Moncho el de los pies grandes


Autor:
Eva María Rodríguez

Edades:
A partir de 6 años

Valores:
esfuerzo, aprendizaje, creatividad

En el pueblo no se hablaba de otra cosa de los pies de Moncho. Moncho tenía los pies muy grandes y por eso le llamaban “Moncho el de los pies grandes”.

Moncho tenía los pies tan grandes que no encontraba zapatos de su talla por ningún sitio. Para que no fuera descalzo, sus padres habían aprendido el oficio de zapateros y ellos mismos fabricaban el calzado de su hijo. Los padres de Moncho, que eran muy previsores, siempre tenían preparados zapatos grandes, porque al niño le crecían muy rápido los pies.

Con el tiempo, los pies de Moncho se iban haciendo cada más y más grandes, aunque parecía que al niño no le importaba mucho. Pero llegó un momento en el que el tamaño de sus pies se convirtió en un problema muy serio para Moncho.

La familia de Moncho tuvo que mandar construir una casa especial muy grande para que Moncho pudiera moverse por casa. Pero como sus pies no paraban de crecer no les quedó más remedio que hacer una solo para Moncho justo al lado en la que todo estaba en una sola habitación que era muy, pero que muy grande.

Una vez, cuando Moncho cogió su bicicleta para ir al colegio, se le engancharon los pies entre el suelo y los pedales, y se dio tal porrazo que tuvieron que llevarlo al hospital a curarle las heridas.

Desde ese día Moncho empezó a ir en autobús al colegio, pero no le duró mucho, porque sus pies crecieron tanto que ya no le cabían en el autobús.

A partir de entonces empezaron a llevarlo en coche. Pero llegó un momento en que no había manera de meter los pies, ni siquiera tumbándose en el asiento trasero. Así que no le quedó más remedio que madrugar para irse andando al colegio. Pero aquí no acabaron los problemas Moncho

Como tenía los pies tan grandes, en su clase tenían que hacer virguerías para que el niño pudiera entrar sin llevarse por delante mesas y sillas. Además, tenía que sentarse dejando libre de mesas varias filas de pupitres delante para que sus pies no se metieran debajo de las mesas de sus compañeros.

Un día de esos en los que Moncho tenía que estrenar zapatos nuevos porque amaneció con los pies más grandes ocurrió algo tremendo. Cuando llegó al colegio y quiso entrar en clase descubrió que no había manera de llegar a su pupitre sin tropezarse con mesas y sillas.

Muy disgustado, Moncho regresó a casa decidido a cortarse los pies. Cuando llegó, el niño descubrió que su padre se había dejado fuera el hacha de cortar leña.

-Esta es la mía -dijo Moncho-. Con ese hacha me corto los pies ahora mismo.

Justo cuando tenía el hacha en la mano pasó por delante de la casa un señor en silla de ruedas que le llamó:
-¡Eh, tú, chaval! ¿Me echarías una mano? Me duelen mucho los brazos para seguir empujando la silla y viene una cuesta arriba muy dura.

Moncho dejó el hacha a un lado y se dio la vuelta. El señor que iba en silla de ruedas no tenía pies y por eso no podía andar.

Moncho se acercó para empujar al señor. Moncho separó lo pies y, caminando como un pato, empezó a empujarle.

-¡Vaya, tú sí que tienes los pies grandes! -dijo el señor-. Seguro que puedes hacer cosas increíbles con ellos.

-La verdad es que son un incordio -dijo Moncho-. Me los iba a cortar cuando usted me llamó.

-¿Prefieres ir en silla de ruedas, como yo, el resto de tu vida? -preguntó el señor-. No digas bobadas. Tus pies son un don, aunque tú ahora no lo veas. Estoy seguro de que podrás hacer cosas maravillosas con ellos.

Cuando se despidieron Moncho se puso a pensar en lo que aquel señor le había dicho. Entonces tuvo una gran idea: se convertiría en inventor.

Desde ese día Moncho no para de inventar soluciones ingeniosas para sus problemas. Primero diseñó una bici especial para él. Luego buscó una solución muy divertida para poder seguir la clase dejando los pies fuera. Incluso inventó un artefacto que le ayudaba a caminar de puntillas para que la gente no se tropezara con sus pies por la calle.

Así, uno tras otro, Moncho el de los pies grandes fue superando todos los obstáculos que se le ponían por delante. Y nunca más volvió a pensar en cortarse los pies, pues eso tal vez podría quitarle un problema, pero seguro que le daría muchos más.

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