¿Quién nos prospera, acaso la buena suerte?



El Valle de Piedra es inmenso y representó hace algo más de dos siglos, uno de los mayores retos para los pastores que asignaban con el propósito de ejercer ministerialmente entre los pocos miembros de la congregación.—


Servir a Dios es fabuloso, pero no en ese territorio tan árido en donde lo único que se produce es la tristeza y lo poco que se cosecha es la desolación—solían repetir los ministros evangélicos después de pasar un tiempo predicando por las montañas, de regreso a casa en la ciudad.


 



Federico Oberlyne pensó una y otra vez en las enormes oportunidades que se abrían frente a sus ojos en caso de aceptar la asignación pastoral, pero como en una balanza imaginaria, ponía en el otro extremo las desventajas que se derivaban de trabajar en semejante inmensidad poblada de miseria.


 


Sin embargo, asido de la mano del Señor Jesucristo, aceptó. Lo hizo guardando sus reservas pero convencido de que si Dios está de nuestra parte nada nos podrá derrotar. Pasados unos meses promovió el cultivo de flores y la elaboración de pan. Restaba tener una vía en buen estado para sacar los productos a los mercados. Y comenzó su construcción, inicialmente solo. Las gentes decidieron apoyarlo cuando apreciaron su decisión.


 


Este pastor de los últimos siglos testimonió con su vida y ministerio, que quienes vencen no son los que comienzan con mucho entusiasmo sino aquellos que prosiguen hasta el final de la meta, así lleguen de últimos.


 


¿En qué ha cifrado su “buena suerte”?


 


Creo mucho en la patica de conejo” argumentó una vendedora de electrodomésticos a quien le pregunté en quién o en qué había depositado su confianza. “Para mí lo eficaz es utilizar un ramito de ruda detrás de la oreja. Uno vende porque vende”, me explicó la propietaria de un restaurante cerca de mi oficina.


 


Un conocido empresario en mi ciudad está convencido de que los riegos, especialmente los días martes y viernes, traen buena suerte, y mi vecina en el barrio, tiene una mata de sábila colgada en la parte superior de la puerta. “Desde que tengo esta planta me va bien todos los días” me dijo.


 


Si enumero los argumentos de quienes he tenido la oportunidad de entrevistar, no alcanzaría a explicar cada caso en unas cuantas páginas.


 


            ¿En quién está confiando?


 


Ahora, aterricemos este interrogante: ¿En quién ha confiado usted?¿Qué significa para usted la buena suerte?¿Acaso guarda la esperanza de que unos rezos o quizá aguas aplicadas como riegos en su negocio, oficina o vivienda, cambiarán el curso de su historia?


 


Después de compartir una charla en una iglesia a la que fui invitado, una señora que con bastante misterio me llamó aparte y me dijo: “Me gusta la vida cristiana. Lo que enseñan es muy práctico. Pero ¿Por qué no debo seguir jugando lotería?¿Qué tiene de malo? De pronto tengo buena suerte y me saco el número mayor… y mi ofrenda para la congregación será muy alta”.


 

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La invité a sentarse a mi lado y, con fundamento en el pasaje bíblico que hallamos en el Salmo 16 versículos 5 y 6, analizamos todo lo atinente a la buena o mala suerte y cuál es la concepción que tenemos los cristianos al respecto.


 


El texto bíblico que leímos dice: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa. Tú sustentas mi suerte. Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado”


 


En Dios confiamos nuestra “suerte”


 


La primera idea que se desprende del texto es que nuestra mayor posesión no radica en comprar la lotería o en tentar la suerte con los juegos de azar. La confianza no la depositamos en un amuleto ni en un fetiche. Nuestra esperanza está volcada en Dios como anota el autor sagrado: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa.”.


 


Dios creó el cielo y la tierra. Todo le pertenece. “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los Ejércitos”(Hageo 2:8). Si en El hemos confiado, no sólo prosperará el negocio o empresa en que trabajemos sino que, además, en sus manos está proveernos de cuanto necesitemos.


 


Las Escrituras dicen de Dios “Tú sustentas mi suerte”. Dios es nuestra suerte, no es la pata de conejo ni los tres dientecitos de cocodrilo cuidadosamente amarrados con un listón rojo. En absoluto. Aquellos no son más que elementos del ocultismo que –en medio del sincretismo religioso que nos rodean—han logrado aceptación y hay quienes prefieren seguir usándolos antes que volver su mirada a Dios en oración en procura de ayuda.


 


Dios nos prospera


 


Frente al templo en el que ministraba hace algún tiempo, en la Alianza Cristiana y Misionera, había un local. Bien ubicado, junto a la avenida. Todos los vehículos que iban del oriente al occidente de la ciudad, pasaban por ahí. Unos y otros establecieron negocios allí, pero todos fracasaron.


 


Por último alguien convencido de las pautas que hallamos en el Salmo 16:5, 6 abrió un restaurante de mariscos. Confieso que fui el primero en razonar que posiblemente no le iría bien. Sin embargo no solo prosperó sino que pronto debió ampliar las instalaciones para atender a los clientes que hacían fila esperando turno para ser atendidos.


 


Esa es la consecuencia de la fe en Dios cuando abrimos un negocio o quizá aplicamos dedicación en nuestro trabajo. El salmista escribió: “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado”. En otras palabras: No temo el destino que me toque porque Dios me bendecirá. Es una convicción de fe que trae bendición porque tenemos a Dios de nuestro lado y El nos asegura la victoria.


 


Le invito para que reconsidere sus caminos. Es probable que consultando gurús, médiums o hechiceros haya pensado que su suerte cambiará. Pero la Biblia dice que si deseamos que el curse de nuestra historia se modifique y vengan tiempos de prosperidad, es a Dios a quien debemos volver la mirada. El secreto no está en los riegos ni en los amuletos. Está en Dios.


 


¿No se ha decidido?


 


Es probable que usted razone: “De acuerdo, creo que con ayuda de Dios podré salir adelante en mi trabajo o tal vez mi negocio. Pero ¿Qué debo hacer?”. El primer paso es tomarse de la mano del Señor Jesús. ¿De qué manera? Invitándole para que entre en su vida y sea, en adelante, su único y suficiente Salvador.


 


Hacerlo es muy sencillo. Basta que le diga: “Señor Jesús, reconozco que he pecado y que, en la cruz, diste la vida por mi para traer perdón de todas mis faltas. Entra en mi vida. Te recibo como mi Señor y Salvador. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”.


 


¿Tomó esta decisión? Lo felicito. Es la mejor decisión de su vida. Ahora puede pedirle a Dios que transforme el curso de sus días. Lo hará, sin duda. Usted es hijo de Dios, y Dios ama, cuida y bendice a sus hijos.


 


Hay tres recomendaciones finales que le comparto. La primera, que haga de la oración un hábito diario. Hablar con Dios nos ayuda a crecer espiritualmente. La segunda, que conozca Su voluntad plasmada en Su Palabra, es decir, la Biblia. Lea como mínimo un capítulo diario. Y por último, comience a congregarse en una iglesia cristiana. Su vida será transformada.


 


En caso de que tenga alguna inquietud o interrogante, no pierda tiempo. ¡Escríbame ahora mismo! Con gusto responderé a sus preguntas.


 


Ps. Fernando Alexis Jiménez


Correo electrónico: fernando@adorador.com

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