La verdad tras la profecía


Por D. Martyn Lloyd-Jones. La profecía es un elemento básico en la enseñanza de la Biblia con respecto a la revelación dada por Dios al hombre. Sin embargo, ¿cómo podemos saber si una profecía proviene de Dios o de la mente de un hombre? Martyn Lloyd-Jones, partiendo del libro de Habacuc, nos ayuda a comprender las características esenciales de la profecía para así reconocer la veracidad de esta.

Habacuc 2.1–3

 

La profecía ocupa un lugar de importancia en las Escrituras. Entender la naturaleza de la profecía es, sin duda, uno de los aspectos que más consuelo traen al creyente. La profecía es un elemento básico en la enseñanza de la Biblia con respecto a la revelación especial dada por Dios al hombre. Es por eso que durante los últimos cien años, los ataques hacia la fe cristiana se han centrado en este tema particular. La enseñanza de las Escrituras acerca de los milagros de la Biblia es también un eje para toda la posición de la verdadera fe evangélica. En consecuencia, el racionalismo se ha ocupado especialmente de negar tanto el enfoque escritural de la profecía como los milagros relatados en la Biblia. Esto se debe a que ambos son supremas manifestaciones del elemento sobrenatural en la historia y en la Biblia.

 

Es la revelación de Dios para el hombre

 

En el libro de Habacuc, la profecía se presenta en primer lugar, como algo revelado por Dios al hombre. «Escribe la visión… para que se pueda leer corrientemente» (Versión Moderna). O «para que se pueda leer de corrido» (Biblia de Jerusalén [B.J.]). Dios le reveló a Habacuc lo que iba a acontecer. Los racionalistas (algunos de los cuales se llaman cristianos y ocupan prominentes posiciones en la Iglesia) rechazan la idea de plano. Su explicación de la profecía es que los profetas del Antiguo Testamento eran hombres sencillos pero con genio político, y conocían bastante bien los problemas de su tiempo. Ellos rechazan la idea esencial que Dios haya revelado cosas a los hombres. Afirman que los profetas eran profundos pensadores políticos, grandes filósofos, u hombres con una intuición penetrante de los problemas. Admiten, por supuesto, que los profetas fueron hombres excepcionales, pero que poseían, tal como un poeta, una clara percepción. Veían el significado interior de lo que ocurría y escribieron lo que vieron. Esta, sin embargo, no es la enseñanza de la Biblia que afirma con claridad que la propia esencia de la profecía es que Dios tomó a ciertos hombres y les dio un mensaje. Por ejemplo, Dios le dijo a Habacuc: Me has traído tu problema y yo te voy a dar una respuesta. Era una revelación divina.

 

En 2 Pedro 1.20 afirma claramente que «ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada», lo que significa que no es algo que el hombre piensa por sí mismo, que adivina, o que inventa. No es algo que procede de la mente del hombre. La profecía es el resultado de la palabra de hombres santos que hablaban a medida que eran movidos o conducidos por el Espíritu Santo. Pedro estaba empeñado en consolar a creyentes que estaban perplejos. Así como lo estaba Habacuc y como lo estamos muchos de nosotros hoy día, por lo que estaba ocurriendo, y les instaba a prestar particular atención a la palabra profética. «Tenemos también la palabra profética más permanente» (2 Pe 1.19). También debían entender qué significaba la profecía. No era algo que habían imaginado los profetas del Antiguo Testamento, sino algo que habían recibido del Espíritu Santo para transmitir a otros. La profecía no es una interpretación privada de los acontecimientos, sino que Dios mismo revela la verdad a los hombres.

 

Es una predicción de los acontecimientos

 

El segundo elemento que contiene la profecía es el de predicción. Los críticos también objetan esta verdad. Prefieren definir a la profecía no como predicción, sino sólo como una proclamación, o una forma de enseñanza. Por supuesto que la profecía incluye estos dos aspectos, pero un hecho esencial respecto de esta forma de enseñanza es que predice lo que va a ocurrir en el futuro. Dios le anunció a Habacuc dos sucesos mucho antes de que ocurrieran. Le dijo que iba a levantar a los caldeos, y que después que conquistaran a Israel y llegaran a gozar la supremacía internacional, serían repentinamente destruidos. Debemos insistir en que estos acontecimientos cardinales fueron revelados anticipadamente a los profetas que Dios levantaba de tanto en tanto para advertir y amonestar a Israel.

