Mala Madre, mal hijo


Mala madre, mal hijo

Hubo un hombre del monte de Efraín, que se llamaba Micaía, el cual dijo a su madre: Los mil cien siclos de plata que te fueron hurtados, acerca de los cuales maldijiste, y de los cuales me hablaste, he aquí el dinero está en mi poder; yo lo tomé. Entonces la madre dijo: Bendito seas de Jehová, hijo mío. Y él devolvió los mil cien siclos de plata a su madre; y su madre dijo: En verdad he dedicado el dinero a Jehová por mi hijo, para hacer una imagen de talla y una de fundición; ahora, pues, yo te lo devuelvo. Mas él devolvió el dinero a su madre, y tomó su madre doscientos siclos de plata y los dio al fundidor, quien hizo de ellos una imagen de talla y una de fundición, la cual fue puesta en la casa de Micaía. Y este hombre Micaía tuvo casa de dioses, e hizo efod y terafines, y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote. En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía. Jueces 17

Este episodio forma un resumen de la historia de los jueces. Es evidente que los eventos narrados ocurrieron al principio del período de los jueces, este ilustra la decadencia moral y religiosa que caracterizó la etapa cuando “no había rey en Israel”; “Cada uno hacía lo que le parecía mejor”. El autor describe este temprano período de los jueces como de decadencia nacional, de la cual vendría a rescatarlo la casa de David. Madre e hijo contaminados por un enfoque pagano, se hicieron culpables de idolatrías y desobedecieron la Palabra de Dios.

Micaía tuvo la oportunidad de crecer en un hogar donde el temor a Jehová sea el principal fundamento de vida, pero el círculo más cercano a él, los pueblos paganos y la moda que imperaba fueron más fuertes que el testimonio que sus padres le mostraron, quizá por eso, cuando creció, lo más normal era que siguiera la corriente más fuerte, total, la diferencia entre su casa y los vecinos no parecían importantes.

Salmos 55:19 ¡Dios, que reina para siempre, habrá de oírme y los afligirá! Esa gente no cambia de conducta, no tiene temor de Dios.

El estilo de vida de esta madre e hijo estaba marcado por “lo más conveniente”, “lo que hacen el común de las personas”; “lo que más me gusta”; Esta familia pertenecía al pueblo escogido, tenían principios escritos y recitados que debían acatar; pero poco a poco, “lo que más convenía”; “lo que parecía mejor” suplantó a la voz de Dios.

Micaía le había robado dinero a su madre, no había sido poco esta vez, quizá empezó quedándose con los vueltos, después sustrajo de las carteras cuando ella no estaba; y así siguió con la costumbre, total, a ella no parecía importarle mucho. Hasta aquel día; la cantidad fue fuerte: 1,100 ciclos de plata, ella pareció no imaginar que fuera su hijo el ladrón, así que iracunda, lanzó una maldición para el ratero, ¡Que sorpresa tuvo cuando su asustado hijo le confesó su crimen por miedo a la condenación!

La madre de Micaía hizo “lo que le pareció que era mejor”, ya no podía recoger la maldición echa, así que bendijo a su hijo para contrarrestar la amenaza; pero no puede salir una palabra de bendición espiritual de la boca de alguien que ha perdido comunión con Dios, ella tenía mucho miedo, sabía que el castigo era irremediable, así que siguió haciendo lo que “mejor le parecía” y así con aquel dinero recobrado mandó a fabricar ídolos que protegieran a su hijo de el inminente castigo.

Más bajo no se podía caer, madre e hijo, envueltos en una complicidad absurda: desobedientes, idólatras, egoístas, mentirosos y sin nada de temor a Dios. Si continúas leyendo los versos que continúan verás que la degradación fue peor. Micaía siguió haciendo “lo que le pareció mejor” a él y a su madre, entonces contrató su propio sacerdote rentado para que las cosas le vayan mejor con Dios, es decir para que él fuese prosperado. Micaía había preparado todo lo externo para lograr la bendición divina, tenía su santuario, sus ídolos, y hasta un levita empleado como sacerdote. La superstición sin embargo, era lo que marcaba su actitud hacia la vida, la falta de temor a Dios estaba totalmente ausente de madre e hijo.

Soy madre, Dios me dio el don, pero soy consciente que para él, no es suficiente con alimentarlas, vestirlas o educarlas, no he hecho nada como madre, si no he logrado inspirar en ellas, temor a Dios. Jamás debo dejarme llevar por lo que “a mi me conviene más, “me parece mejor para ellas”, “es lo más práctico” o “que ellas decidan que quieren hacer”. Si ellas hacen de esta frase egoísta un estilo de vida, yo misma las he entregado a una eterna maldición.

“Tú, en cambio, restas valor al temor a Dios y tomas a la ligera la devoción que él merece. Tu maldad pone en acción tu boca; hablas igual que los cínicos.” Querida mamá, no restes valor al temor a Dios, no tomes a la ligera la exhortación que tus hijos necesitan, no malcríes con las frases que la madre de Micaía hizo su estilo de vida, no hagas lo que “te parece mejor” haz lo que Dios dice. NO permitas que tus hijos se conviertan en cínicos irreverentes, religiosos o hipócritas, enséñale a tener verdadero temor a Dios.

Tu maldad te castigará, tu infidelidad te recriminará. Ponte a pensar cuán malo y amargo es abandonar al Señor tu Dios y no sentir temor de mí —afirma el Señor, el Señor Todopoderoso—.Jeremías 2:19

Con temor al Dios Todopoderoso

Martha Vílchez de Bardales

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