No te canses de hacer el bien


Santiago 4:13

Dice allí que tenían jactancia. El orgullo no consiste en planificar lo que va a pasar, ni en la productividad de ganar dinero. No es lo que Dios está reprendiendo, sino el que daban por hecho el día de mañana. Ya ni tomaban en cuenta a Dios, y les enseña que si van a planificar algo, tomen en cuenta que el día lo da Dios. Cada día es un regalo que El nos da. El problema es que hemos dejado de agradecer por cada día, lo tomamos como algo común. En otra parte dice que Dios da testimonio de sí mismo a través de las lluvias que da el cielo y del sustento que nos da cada día. Pero ¿cuándo fue la última vez que usted vio llover y dio gracias? Sin la lluvia no pudiéramos comer; ¿qué pasaría si no lloviera por tres años? Pero la lluvia ya se convirtió en una bendición tan común, que nadie lo agradece ya.

Cada día es un regalo de Dios, que lo reciba cada día, no lo hace menos regalo.

Usamos la frase “si Dios quiere” para lo que no debemos. Hemos puesto a Dios la responsabilidad de lo que nos toca a cada uno de nosotros hacer. El te da el día, tú pones el trabajo. La Biblia dice: “Este es el día que hizo el Señor, yo me alegraré y me gozaré en él. Tú eres el que amanece diciendo: “Este día la voy a pasar bien”; eres quien pone la actitud en tu vida. Debes pedirle a Dios lo que a El le corresponde, pero tú debes hacer tu parte.

“… y a todo aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace, es pecado”. Esa es la definición de pecado. Si eres un joven capaz de sacar 90, pero la pereza te hace sacar 70, eso ya es pecado. Si Dios te dio la inteligencia para estudiar y ser bueno; si te dio el talento para ser un buen deportista y no llegas a desarrollar tu talento por no entrenar, es pecado. Si sabes ser un buen padre y no lo haces por negligencia, es pecado. Dios te regala cada día para que lo hagas bien. El te da todos esos dones para que hagas lo mejor de ti en ese día. Si te ha bendecido con prosperidad, te lo da para que hagas el bien. Si te ha bendecido con una buena familia es para que hagas lo mejor por ella. Si te da una buena apariencia es para que uses ese favor para llevar esa gente al Señor.

Dios te ha dado todo en tus manos para que seas una buena persona.

Gálatas 6:7
No es engañéis, Dios no puede ser burlado, pues todo lo que el hombre sembrare, eso también cosechará. El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción, mas el que siembra para el espíritu, del espíritu segará vida eterna. No nos cansemos pues de hacer el bien, porque a su tiempo, segaremos. Así pues, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, mayormente a los de la familia de la fe.

Dice que no nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo segaremos. Hay semillas que dan cosecha rápido, pero otras tardan, depende del fruto que estés esperando. Si siembras un árbol de manzana, se tardará mucho tiempo en dar fruto. Si has sembrado por mucho tiempo, no lo abandones. Dios da la semilla, pero no toda semilla tiene el mismo ciclo de crecimiento. Las virtudes que tenemos son tan pocas como para perderlas por aquellos que hacen el mal. Tal vez dices “yo doy lo mejor, y siempre me devuelven mal por bien,” y estás listo para tirar la toalla, pero no lo hagas. Estás dejando que el mal venza el bien. Si has estado sembrando en tu hijo, y no ves el fruto, no te canses. La Biblia dice que el que espera en el Señor levantará sus alas como el águila, caminará y no se cansará. La esperanza que tienes es lo que te da la fuerza para seguir adelante, pero cuando dices: “Ya no voy a ver esa cosecha”, se te van las fuerzas. Si te cansas, es porque has dejado de ver la meta. No te rindas, no es momento de tirar la toalla. Continúa hasta ver las promesas de Dios.

Tal vez eres una mujer cansada de no ver resultados con tu esposo, a tal grado de hacer cosas indebidas. O eres un joven que ha sembrado en sus padres y no ve resultado, así que decide ser rebelde. Pero no te canses. Si hay gente que no ha valorado esas virtudes, habrá otra que sí lo haga.

David dijo una vez: “Hubiera yo desmayado si no supiera que vería la bondad del Señor en mi vida”.