 

Es de cumplimiento seguro

 

Hay otro elemento que es de suprema consolación para el creyente, y es que el cumplimiento de la profecía es seguro. «Escribe la visión y escúlpela sobre tablillas… porque la visión todavía tardará hasta el plazo señalado… no engañará… porque de seguro vendrá» (2.2,3 versión moderna). Los acontecimientos predichos son de seguro cumplimiento, en el plazo y tiempo fijados por Dios. «Aunque tardare, aguárdala». Puede tardar, puede haber demoras, pero nada puede impedir su cumplimiento. «De seguro vendrá», dijo el Señor. Habacuc debía decírselo al pueblo. Lo que Dios había prometido sería cumplido con toda certeza. En toda la profecía bíblica, hay una nota de total seguridad.

 

Es de cumplimiento exacto

 

El último elemento de la profecía, quizá el más maravilloso de todos, es que es exacta. «Escribe la visión… que se pueda leer corrientemente (con facilidad)… porque la visión todavía tardará hasta el plazo señalado, bien que se apresura hacia el fin, y no engañará». Compárese la Biblia de Jerusalén que dice: «Escribe la visión, ponla clara en tablillas… porque es una visión para su fecha… pues vendrá ciertamente sin retraso». El tiempo de su cumplimiento ya fue establecido. El momento exacto es determinado por Dios. No llegará tarde. Este es un principio muy vital de la profecía. Dios predice lo que ha de ocurrir y lo revela a su siervo recordándole que es absolutamente cierto. Además, agrega que se ha de concretar en el momento exacto que él ha establecido, y que no llegará ni una fracción de segundo tarde.

 

Si queremos mantenernos en calma y aun gozosos en estos tiempos difíciles en que nos toca vivir, es vital que apropiemos los grandes principios de la profecía divina. El Antiguo Testamento está lleno de ellas. Notemos cómo Dios predijo el diluvio. Pasaron ciento veinte años y ningún indicio aparecía; la gente se reía de Noé. Pero al tiempo señalado, vino. Así fue también en el tiempo de Sodoma y Gomorra. Había un momento predeterminado divinamente y cuando ese momento llegó, Dios actuó. El ejemplo más notable se encuentra en Abraham. En el capítulo 15 de Génesis encontramos esta declaración: «Entonces Jehová dijo a Abram: Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza» (Gn 15.13,14). Más adelante, en Éxodo 12.40,41 leemos: «El tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue cuatrocientos treinta años. Y pasados los cuatrocientos treinta años, en el mismo día todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto». ¡Qué exactitud! «En el mismo día». De igual manera, en el caso de Habacuc, no había un solo segundo de demora. Dios ha establecido el «plazo señalado» (versión moderna) o «su fecha» (B.J.). A Jeremías le fue revelado que su nación sería llevada cautiva a Babilonia por 70 años, al fin de los cuales, regresaría a su tierra. Todo se cumplió. De igual manera Daniel fue iluminado por Dios para profetizar con exactitud el tiempo de la venida del Hijo de Dios, el Mesías.

 

De manera que debemos esperar en el Señor. Él enviará la respuesta. Todo lo que ha establecido se cumplirá con toda seguridad, y en el día y la hora que él ha fijado.

 

Para el pueblo cristiano de hoy, tan perplejo por lo que está ocurriendo en la Iglesia y en el mundo, esta sigue siendo la respuesta de Dios. Él no sólo sabe el curso futuro de la historia y de su propósito para la Iglesia, sino que también se cumplirá todo lo que ha decretado. A veces puede resultar difícil el interpretar la demora. Sin embargo, «para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pe 3.8). Espera la visión, es certera, segura y jamás ha de fallar.

 

Libro Del temor a la fe,  Editorial DCI – Hebrón.

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