LOS VERBOS DE LA RESURRECCION


Rev. Julio Ruiz, pastor
(Juan 20:1-18)
INTRODUCCION: Jesucristo ha sido el único hombre que conocía con exactitud de que muerte iba a morir. Siendo carpintero tuvo en sus manos el tipo de madera y los clavos donde un día su cuerpo sería clavado. A su muerte se refirió reiteradamente. La suya fue como la “crónica de una muerte anunciada”. Pero también fue el único hombre que predijo el tiempo exacto que se levantaría de la tumba.

Para Cristo la muerte no era el fin de las cosas. Su vida y enseñanza serían anunciados por sus seguidores, no sobre una historia pasada sino bajo una realidad presente. Lo que se dijo en torno al acontecimiento más grande del mundo: la resurrección, se *****plió con toda precisión. David escribió: “ Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Sal. 16:10). Su cuerpo no quedó atrapado en las frías, sucias y oscuras paredes de una tumba en el oriente. Aquel concepto de Eclesiastés acerca de la vida y la muerte, no se *****plió en él: “Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria está puesta en el olvido” (Ecl.9:5). Jesús sabía que iba morir, pero nadie como él tuvo la sensación de volver del más allá a través de la resurrección. Con Jesús, los mortales entramos en nueva realidad: ya no nos moveremos solo entre la vida y la muerte. Ahora sabemos que si hay resurrección. Fue el mismo Jesús quien dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás (Jn. 11:25-26 NVI). Es obvio que los discípulos no creían esto. Marta y María como el resto de los discípulos pensaban que la resurrección sería solamente para el futuro. Todos ellos supieron de la muerte cruenta de Jesucristo pero estaban perplejos ante el anuncio que él había resucitado. María Magdalena no podía creerlo. Los discípulos que estaban encerrados tampoco. Pero una vez que comenzaron a despejarse las dudas, la noticia de que él había resucitado, se convirtió en todo un acontecimiento que puso en ellos un tipo de acción a lo mejor olvidada por cierto tiempo. El presente pasaje parece un clásico de literatura donde uno puede ver que el autor no está hablando de algo que oyó sino de algo que experimentó. Hay una serie de verbos que rodean la resurrección en este pasaje. Juan fue el discípulo que corrió con Pedro para saber si lo que María Magdalena había dicho era cierto. ¡Corrieron como nunca! No era para menos. Los verbos que rodearon la resurrección son extraordinarios, ese será el tema para hoy.

ORACION DE TRANSICION: Veamos la acción que rodeó la resurrección de Jesús.

I. TENEMOS LA ACCION DEL VERBO “VER”

Nicodemo y José de Arimatea, los llamados discípulos «secretos» del Señor, fueron los encargados de bajar de la cruz y enterrar el cuerpo del Señor Jesucristo. Ellos se aseguraron que el cuerpo quedara bien colocado en aquella sepultura, completamente nueva. Ellos vieron la piedra que fue colocada sobre la tumba de su Maestro. No había duda, el cuerpo de Jesús quedó allí enterrado. Quedó en el “vientre de la tierra”, según la profecía de Jonás. María Magdalena, una mujer de quien habían salido siete demonios y quien era una fiel seguidora del Señor ( Luc. 8:2), vino junto con otras mujeres con “especies aromáticas para ir a ungirle” (Mr. 16:1b). Ella, al igual que sus demás compañeras sabían de la dificultad que tenían para *****plir con aquel ritual judío, ¿quien podía remover la piedra puesta sobre el sepulcro? Pero vea lo que dice el texto: “El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio la piedra quitada del sepulcro” v.1. Los ojos de María vieron lo que quedaría grabado por el resto de su vida: una tumba vacía. Su reacción al principio fue un tanto lógica: “Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” v.2b. Claro está que María no entró a la tumba, pues a lo mejor allí mismo sus dudas respecto a qué pasó con el cuerpo del Señor habrían quedado disipadas. Los discípulos también vinieron para ver, solo que ellos fueron un poco más. El texto nos dice que ellos “miraron”. Curiosamente uno de ellos, al parecer Juan, “vio los lienzos puestos allí, pero no entró” v. 5b. Sin embargo, Pedro quien seguramente movido por un fuerte deseo de comprobar lo que Jesús les había dicho estando con ellos tocante a la resurrección, “vio los lienzos puestos allí”; pero note este detalle: “y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte” v. 7. Esto también lo vio Juan, quien dice: “y vio y creyó” v. 8b. Lo que vieron los discípulos fue algo extraordinariamente asombroso. Ellos no solo vieron una tumba vacía sino unos lienzos y un sudario vacío. Y esta es la gran verdad de la resurrección. Los discípulos supieron que el cuerpo de Cristo no fue robado. Qué ladrón tendría el tiempo primero para remover la piedra de aquel sepulcro. Luego comenzar a quitar todo aquel lienzo con el que se envolvía a los muertos y también el sudario. Pero es más, qué ladrón tendría el tiempo, una vez que quitara todas estas cosas del cuerpo, de dejarlas tan bien arregladas en la tumba. ¡Oh, mis amados, Jesús resucitó! El era el único que podía hacer esto. Desde ese entonces hay una tumba abierta. Una invitación para “ver” solo el lugar donde fue colocado el cuerpo de Jesús, pero que ha resucitado y ahora vive para siempre.

