Las tentaciones: ataques del maligno, victorias del Rey


Por G. Campbell Morgan. ¿Qué hay detrás del relato de la tentación de Jesús? ¿Fue solo tentado en esta oportunidad o ya lo había sido antes? ¿Por qué Satanás lo tentó en ese tiempo en particular y por qué en ese lugar? ¿La tentación fue un plan malévolo de Satanás o Dios tenía un propósito? ¿Cuáles son las lecciones encerradas en esta relato?

En el umbral del segundo período en su obra —los tres años de ministerio público— Jesús se encontró en conflicto con el gran enemigo de la raza humana. No es que este haya sido su primer encuentro. Los treinta años previos fueron años de conflicto. No hay duda de que en Nazaret, Satanás haya formulado preguntas, similares a las del huerto de Edén, con el propósito de tachar los motivos de Dios. El postrer Adán conocía los métodos de ataque que habían resultado en la ruina del primer Adán. Satanás ya había insinuado que la voluntad de Dios era caprichosa y despiadada. No pasó un día sin que Jesús estuviera sujeto a la tentación. Considerar que la tentación del Señor comenzó y terminó en ese período especial en el desierto equivale a malentender los años en Nazaret y todo el significado de la experiencia en el desierto. Durante esos treinta años había sido incesantemente victorioso.

 

En su bautismo los cielos abiertos, la paloma que descendía y la voz divina son todos testigos de las perfecciones de los treinta años. Es decir, hablan de la victoria absoluta que Jesús había ganado sobre todos los embates del enemigo. El Maestro había enfrentado y triunfado sobre todas las tentaciones propias de la vida privada.

 

 

 

Ahora Jesús entraba en los tres años de ministerio público, y le hacía frente al adversario de la raza, ahora el mal aparecía ante él con toda su tremenda fuerza y desnudo horror. Con toda probabilidad nunca antes hubo semejante ataque, y jamás volvió a ocurrir. Después de esta experiencia, su actitud hacia el derrotado Satanás y todos sus emisarios es la del Vencedor. De hecho, no se le vuelve a ver en el lugar de tentación del mismo modo específico. Obviamente, Satanás sí lo intento en otras oportunidades, por ejemplo por medio de Pedro, y luego en el jardín de Getsemaní, pero la victoria obtenida en el desierto es evidentemente la fuente de fortaleza en experiencias subsiguientes.

 

 

El ataque del enemigo va dirigido contra él en vista de su obra venidera. Su sutileza se manifiesta en estar dirigido contra tres aspectos de servicio triunfante. Para servir a Dios tiene que haber una fuerte humanidad en la concepción y realización de los ideales divinos. Contra esto se lanzó el primer ataque. También tiene que haber mucha de esa confianza implícita en Dios que se expresa en contentamiento con la disposición divina, con la negación de tentar a Dios mediante falsas demostraciones heroicas. La segunda tentación fue astutamente asestada con el fin de destruir esta confianza. Y, otra vez más, el Hijo debe aceptar los métodos de Dios cualquiera sea el costo para él mismo. La tentación final consistía en una insinuación de que un fin divino debía alcanzarse por un método que no fuese el divino.

 

 

En este estudio preliminar el tema principal es el trasfondo de la tentación en su relación con toda la misión de Cristo. Existen cuatro puntos a considerar: el tiempo de la tentación, su lugar, su agente y su importancia. Este estudio se concentra en los relatos de Mateo, Marcos y Lucas. Juan no contiene una crónica de la tentación ya que se centra esencialmente en la Deidad de Jesús, y Dios no puede ser tentado.

 

 

 

El tiempo de la tentación

 

Al tratar el tiempo de la tentación, hay tres palabras significativas. Mateo comienza la narración con la palabra «entonces» (Mt 4.1). Marcos emplea con referencia a esto una palabra característica del Evangelio, «luego» (Mr 1.12). Lucas empieza con la palabra «y» (Lc 4.1, versión Reina-Valera 1909). Estas palabras «entonces», «luego» e «y» muestran la conexión de la tentación con lo que le había precedido, y así marcan con gran claridad su tiempo. «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu» ¿Cuando? Inmediatamente después del bautismo, con su divino testimonio de satisfacción. «Y luego el Espíritu le impulsó» (Mr 1.12). Aquí el mayor énfasis se da sobre el hecho de que la tentación siguió inmediatamente al bautismo. «(Y) Jesús… fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días» (Lc 4.1). «Y» marca continuidad. De este modo el primer acto de la nueva fase de servicio era el de la probación del Siervo, y su perfecta victoria sobre el adversario. Dios había sellado como aprobada la primera fase de la obra. El Espíritu de la unción había indicado su preparación para el futuro. Su precursor, Juan el Bautista, había reconocido en él al Rey, de cuya venida había hablado a las multitudes que se reunieron en las riberas del río. Todas las circunstancias del bautismo debieron haber llenado de satisfacción el corazón de Cristo. Ahora, consciente de la fortaleza obtenida por la victoria, pasa a la tenebrocidad y soledad del desierto para ser probado, y mediante la prueba demostrar su fortaleza.

