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La Razón de la Semana Santa


Por Rev. Julio Ruiz. La historia nos habla de los hombres y sus legados. La ciencia —para mencionar un caso— está en deuda con todos aquellos que se han dedicado a la investigación, y han hecho posible que sus contribuciones incidan en el mejoramiento de nuestra precaria salud física. El “apostolado de la medicina”,  testigo permanente del  gran consumo de horas de trabajo en bibliotecas y laboratorios, presta su servicio sin interrupción,  gracias a la labor de los hombres y mujeres que encarnan esa vocación.

 
 

Este mismo testimonio se da en el campo de las artes, de la educación, la tecnología, y en todo aquello que exija del hombre una especialización. Así podemos decir que hay un hombre por cada necesidad y para cada época. Sin embargo, hace 2000 años la tierra fue visitada por un hombre extraordinario y singular. Él no sólo conocía y podía actuar en cada  circunstancia, sino que su presencia vibra en los movimientos de cada tiempo. Él, particularmente, es la razón por la que se celebra la Semana Santa. Recordar esta época sólo por los huevos y conejos de chocolate, para el caso de estas culturas del norte, sin evocar su verdadera  razón, es una ofensa al más caro amor de Dios y un reflejo del poco interés y  sensibilidad que el hombre tiene por la salvación de su alma. De modo, pues, que la razón de Semana Santa es Jesús, como lo es también la Navidad. Ambas vinieron por él. Forman parte de la auténtica  historia de la salvación.  

 

¿Por qué Jesús? ¿Por qué ese nombre? ¿Por qué esa vida? ¿Por qué él y no otro? Algunas de estas respuestas alguien las resumió así: Nació en una pequeña villa, hijo de una campesina. Creció en otro poblado donde trabajó como carpintero hasta que cumplió 30 años. Los siguientes 3 años se dedicó a predicar incansablemente. Nunca escribió un libro. Nunca dirigió una oficina. Nunca asistió a la universidad. Nunca visitó una gran ciudad. Nunca viajó más de 200 millas de su lugar de nacimiento. No realizó ninguna de las cosas que normalmente asociamos con grandeza. No tenía credenciales, salvo a sí mismo. Tenía solamente 33 años cuando la opinión pública se volvió en su contra. Sus amigos huyeron. Fue entregado a sus enemigos y fue llevado a juicio. Fue crucificado en una cruz y entre dos ladrones. Mientras moría, sus ejecutores apostaban por sus ropas, que era la única posesión que tenía en la Tierra. Cuando murió, fue sepultado en una tumba prestada gracias a la compasión de un amigo. Veinte siglos han pasado y hoy Él es una figura central de la raza humana y el líder del progreso de la humanidad. Todos los ejércitos que han marchado, todos los parlamentos que se han reunido, todos los reyes que han reinado, puestos juntos, no han podido afectar la vida en la Tierra tanto como esta vida solitaria. Sólo esa vida solitaria ha podido dividir la historia en antes y después.  

 

Para muchos,  Jesús sigue siendo un personaje emblemático. O es amado o es odiado. Usted escucha hablar de nombre Dios, y eso parece formar parte de la cotidianidad,  pero cuando se menciona el nombre de Jesús, por lo general se da una reacción adversa. Muchos prefieren hablar del emperador romano que existió para su tiempo, en lugar del personaje sobre quien ese ha erigido la historia. Algunos lo han tachado de loco, de lunático y de excéntrico. Los adversarios de su tiempo lo calificaron  de  Belcebú (diablo), y aun cuando vieron todas las señales, prefirieron  matarle. En la actualidad se le ha dado un tratamiento menos peyorativo y hasta más considerado. En las altas esferas de pensamientos se le  reconoce como un gran maestro, eximio profeta, algún gurú encarnado, y en los más avanzados, él ha  llegado a ser una “luz divina”. Sin embargo, lo último que alguno de estos grupos dirían es que Jesús es el Hijo de Dios.  Pero como dijera  C.J. Lewis: “Un hombre que haya sido sólo un ser humano pero que diga las cosas que Jesús dijo no puede ser un gran maestro de moral; sería o un lunático – de la misma forma como un hombre que se dice ser un huevo escalfado – o sino sería el mismo diablo del infierno. Tendría que tomar su decisión. O fue este hombre, y sigue siéndolo, el Hijo de Dios, o es un loco o algo peor”. Así, pues, sea que lo adveres o no, Jesucristo es la revelación más completa que tenemos de Dios, porque él es el Hijo de Dios.   Esta es la razón de la Semana Santa. Cristo murió en la cruz por tu  salvación. ¿Qué importancia tiene el sacrificio de Cristo para tu vida? ¿Lo recibirás en tu corazón como el Salvador? 

 

 

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Por Rev. Julio Ruiz. La historia nos habla de los hombres y sus legados. La ciencia —para mencionar un caso— está en deuda con todos aquellos que se han dedicado a la investigación, y han hecho posible que sus contribuciones incidan en el mejoramiento de nuestra precaria salud física. El “apostolado de la medicina”,  testigo permanente del  gran consumo de horas de trabajo en bibliotecas y laboratorios, presta su servicio sin interrupción,  gracias a la labor de los hombres y mujeres que encarnan esa vocación.

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