Las aventuras del Conde Caradura


Autor:
Eva María Rodríguez

Edades:
A partir de 8 años

Valores:
egoísmo, dignidad

Había una vez un tipo muy altanero y aprovechado al que todo el mundo llamaba el Conde Caradura. De conde no tenía nada, pero como siempre se iba dando aires de grandeza, la gente terminó tratándole de conde para mofarse de él. Sin embargo, el tipo en cuestión no pilló la indirecta. Lo de caradura se lo pusieron porque era un sinvergüenza que trataba de aprovecharse de todo el mundo con muy poco disimulo.

Un día, aburrido ya de no conseguir nada de sus vecinos, el Conde Caradura abandonó la ciudad y partió en busca de otras personas a las que estafar. Ataviado con sus mejores galas, aprovechó para hacerse pasar por un verdadero conde. Incluso conservó la especie de apellido que le habían puesto con la idea de hacerle creer a la gente que, en su idioma natal, un idioma hablado en un país exótico, caradura significaba “noble y amable servidor del pueblo”.

Con estas, el Conde Caradura llegó a un pequeño pueblo donde consiguió que una familia le diera cobijo. Al tercer día, por eso de no abusar o, más bien, antes de que se dieran cuenta de la estafa, el Conde Caradura convenció a aquella buena gente de que le dieran dinero para su causa: la creación de un hogar para ancianos desamparados. La familia le dio todo lo que tenían ahorrado.

Con lo que le dieron, el Conde Caradura sobrevivió dignamente un par de semanas. Cuando se le acabó el dinero volvió a otro pequeño pueblo donde volvió a conseguir cobijo. Al tercer día repitió la historia de la creación de un hogar para ancianos desamparados. Esta vez la familia organizó una colecta, de la que sacaron una buena cantidad de dinero. Una vez más, el Conde Caradura consiguió un buen pellizco y se marchó.

Pasaron los años y el Conde Caradura recorrió el país haciéndose pasar por un noble con buenos sentimientos que recogía dinero para los desamparados. La historia llegó a todos los rincones y la gente lo esperaba con alegría para darle lo que necesitaba. Lo malo es que así el conde no tenía excusa para quedarse ni podía alojarse en sitios lujosos, pues todo el mundo le conocía y resultaba de mal gusto y, sobre todo, sospechoso.

El Conde Caradura empezó a preocuparse. La gente empezaba de preguntarse qué pasaba con el famoso hogar para ancianos, así que ideó un plan. Aprovechando que estaba cansado de tanto viajar, el Conde Caradura decidió comprar una pequeña granja para instalarse.

-Les diré a todos que construiré aquí el hogar para los ancianos -pensó el Conde Caradura-. Conseguiré que la gente trabaje gratis para mí, que me sirvan gratis y que me den de comer.

La noticia de que el hogar para ancianos estaba en marcha puso en marcha a cientos de personas. El Conde Caradura veía con orgullo cómo avanzaba su plan mientras él descansaba y engordaba viendo trabajar a los demás.

Pero un día alguien se preguntó qué hacía el Conde Caradura, porque ni hacía nada ni pagaba nada. Lo que empezó como un comentario de taberna se convirtió en un rumor que levantó las sospechas.

-Deberíamos preguntarle al Conde Caradura dónde está todo el dinero que ha recaudado durante todos estos años -dijo uno de los trabajadores voluntarios-. Estoy aquí desde el primer día y no le he visto comprar nada, ni siquiera comida ni ropa para él.

Cuando le preguntaron, el Conde Caradura, por primera vez, dijo la verdad:
-Ya no me queda nada.

-¡Eso no es posible! -dijo al gente-. Hay que inspeccionar la casa.

Pero al Conde Caradura no le quedaba ni un céntimo. Se lo había gastado todo.

Entre todos expulsaron al Conde Caradura de allí, pero siguieron trabajando para terminar el hogar para los ancianos desamparados. Y, como ya no tenían que mantener al Conde, acabaron antes de lo previsto.

El Conde Caradura acabó viviendo bajo un puente. Cuentan que alguien le fue a buscar para llevarlo al hogar para ancianos desamparados que él mismo había inspirado. No vivió como un noble, pero al menos pudo pasar el resto de sus días de una manera digna.

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