II. TENEMOS LA ACCION DEL VERBO “CORRER”

En los acontecimientos que rodearon la resurrección no aparece el verbo “caminar”. Era imposible que una noticia de esa magnitud se llevara caminando. Es por eso que en esta historia todo mundo está “corriendo”. María Magdalena corrió. Al momento ella no sabía que había pasado, pero corrió. Los discípulos corrieron. ¡Y que clase de carrera! Yo no si ellos estaban preparados para correr como lo hicieron cuando recibieron la noticia de la tumba vacía. Se nos dice que “corrían los dos juntos”. La sensación de comprobar por si mismo la noticia les mantuvo corriendo al mismo tiempo. Fue como si se tratara de una carrera de 100 metros planos donde al principio los competidores se mantenían “cabeza a cabeza”. Pero de repente uno de ellos, de seguro Juan el que está narrando esta historia, el “discípulo amado”, dejó solo a Pedro en la carrera. Se nos dice que “corrió más a prisa..y llegó primero al sepulcro” v. 4. No sabemos que edad tenía Pedro y Juan cuando hicieron aquella carrera. Seguramente, Juan, siendo más joven y más ágil, aventaja a su condiscípulo. Pero las condiciones físicas no fueron obstáculo para hacer todo aquello. Pedro finalmente llegó. Seguramente muy cansado, pero fue hasta lo más profundo de la tumba para verificar que había pasado realmente con el cuerpo del Señor. Aquí está otra gran acción que envolvió la resurrección. Después de esto los dos discípulos volverían corriendo para comunicar al resto de sus compañeros lo que ellos vieron. María Magdalena, quien tuvo el privilegio de ser el primer ser humano a quien Jesús se le apareció después de su muerte, seguramente salió corriendo a dar la noticia a todos los discípulos que estaban reunidos comentando lo que estaba pasando. Desde entonces los discípulos los veríamos “corriendo”. La gran noticia que él había resucitado de los muertos los convirtió en audaces y valientes. Y es que la resurrección ha movido a los hombres a través de toda la historia a “correr” para anunciarla. Los discípulos por miedo a los judíos se habían encerrado v.19, pero frente a la aparición indubitable del Señor, dejarían la “casa del miedo” para comunicar en las “casas, en la plazas y en el templo” que Jesús había resucitado. Y es que esta debiera ser la acción que más envuelve a todo discípulo del Señor. Lamentablemente hoy día, cuando se habla de la resurrección, no es el verbo “correr” el que más se usa sino el de “permanecer” y el de “callar”. Somos llamados para volver a “correr” y decir a otros: ¡ha resucitado el Señor! ¡ha resucitado el Señor! ¡ha resucitado el Señor!.