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El lugar de los hechos

 

En cuanto al lugar de la tentación, observe nuevamente la triple descripción. Mateo dice: «fue llevado… al desierto» (Mt 4.1); Marcos, «le impulsó al desierto» (Mr 1.12); Lucas dice: «fue llevado… al desierto» (Lc 4.1). El pensamiento común es que Jesús experimentó la tentación en el desierto. El significado de este pensamiento con relación a la misión de Cristo merece una atención especial. Jesús ahora se presenta como el segundo Hombre, el postrer Adán. Observe con especial atención esta declaración escritural. Con frecuencia se habla de Cristo como el segundo Adán, pero la Escritura no usa dicha expresión. Habla del «postrer Adán» (1 Co 15.45). El primer Adán era cabeza de una raza. El postrer Adán es la Cabeza de una raza, por cuanto no habrá ningún cambio nuevo, tampoco otra posición como cabeza federal, ni ninguna otra raza. El postrer Adán, entonces, se fue al desierto a un combate singular y solitario con el enemigo. Allí, ningún otro adversario excepto el capitán de las huestes del mal se opone a él. Tampoco ningún amigo excepto Dios, cuya mano lo alienta y quien es el dueño de todos sus caminos, está con él. El desierto es el lugar de enfrentamiento directo con el mal, todo lo demás se encuentra a un lado.

 

 

Es interesante ver el contraste entre las circunstancias a las que se enfrenta el segundo Hombre, el postrer Adán, en la tentación, y aquellas que el primer hombre, el primer Adán, hizo frente. Jesús se hallaba en circunstancias menos favorables que las que experimentó Adán. En cada caso hubo un hombre perfecto: en Edén un hombre hecho por Dios; en el desierto un Hombre engendrado de Dios. El primero, sin embargo, estaba en Edén, rodeado de condiciones de hermosura y abundancia, un lugar donde no faltaba nada, y donde se satisfacía divinamente toda la naturaleza del hombre. El segundo estaba en el desierto, en un medio árido, de pobreza, y hambre del pan perecedero.

 

 

Además, observe un toque gráfico de Marcos: «estaba con las fieras» (Mr 1.13). Hay quienes creen que esta declaración revela el horror de la situación, y que las fieras hacían aún más terrible dicha experiencia. Pero la palabra «con» sugiere, no que estaban en sus inmediaciones o él en las de ellas meramente, sino que había compañerismo entre ellos. El hecho es que aun estas bestias reconocieron al Hombre de Dios, y perdieron su ferocidad. Así en el mismo lugar de conflicto hay una indicación del día en que el cordero se acostará con el león, y cuando se cumplan todas las maravillosas profecías que anuncian la comunión del hombre con las formas inferiores de la creación y su dominio sobre ellas. Este hecho hizo florecer aun la soledad con gloria milenaria.

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El agente tentador

 

3. Ahora en cuanto al agente de la tentación, Mateo dice: «Para ser tentado por el diablo» (Mt 4.1); Marcos: «tentado por Satanás» (Mr 1.13); Lucas: «tentado por el diablo» (Lc 4.1). El énfasis de este hecho es que, en la experiencia del desierto, Jesús se enfrentó al príncipe de la potestad del aire, el dios de este mundo. Le hizo frente a Lucifer, el hijo de la mañana, que había caído de su alto estado en el primer rango del cielo, y ahora era jefe de las huestes de destrucción.

 

 

Se ha tratado en muchas otras maneras de explicar la tentación. Se ha sugerido que algún hombre o alguna compañía de hombres le visitaron en el desierto, y expresaron las insinuaciones del mal. Algunos hasta sostienen que el tentador era un miembro de su propia familia, que le siguió hasta el desierto y, al sentir ansiedad por él, llegó a ser la voz del mal. Todo esto es pura imaginación, y no tiene ninguna base bíblica, por eso, es necesario desecharlo inmediatamente como declaraciones falsas.

 

 

El error más grave es creer que la tentación provino de las operaciones naturales de la mente de Cristo. Esta afirmación es tan injustificable como las demás. El mal se presentó al primer hombre desde afuera, y lo mismo ocurrió con el segundo Hombre. Pero no vale la pena desperdiciar el tiempo con estas tentativas inútiles que tratan de desestimar la exactitud de las Escrituras. Uno de los principales valores de este relato de la tentación se halla en el hecho de que Jesús sacó y expuso a Satanás a la luz. Jesús reveló a todos sus seguidores el hecho de su personalidad y el método de sus operaciones.