Josué 14:6
El pueblo de Israel salió de Egipto hacia la tierra prometida. Estando por entrar, Moisés manda unos espías para que busquen el monte, y vean como son

las casas, personas, etc., y les vayan a contar. Ellos regresaron y dijeron que era como Moisés la había descrito, fluía leche y miel, pero estaba habitada por gigantes. Y entonces el pueblo no quiso ir. Pensaron: “No creamos esa promesa, porque si tratamos de conquistarla, esos gigantes nos van a matar”. Pero en medio de eso, uno de ellos dijo: “Si Dios nos prometió esa tierra, El nos la va a dar”. Pero el pueblo no quiso. Dios se enojó, y esos espías cayeron muertos. Y Dios dijo: “Como no creyeron, voy hacer que vaguen por el desierto 40 años y van a caer todos muertos”. Sólo la verán los que tienen menos de 20 años. Sólo Josué y Caleb vivieron. Caleb era notorio en todo el pueblo, porque todos sus contemporáneos murieron; él caminó 40 años por el desierto esperando el día que Dios se la diera. Lo más impresionante de todo es que él no era hebreo, sino que venía de otra descendencia, de Edom. El pudo haber tomado otro camino, pero no lo hizo, siguió con ellos porque tenía puesta la mirada en la promesa que Dios le dio. Cuarenta años pasaron y llegó el momento de entrar en la tierra prometida. El paso durante cinco años ganando la tierra de las otras doce tribus, y llegó el momento de repartir la tierra y dice en el Verso 10: “Ahora bien, Jehová me ha hecho vivir como El dijo estos 45 años, desde el tiempo que Jehová habló estas palabras a Moisés cuando Israel andaba por el desierto. He aquí soy de 85 años, y todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés vivía. Cual era mi fuerza entonces, es ahora. Dame, pues ahora el monte, del cual habló Jehová un día, pues El estará conmigo y me lo entregará”.

Caleb le pidió a Josué el monte, pues sabía que Dios se lo había dado. No importa qué demonio hay dentro, yo lo voy a botar, porque todo poder me ha sido dado. Cuarenta y cinco años después, dijo esto. Mis fuerzas hoy son tantas como el día en que me enviaste. Tú has venido en los caminos del Señor, llevas años y hubo un momento en el cual Dios te habló, te dio una visión, una promesa, o sentiste algo en tu corazón. Y viste la promesa que El te quería dar a ti, viste esa familia, esa salud, esa empresa y dijiste: “Yo lo creo”. Ese mismo día viste gente a lado tuyo que oyó la misma promesa y no la creyó, quedó postrada en el desierto. Tú has visto a otros apartarse, y has luchado y batallado para ver a otros bendecidos por Dios, pero todo esto no viene a restar tus fuerzas de aquel día que decidiste creer. Hoy no puedes tener menos ilusiones que el día que le creíste a Dios, por avanzada que sea tu edad. No se quién te haya fallado, quien te traicionó, lo que te puedo decir es que si Dios te ha dado una promesa en tu vida, la Escritura dice que los cielos y la tierra pasaran, pero su Palabra no pasará.

Yo he hablado con muchos jóvenes adultos que pasan de los 35 años; un día soñaron con una familia, pero el tiempo ha pasado, sus amigos se han casado y entonces han empezado a perder la esperanza. Hoy debes pararte y decir: “Hoy mi ilusión es como la de antes, porque Dios me lo prometió”.

Todo adulto ha pasado un proceso de maduración en su vida, pero en ese proceso, hay muchos tropiezos. Todos cuando tuvimos 15 años, tuvimos muchos sueños, pero llegas a los 30 ó 40 y empiezas a perder esa pasión, ese brillo en tus ojos, empiezas a ver los problemas. Que la madurez no ahogue la ilusión, la esperanza. Los jóvenes le vuelven a enseñar la pasión de la vida a los adultos. Tal vez ya dejó de soñar por esa promesa, por esa empresa, pero es tiempo de retomarla y apasionarse por ella. Tal vez ya lleva años en su matrimonio, y su mujer ya tiene un poco más de peso y su esposo tiene menos pelo, pero es capaz de abrazarlo y decirle que lo o la ama más que hace treinta años. Y a pesar de los problemas, es capaz de ver a su hijo de quince años y decirle: “Hoy me haces más feliz que el día que naciste”.

¿Se recuerda de los actos cívicos del colegio cuando se hacía la jura a la bandera? Y hoy usted ve la bandera y ha perdido la esperanza en Guatemala. ¿O cuando veía a un necesitado y le pedía a su papá que lo ayudara? Pero ahora es usted el que cierra el vidrio. ¿Por qué perder eso? No te canses de hacer el bien.

Por: Pastor Rodolfo Mendoza
cashluna.org

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