III. TENEMOS LA ACCION DEL VERBO “CREER”

Sin duda que una de las cosas que ha rodeado la resurrección desde que ocurrió ha sido la incredulidad. Los fariseos le pagaron a los soldados que custodiaban la tumba para que dijeran que alguien se había robado el cuerpo (Mt. 28:12-15). Para muchos esta pareciera ser la explicación a la tumba vacía. Pero la verdad es que si el cuerpo de Cristo se lo hubiesen robado lo más viable sería que quienes esto hicieron, lo mostraran, pues la falsedad sería mayor. Para otros lo que sucedió fue una alucinación, un éxtasis, un sueño o que vieron algún fantasma. Pero el asunto fue que más de 500 personas vieron a Jesús después de muerto y tantas personas no podían equivocarse. Algunos hablan de un síncope, donde se dice que Jesús realmente no murió y que lo sepultaron y volvió luego a la vida. Pero es tan difícil que alguien tan agotado de la tortura de los clavos tenga la fortaleza para remover una piedra tan pesada y salir vivo. Y así ha seguido la historia. Los mismos seguidores de Jesús al principio no creían que esto hubiese sido posible a pesar de las tantas veces que Jesús les había dicho que resucitaría. La preocupación de las mujeres que fueron a la tumba no era para saber si había resucitado, sino quien les ayudaría a mover la piedra de modo que pudieran preparar el cuerpo. Entre todos los discípulos, solamente Juan creyó según el v.8b. Para el resto, el informe que daban las mujeres acerca de haber visto a Jesús les parecía una “locura” (Luc. 24:11). Los dos discípulos que caminaban rumbo a Emaús hablaban de una historia pasada, de todo lo que Jesús hizo, pero no creían lo que se decía acerca de su resurrección, de modo que el Señor tuvo que llamarles “tardos de corazón para creer” (Luc. 24:25, 26). Cuando estos dos discípulos fueron a los 11 que estaban encerrados por temor y le dijeron que Jesús había resucitado “ni aun ellos creyeron” (Mr. 16:13). Tomás al principio no creyó y hasta desafío al resto de sus condiscípulos a “ver para creer”. Ellos tenían las palabras proféticas. Los ángeles estaban anunciando. La tumba estaba vacía. El cuerpo no aparecía. María Magdalena lo había visto. Las otras mujeres también. Pero a pesar de todo esto, algunos no habían creído. De modo que tuvo que venir personalmente el Señor y presentarse antes ellos y censurarles su incredulidad. Era tal el asunto que algunos creían que era un fantasma y hasta hubo uno que tuvo que meter sus dedos en el costado para que se le quitara su incredulidad. Pero una vez despejadas todas las dudas ellos “creyeron y le adoraron”. La resurrección de Cristo dentro de los muertos es el evento más importante de cualquier otro que registre el conocimiento humano. La invitación es para que creamos en ella. El escritor De Wette, dijo: “Aun cuando un misterio que no puede disiparse descansa sobre la manera de efectuarse la resurrección, es tan imposible poner la realidad de ella en duda mediante evidencias históricas honradas, como lo sería dudar del asesinato de César”. Cristo ha resucitado, si esto no fuera cierto vana es nuestra fe. Precisamente fue Pedro, el gran testigo de este hecho quien luego escribió: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros..” (1 Pe. 1:3,4).

CONCLUSION: La muerte de Cristo pudo haber significado para sus adversarios el más rotundo fracaso. Pero aunque Jesús sufrió y murió, la muerte no pudo vencerle. El dejó la tumba vacía frente al asombro de sus acorralados discípulos y de sus más aferrados enemigos. Jesús pasó de ser un Siervo sufriente a un Señor reinante. El cristianismo sería sólo una historia pasada, sin vida y sin esperanza si no conociéramos a un Cristo glorificado. La iglesia del primer siglo no supo de otra noticia sino de un Cristo triunfante a quienes vieron ascender a los cielos. Su gran coraje, capaces de enfrentar la muerte misma, tuvo una sola explicación: su visión de un Cristo resucitado. La resurrección es el corazón de todas nuestras creencias. Sin ella no hay historia del cristianismo. Sin ella no habría un cielo preparado. Sin ella los que mueren quedarían en el olvido. Sin ella no habría domingo para celebrar ni una Gran Comisión para *****plir. Porque él resucitó, como primicia de los que duermen, nosotros también lo haremos y se nos otorgará un cuerpo glorificado que por los siglos de los siglos, nunca más morirá. ¿Tiene usted esta esperanza? ¿Cree en la resurrección de Jesucristo y en consecuencia la de todos los muertos? Recordemos que: «Cristo en nosotros es la esperanza de gloria».

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