 

 

Negar la personalidad de Satanás es negar la Escritura. Además, es hacer insinuaciones con respecto a la humanidad en forma no justificada por todo el esquema de la revelación[NA1] . Si no hay un diablo personal, todo lo malo que empaña la página de la historia humana es el resultado de la naturaleza del hombre. Esto no se puede creer. El mal no es un producto natural de la humanidad de Dios. No es un proceso de evolución. Mantener eso, en última instancia, es promover a Dios como el autor del pecado. Es evidente, por lo tanto, que con negar la personalidad de Satanás no se evita el problema del mal. Si el relato bíblico de la caída del hombre es incorrecto, todavía queda el problema sin resolver. Si bien se admite el misterio, el hombre se niega a creer que el génesis del mal se halla dentro de la naturaleza humana. Acepta la enseñanza de la Escritura de que el problema se halla más atrás, y que el mal se originó con anterioridad a la creación del hombre. La revelación no lleva al hombre más atrás que la caída de los ángeles, declarada y no explicada. De esa caída vino el primer movimiento del mal en la vida humana, y la ruina de una raza. La Cabeza de la nueva raza retrocede al punto del origen del mal en el hombre, y hace frente a la personalidad que es cabeza y frente de los ofensores.

 

 

La importancia de la tentación

 

4. Con respecto a la importancia de la tentación, Mateo escribe: «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu» (Mt 4.1). Marcos lo expresa así: «El Espíritu le impulsó» (Mr 1.12), mientras que Lucas declara que «fue llevado por el Espíritu» (Lc 4.1). Un plan divino se llevaba a cabo en este hecho. No «sucedió» —empleando una expresión común— que Jesús se encontró con Satanás y fue probado. Tampoco es cierto decir que el diablo arregló la tentación. La tentación aquí forma parte del divino plan y propósito. Jesús fue al desierto conforme a la dirección del Espíritu Santo para hallar al diablo. Mi propia convicción es que si el diablo podía haber impedido ese día, lo hubiera hecho. Una idea falsa popular es la creencia de que el enemigo arrinconó a Cristo y lo tentó. Todo el relato divino revela que los hechos ocurrieron de otra manera. El Hombre perfecto de Dios, guiado por el Espíritu o, como lo expresa Marcos impulsado por el Espíritu, desciende al desierto, y obliga al adversario a separarse de toda causa secundaria, y entrar en lucha directa. Este no es el método del diablo. Él siempre pone algo entre sí y el hombre a quien desea tentar. Esconde su propia personalidad donde sea posible. A nuestros primeros padres no les sugirió que debían servirle, sino que se agradaran a sí mismos. Jesús lo descubrió y lo obligó a enfrentarse directamente para que hiciera lo peor que podía contra un alma pura, en lugar de ocultarse tras la sutileza de una segunda causa,.

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Nada es más claro que una declaración simple y plena. Mateo no afirma que al ser llevado por el Espíritu al desierto fue tentado por el diablo, sino que fue «llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo». Marcos añade más luz al declarar que estuvo «allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás» (Mr 1.13). Mientras Lucas declara lo mismo pero más detallado: «fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo» (Lc 4.1–2).

 

 

Si se reúne esta diversa información incidental, el caso puede expresarse de la siguiente manera. Jesús fue guiado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Fue tentado por el diablo por cuarenta días, y durante todo ese período, seguía siendo guiado por el Espíritu. El Espíritu le llevó al lugar de la tentación, y estuvo con él durante el proceso de la tentación. No resistió en su deidad, sino en su perfecta humanidad. La humanidad, sin embargo, nunca es capaz de resistir exitosamente las tentaciones del diablo excepto cuando depende de Dios y es guiada por el Espíritu. De este modo, el Hombre Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, y fue guiado durante todo el curso de la tentación.

 

 

En esto se hallaba el profundo significado de esta tentación. El segundo Hombre actuó bajo la dirección del Espíritu, pasó al desierto, y por su venida desafió al mal. Jesús obró simplemente bajo la dirección de ese Espíritu, y venció.

 

 

En conclusión, la importancia de la tentación puede verse si se colocan todos los hechos en contraste con el relato de la tentación de Adán. El diablo retó al primer hombre. El segundo Hombre desafió al diablo. El diablo arruinó al primer Adán. El postrer Adán despojó al diablo. El primer Adán envolvió a la raza en su derrota. El postrer Adán incluyó a la raza en su victoria. El primer Adán ocupaba el puesto de cabeza de la raza y, al caer, arrastró consigo a toda la humanidad. El postrer Adán estaba en la posición de Cabeza de la nueva raza y en su victoria levantó a esa raza con él.

 

 

Este no es un cuadro del postrer Adán haciendo lo mismo que el primero, o sea tratando de resistir la tentación con una actitud pasiva. El segundo Hombre tuvo no solo que resistir la tentación, sino también prender al tentador, vencerle y castigarle por el mal que hizo al arruinar al primer hombre.

 

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