendado y no detenerse ni demorar la buena nueva por cualquier otra consideración que lo halague. En esa manera de obrar vemos una manifestación de su fidelidad.

 

57–58. «Ellos respondieron entonces: Llamemos a la doncella y preguntémosle. Y llamaron a Rebeca, y le dijeron: ¿Irás tú con este varón? Y ella respondió: Sí, iré.» Betuel y los suyos dejan la decisión en manos de la doncella. Pero ¿qué más querría ella sino ir a encontrar a su prometido? Ella siente también que esto viene de Dios, que es una gracia excepcional para ella, y tiene prisa para que se lleve a cabo. ¡Qué sabia y espontánea es su reacción! Sí, me voy con él ahora mismo. Ella no quiere despedidas largas, no va a extrañar lo que deja. Ella sabe que su destino, fijado por Dios, está en esa tierra lejana, que no tiene miedo de partir.

 

Pero detengámonos un momento a pensar. ¿Qué muchacha hoy estaría dispuesta a partir empeñando su vida y su futuro para unirse a un desconocido, aunque sea su pariente? ¿Qué muchacha moderna arriesgaría tanto sólo porque piensa que esa es la voluntad de Dios? Ella era una mujer valiente y de carácter. Pero también de fe. Hay un sugestivo paralelismo entre el llamado de Abraham y el de ella. Como ocurrió con su pariente ella sale de Harán para ir a la tierra de Canaán. Dios le dice a Abraham. «Sal de tu tierra». Ella responde. «Sí iré».

 

59–61. «Entonces dejaron ir a Rebeca su hermana, y a su nodriza, y al criado de Abraham y a sus hombres. Y bendijeron a Rebeca, y le dijeron: Hermana nuestra, sé madre de millares de millares, y posean tus descendientes la puerta de sus enemigos. Entonces se levantó Rebeca y sus doncellas, y montaron en los camellos, y siguieron al hombre; y el criado tomó a Rebeca, y se fue» no sin antes ser bendecida de una manera elocuente. Ellos pronuncian sin saberlo una palabra profética en la que resuena el eco de la promesa hecha por Dios a Abraham.

 

62–63. «Y venía Isaac del pozo del Viviente-que-me-ve; porque él habitaba en el Neguev. Y había salido Isaac a meditar al campo, a la hora de la tarde; y alzando sus ojos miró, y he aquí los camellos que venían.» Isaac ha salido a hablar con Dios al campo, porque meditar es buscar a Dios. En ninguna parte puede hacerse mejor que lejos de la compañía humana, en medio de la paz de la naturaleza. En el campo bulle una vida diferente, la vida de la creación que obedece en todo a su Creador. Allí se encuentra Dios y nosotros lo encontramos. Dios vino al encuentro de Moisés en la soledad del desierto y al encuentro de Jacob cuando estaba solo. Quizá Isaac pedía por el buen fin de la misión de Eliezer.

 

64–65 «Rebeca también alzó sus ojos, y vio a Isaac, y descendió del camello; porque había preguntado al criado: ¿Quién es este varón que viene por el campo hacia nosotros? Y el criado había respondido: Este es mi señor. Ella entonces tomó el velo, y se cubrió.» Cuando Rebeca ve la silueta de un hombre en la lejanía su intuición femenina le indica que podría ser el varón a quien ella está destinada y prontamente se baja del camello. Cuando se asegura de que es él cubre su rostro con el velo de novia, según la costumbre de su pueblo. Ella se sabe bella, pero no quiere asombrar a su novio con su belleza. (Nota 3). Otras cosas son más importantes. ¿No le habría preguntado ella a Eliezer en el camino cómo era Isaac? ¿No se había estado ella enamorando de su novio al escuchar de boca de Eliezer las cualidades que adornaban a Isaac? La Biblia dice poco acerca de Isaac, pero por lo que transpira el texto era un hombre de carácter noble y obediente a su padre. Pensemos tan sólo en el episodio de su sacrificio: el joven Isaac no ofreció resistencia alguna (Gn 22).

 

66–67.«»Entonces el criado contó a Isaac todo lo que había hecho. Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer y la amó; y se consoló Isaac después de la muerte de su madre.» Isaac no vivía ya con su padre sino en otro lugar. Pero puede entenderse que al llegar Rebeca la lleva donde su padre, y la introduce a la que había sido la tienda de su madre que ya había muerto. Y de inmediato se realiza el matrimonio a la usanza de ellos.

El texto dice que Isaac la amó. ¿Cómo podría no amarla si ella tenía tantas cualidades? El suyo era un matrimonio hecho en el cielo. Dice que se consoló de la muerte de su madre. Es decir, Rebeca toma en su corazón el lugar que su madre había dejado vacío al irse.

 

Dos mujeres dominan la vida del hombre, la madre y la esposa, y no deben ser rivales, sino complementarse, y no debería ser necesario que la madre muera para que la esposa ocupe plenamente en el corazón de su marido el lugar que le corresponde. Cuando la madre es sabia la esposa de su hijo la amará y respetará tanto como su hijo porque ella es un solo cuerpo con su marido

 

He aquí las cualidades más saltantes de Rebeca, tal como se revelan en este capítulo. Ella es bella y sin embargo su belleza —como ocurre con tantas muchachas agraciadas— no la ha vuelto orgullosa ni distante. Al contrario es servicial: le ofrece a Eliezer más de lo que él le pide. Él pidió de beber para sí y ella le dice que dará de beber además a sus camellos. Eran diez, y tendrían «sed de camellos», es decir no poca. ¿Cuántas veces habría bajado ella al pozo a llenar su cántaro? Podemos suponer que también dio de beber a los siervos que venían con Eliezer.

 

Ella es rápida en sus movimientos, no es lenta ni perezosa. En su manera de servir se muestra humilde. No se pavonea con las joyas que le regala Eliezer pero le ofrece sin mezquindad la hospitalidad de su casa paterna. Al oír el relato de cómo Eliezer trata de seguir la guía de Dios en su búsqueda de novia para el hijo de su amo, ella reconoce la intervención del Altísimo en esos hechos. Por eso ella no duda en seguir la invitación de Eliezer para acompañarlo. Ella se somete al consejo de Dios y no teme dejar padre y madre y hermanos para cumplirlo. ¡Ojalá fuéramos todos tan bien dispuestos! (9.5.04)

 

Notas:

  • (1) A lo largo de su historia la descendencia de Jacob prevalecerá sobre la de Esaú, los llamados edomitas. Cuando se acerca la hora en que debía cumplirse el plan de salvación de Dios Edom prevalece sobre Israel porque un rey de esa estirpe (Herodes el Grande) ha usurpado el trono de David.
  • (2) Ese gesto, que tocaba las partes vitales del hombre, era entonces una forma solemne de hacer juramento
  • (3) El nombre de Rebeca significa: «la que tiende lazo», o «la que encadena al hombre», indicando que era de una belleza notable.

Acerca del autor:
José Belaunde M. nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal «La Vida y la Palabra», el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país. Para más información puede escribir al hno. José a jbelaun@terra.com.pe

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