Pastor: Cuida los recursos


Los que somos pastores o estamos involucrados en ministerios que requieren de un contacto permanente con personas, podemos fácilmente imaginar la escena que nos presenta el capítulo 18 de Exodo. Un Moisés exhausto, intentaba cubrir las necesidades del pueblo que venía a él con sus problemas.

Eran tantos los que se presentaban delante de Moisés, que estaba enteramente ocupado desde la mañana hasta el atardecer. Aún con semejante esfuerzo, no daba abasto para cubrir todas las situaciones. No fué hasta la visita de su suegro que el líder tomó los pasos necesarios para remediar la situación. Cuando Jetro vió la manera en que ministraba su yerno, le dijo: “No está bien lo que haces. Con seguridad desfallecerás tu, y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para tí (Ex 18. 17,18).” Con claro discernimiento de las consecuencias del estilo ministerial que había adoptado Moisés, Jetro no solamente comprendió que las fuerzas le iban a durar muy poco tiempo, pero que también el pueblo iba a sufrir las consecuencias de tener al frente un hombre desgastado y cansado.

Sus sugerencias para un ministerio más efectivo fueron bien recibidos por Moisés, quien implementó los cambios necesarios y salvó un situación potencialmente peligrosa. El desafío de cuidar y renovar nuestros recursos espirituales es uno que no ha perdido importancia en los tiempos que corren. El líder sabio entiende que solamente con una buena administración de lo que tiene podrá hacerle frente a las incesantes demandas del ministerio.

 

 

 

Cinco clases de personas

 

Hace unos años tuve la oportunidad de leer un libro por Gordon MacDonald, autor del excelente libro Ponga Orden en su vida interior. En este libro, Restoring your Spiritual Passion1 , Macdonald compartió unos conceptos que han sido de enorme bendición para mí en la permanente búsqueda por mantener un equilibrio adecuado frente a las demandas ministeriales. A lo largo de los años he comprobado lo acertado de los principios identificados por Macdonald, y los he adaptado para compartirlos con muchos otros líderes en seminarios y conferencias.

 

Según MacDonald, en nuestro transitar por el ministerio, vamos a entrar en contacto con cinco clases de personas diferentes. Estas personas pueden ser definidas por la clase de efecto que tienen sobre nuestras vidas y los recursos espirituales que poseemos. Si pudiera escoger una analogía para entender estas categorías, sería muy útil pensar en una batería de automóvil. La batería del automóvil sufre descargas o recibe cargas según las acciones de quien lo está conduciendo. El poner en marcha el automóvil significa una fuerte descarga. El transitar por la calle hace que el generador del auto carge de nuevo la batería. De la misma manera, en la vida del obrero, ciertas clases de personas renuevan sus energías, y otras clases de personas las desgastan.

 

 

 

La persona de recursos

 

La primera clase de persona con la cual tenemos contacto es la persona de recursos. Esta es una persona que estimula y reaviva en nosotros la pasión por el ministerio y las cosas de Dios. Cuando somos jóvenes este rol lo puede desempeñar nuestro pastor o personas maduras y sabias dentro de la congregación. Son hombres y mujeres que nos imparten una visión y nos animan a ser atrevidos en nuestra fe.


A medida que maduramos en nuestra experiencia ministerial, van a ser cada vez menos los que desempeñan este rol en nuestras vidas. Quizás nuestro estímulo venga de un autor favorito que siempre provee un desafío para nuestras vidas. O quizás venga a traves de una relación profunda con un mentor, un hombre que sigue invirtiendo en nuestra vida a pesar del pasar de los años. Lo importante es recordar que esta clase de persona estimula nuestra vida espiritual y deja huellas profundas un nuestra alma. Una horas en comunión con ellos pueden proveer un fuerte estímulo que dura semanas, meses y aún años Todo ministro debería poder identificar al menos dos o tres personas que ocupan este lugar en su vida personal.

 



 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
   



Utilizando la analogía de la batería, el efecto de la persona de recursos sobre nuestra vida es fuertemente positiva.

 

 

 

Los compañeros de batalla

 

 

Los compañeros de batalla también son personas que estimulan y renuevan nuestra fe, aunque no lo hacen con la intensidad de las personas de recursos. Estas son las personas que comparten con nosotros el mismo ministerio. Pueden ser personas que están en la misma congregación con nosotros y que entienden nuestras luchas y frustraciones. A menudo, sin embargo, son otros pastores o ministros que están sirviendo en diferentes congregaciones a la nuestra, pero con los cuales nos sentimos muy a gusto porque estan en la misma lucha que nosotros.


No siempre estas personas nos estimulan por medio de ministraciones puntuales, aunque esto también se puede dar. Pero son la clase de persona que nos hace bien porque nos podemos relajar con ellos, sabiendo que estamos entre compañeros de milicia. Son personas con la cual podemos reirnos y compartir anécdotas del ministerio. Son personas que nos pueden escuchar con compasión, porque ellos viven la misma realidad que la nuestra. Y el mero hecho de estar juntos ya trae bendición a nuestras vidas.

 

En la vida de Jesús, los tres discípulos con el cual tenía mayor intimidad, forman parte de este grupo. Ellos fueron partícipes de todos las experiencias más íntimas del Maestro. En el momento de mayor prueba, en Getsemaní, buscó que le acompañaran y así aliviaran el peso de su corazón (Mat 26. 37). También todo ministro debería poder rápidamente mencionar al menos tres personas que ocupan este lugar en su vida. Estas personas tienen un efecto positivo sobre nuestras vidas, aunque el impacto no es tan grande como la de las personas de recursos.

 

 

Los discípulos

 

Una tercera categoría de personas son los discípulos. Estas son las personas en las cuales estamos haciendo una fuerte inversión, porque les vemos potencial para llegar a ser obreros efectivos el día de mañana. Son nuestros “Timoteos”, los hombres y las mujeres que hemos incorporado a nuestro círculo más íntimo, para que se conviertan en nuestros aprendices. Les llevamos con nosotros en nuestras visitas pastorales. Los invitamos a que nos acompañen cuando salimos a otras congregaciones. Les damos especial acceso a nuestra vida familiar y personal.


Los discípulos tienen un efecto variado sobre nuestras vidas. Hay momentos en las cuales Dios nos permite ver los frutos de nuestra inversión en sus vidas, y nos alegran en el corazón con sus actitudes maduras y sus demostraciones de responsabilidad y sabiduría. En estas ocasiones, su efecto sobre nuestros recursos es positivo, pués nos devuelven algo de lo invertido. Pero en otras ocasiones, nos entristecen con su falta de compromiso, sus respuestas inmaduras o sus reacciones carnales. Allí nos damos cuenta que aún queda mucho camino por recorrer. En estas situaciones, su efecto sobre nosotros es más negativo que positivo.

 


 
 


En la vida de Cristo, los otros nueve discípulos forman parte de este grupo, como también otros discípulos que formó. Eran personas que a veces les traían alegrías, como cuando regresaron de su segundo ministerial, llenos de gozo porque hasta los demonios se les sujetaban (Lc 10. 17-20). En otras ocasiones, su falta de fe lo exasperaban (Mat 17. 17).

 

 

Las pesonas buenas

 

 

Cuando hablamos de personas buenas, estamos pensando en la gran mayoría de hermanos dentro de nuestras congregaciones. Estas son las personas que estan siempre junto a nosotros. Asisten a todas las reuniones, apoyan los proyectos de la iglesia, no demuestran mayores problemas en sus vidas y disfrutan de todas las actividades que giran en torno de la vida de la congregación . Son las personas que contribuyen de sus recursos económicos para los diferentes proyectos que pueda tener la iglesia. Las personas buenas son incondicionales en su apoyo hacia el pastor y los líderes, y nos hacen sentir bien en los diferentes proyectos que realizamos.


A pesar de todo esto, las personas buenas contribuyen muy poco a nuestras reservas espirituales. Les gusta estar con nosotros porque ellos disfrutan de lo que nosotros tenemos para darles. El solo hecho de estar en contacto con sus pastores ya les hace sentir bien. De manera que el efecto principal que tienen sobre nosotros es negativo, pues ellos lentamente van desgastando nuestra vida espiritual.

 

 

En la vida de Jesús las personas buenas eran el grueso de las multitudes que le seguían a todos lados. El Mesías les recibía y les ministraba, pero no les daba mayor importancia porque sabía que a la hora de serias definiciones muchos de ellos no le seguirían más (Jn 6. 66).

 

 

  

Personas problemáticas

 

Todo ministerio tiene su buena cuota de personas que pertenecen a esta categoría. Estas son las personas que demandan un especial esfuerzo de nuestra parte por las condiciones en las cuales se encuentran. Puede ser el matrimonio que está en crisis y que requiere de un intenso esfuerzo para re-encaminar la relación. Puede ser la familia cuyo sustentador se ha quedado sin trabajo. Puede ser ese grupo de personas que padecen enfermedades diversas y que requieren de nuestra companía y comprensión en medio del sufrimiento. Puede ser la persona que ha perdido un ser querido. O puede ser ese grupo de personas en nuestras congregaciones que siempren parecen estar luchando con las mismas dificultades.


El hecho es que este grupo requiere de nuestro mayor esfuerzo. El trabajo con ellos es especialmente desgastante porque los problemas generalmente no son de fácil resolución. Algunos de ellos pueden llevar años de trabajo cariñoso y tierno, antes de que veamos un avance significativo en sus vidas espirituales. Todo grupo humano tiene esta categoría de personas. No hemos de olvidar que estas personas, una vez restauradas, pueden llegar a ser los discípulos o aún los compañeros de trinchera del día de mañana. Pero esta esperanza futura no quita el hecho que esta categoría es la que mayor desgaste produce en nuestras vidas.

 


 
 


En la vida de Jesús, estos eran los leprosos, los paralíticos, los endemoniados, los ciegos y todas las otras categorías de personas atribuladas que le seguían sin cesar. En el relato de la sanidad de la mujer con el flujo de sangre vemos la más clara indicación de que ministrarle a estas personas produce una gran fuga de energía espiritual (Lc 8. 46).

 

 

El ministerio típico

 

 

Estamos ahora en condiciones de ver claramente cual es nuestra realidad ministerial. Con solamente tomar las ilustraciones e identificar donde invertimos la mayor cantidad de nuestro tiempo, rápidamente nos daremos cuenta porque tantos ministros viven en un estado de agotamiento espiritual permanente.

El 90 % de nuestro tiempo lo estamos pasando con el grupo de personas que absorben nuestros recursos espirituales. No ha de sorprendernos, entonces, que frecuentemente nuestro ministerio produce pocos resultados a largo plazo. Al estar ausente los elementos espirituales que asegurarían frutos eternos, caemos en simplemente mantener en movimiento los diferentes programas de la congregación, sin impactar verdaderamente la vida de aquellos que han sido puestos bajo nuestra responsabilidad. 


La solución a este desequilibrio también es fácil de ver y no tienen mayores misterios. Necesitamos pasar más tiempo con las otras tres clases de personas, las Personas de recursos, los Compañeros de batatalla y los Discípulos. Estos son los que nos ayudaran a mantener un equilibrio sano y serán uno de los medios importantes que Dios usa para renovar nuestros recursos espirituales.

 

 

En la práctica

 

Quisiera sugerir algunos principios prácticos para poder lograr este equilibrio tan importante para la efectividad de nuestro ministerio:

 

 

 

1. Sea dueño de su propio calendario

El primer principio a tener en cuenta es que si usted quiere pasar tiempo con las personas que lo edifican, tienen que planificar esos encuentros. Frecuentemente escucho en conferencias que los pastores se dicen unos a otros: “tenemos que vernos más seguido.” Rara vez estos deseos se traducen en encuentros específicos. La verdad es que sí usted no toma su agenda y programa encuentros con personas de este tipo, no van a acontecer. Cuando no estamos en control de nuestra agenda, los buenos y los problemáticos tienden a irrumpir sobre nuestras vidas y llenar cada hueco con sus necesidades. 


Creo que a esto se refería Cristo cuando sus discípulos objetaron por el excesivo gasto de la mujer que derramó perfume costoso sobre sus pies. El Maestro replicó: “siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis” (Mat 26. 11). El hecho es que si el criterio que usamos para evaluar lo correcto de una acción es la presencia de pobres a nuestro alrededor, nunca tendremos otra actividad que atenderles a ellos. Porque siempre habrá pobres a nuestro alrededor. Sin embargo, Cristo frecuentemente le dió la espalda a las multitudes e impuso sus propios planes por encima de las demandas de los necesitados (Ej. Mr 1. 36-38). No es que no debamos atender a los necesitados. Todo lo contrario. Pero no debemos dejar que ellos sean dueños de nuestro tiempo, por amor a ellos. Una vez que nuestros recursos están agotados, no seremos de bendición ni a ellos ni a nosotros mismos.

 

 

 

2. Aprenda a usar la palabra “no”

 

Un segundo principio es que que usted no ha sido llamado a correr todas las veces que se le cruza un necesitado por el camino. Aprenda de Jesús, que no sanó a todos los enfermos, ni liberó a todos los endemoniados, ni curó a todos los leprosos. En el estanque de Betesda había muchos enfermos que deseaban ser sanos, pero solamente sanó a uno.

A medida que usted crezca en su ministerio le van a venir cada vez más pedidos de ayuda y va a recibir cada vez más invitaciones a ministrar en diversas situaciones. Si usted no aprende a distinguir cuales son las obras que su Padre celestial específicamente ha preparado para usted, va a terminar necesitando un día de 30 horas ! Una importante disciplina que debe manejar el siervo de Dios es la de saber cuando decir que “no” a las diversas demandas que otros le traen. Note de nuevo que Jesús no permitió que otros decidieran que es lo que debía hacer.

 3. Sea ágil para delegar

La consecuencia más sana de decir “no” es que usted se va a ejercitar en uno de los mejores hábitos que puede tener un pastor, la de delegar. Las personas en nuestras congregaciones muchas veces vienen a nosotros con los problemas más triviales, esperando que nosotros se la solucionemos. Nosotros nos quejamos, pero muchas veces nosotros somos los responsables de esta situación. No les hemos enseñado a asumir mayor responsabilidad en el buen funcionamiento del cuerpo, ni les hemos incluído en nuestras experiencias ministeriales. El resultado es que son demasiado “pastor-dependientes.”

Este es el principio que le enseñó Jetro a su yerno, Moisés. En lugar de querer hacer todo solo, lo animó a que nombrara jefes de diez, de cien y de mil. De esta manera él quedaría grandemente aliviado en sus responsabilidades, y se podría dedicar a las cosas que otros no podían hacer por él. Cuando usted delega, queda libre para dedicarse a aquellas cosas que realmente ha sido llamado a hacer.

 

 

4. Recuerde que sus recursos espirituales son finitos

Los recursos del Señor son infinitos, y estan a disposición del pueblo de Dios siempre. El que pide, recibe en abundancia y sin reproche (Sant 1. 5). Pero los recursos del pastor no son infinitos. Usted se cansa, se fatiga y se fastidia. El constante contacto con personas necesitadas produce un desgaste en su vida. Un día despierta y se da cuenta que su “batería” está muerta, porque ha descuidado las actividades cruciales para recargarla.

El Señor con frecuencia se retiraba a lugares solitarios para buscar ese renuevo y equilibrio que eran indispensables para su propia salud ministerial (Lc 5. 16). Las multitudes lo desgastaban y hacían necesarios esos momentos de quietud y silencio, en presencia del Padre, para restaurar lo que se gastaba en el ministerio.

 

 Aprenda a monitorear sus recursos. No se engañe a si mismo ! Cuando ve los síntomas de una vida en desequilibrio, tome los pasos necesarios para recomponer lo que se ha deteriorado. Si lo posterga mucho tiempo el daño será mucho más difícil de arreglar y hasta puede llegar a ser necesario que se retire por un tiempo del ministerio.

 

 

 

 

5. Establezca prioridades correctas

Pasar tiempo con las otras tres categorías de personas no es solamente una costumbre sana. También es cuestión de prioridades. La iglesia adolece por la falta de formación de obreros nuevos, y el pobre apoyo a los que ya están en ministerio. No sea parte de ese problema. Establezca claras prioridades en su vida de pasar tiempo con las personas que mejor responderan a su inversión.


Jesús pasó algo de tiempo con las multitudes, pero pasó mucho más tiempo con los discípulos. Y de entre los discípulos pasó todo el tiempo con los tres que escogió para acompañarle a todos lados. De la misma manera, Pablo animó a Timoteo a que buscara hombres fieles a las cuales confiarles las cosas que había recibido. Estos debían, luego, hacer lo mismo con sus propios discípulos (2 Tim 2. 2). Apoye a los que están en ministerio, buscando oportunidades para estar con ellos. Ellos se lo agradecerán, y usted también saldrá bendecido!

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