LA ORACIÓN DIVINA QUE NO FUE CONTESTADA


(Lucas 22:39-46)
INTRODUCCIÓN: Hay oraciones que no han sido contestadas por el Padre celestial cuando se trata de lograr su voluntad. Él posee, algo así, como el «derecho de admisión y de respuesta» a cada petición hecha. A Moisés, por ejemplo, Dios no le concedió el deseo de entrar a la tierra prometida; nadie más tuvo méritos para que se le concediera esta petición. Pero Dios no lo permitió, sino que le dijo: «Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá» (Dt. 34:4)

El apóstol Pablo oró unas tres veces para que el Señor quitara de su cuerpo aquel aguijón de su carne, pero el Señor no respondió a su oración; mas bien le dijo: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad…» (2 Co.12:9) Pero si nos parece extraño que algunas oraciones hechas por los hombres, se quedaran sin respuesta divina, mucho más lo será el ver que hubo una oración que el Padre no respondió al Hijo. El Getsemaní fue el sitio para que esto ocurriera. ¡Esto parece insólito e inexplicable! ¿Cómo es que el Padre celestial no le concedió al Hijo un ruego lleno de tanto dolor? ¿No estaba Dios consciente del inerrable sufrimiento que le vendría a su Hijo cuando enfrentaría la crucifixión? Cuando uno lee el presente pasaje, sumergiéndose en la magnitud de aquella escena, no puede hacerlo sin que su corazón se conmueva y sus ojos derramen lágrimas de profundo pesar. Los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) nos presentan diferentes detalles que matizan más nuestra visión sobre lo pasó aquella noche en el Getsemaní. Mateo hace un énfasis en la tristeza y en la agonía del Maestro, asi lo describe: «Entonces Jesús dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo» (Mt. 26:38) Marcos hace un énfasis sobre el tipo de oración que Jesús elevó, haciéndolo hasta tres veces, y llamando a su Padre como lo hace un niño cuando se dirige cariñosamente a su padre: «Y decía: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú» (Mr. 14:36) Y Lucas hace una descripción como médico, que reflejaba el gran estado de ansiedad que vivió el Salvador aquella terrible noche. Esto dijo: «Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lc. 22: 44) Acerquémonos, pues, a este pasaje con un gran sentido de reverencia. Descubramos las razones de la única oración hecha por el Hijo que no fue contestada.

ORACIÓN DE TRANSICIÓN: ¿Qué nos muestra esa oración no contestada?

I. NOS MUESTRA EL CAMINO DE LA SOLEDAD v.41
Lucas nos dice que Jesús frecuentaba el «monte de los Olivos» v.39. Por seguro había hecho del aquel sitio «su montaña de la oración». Pero aquella noche cuando se dirigió allí con sus discípulos, tenía una significación suprema. Allí él iba a librar su más implacable batalla contra el pecado, Satanás y la muerte. Pero, más aun, iba a librar la batalla entre hacer su voluntad y la voluntad de su Padre. Tomó, pues, a tres de sus más cercanos discípulos para que estuvieran más cerca de él, Tenía la esperanza que ellos le acompañaran en la batalla que se le avecinaba. Aquella era «la hora de las tinieblas», cuando Satanás con sus demonios entraría en total acción, como lo expresó cuando fue arrestado (Lc. 12:53) Jesús necesitaba de compañía. Vino a sus discípulos varias veces. Los despertó. Se durmieron otra vez. Los volvió a despertar, pero luego no insistió más. Aquella tuvo que ser una escena dramática. El Hijo de Dios, aquel que podía haber solicitado todas las huéspedes celestiales para que le acompañaran, está sólo. El sentido de la oración «apartarse de ellos como de un tirón de piedra», tiene un verbo que sugiere una acción violenta, como de ser arrancado lejos de ellos por la fuerza del momento que lo asiste. Sus discípulos no pudieron velar con él ni una hora. No pudieron ver el espanto de su rostro. Sus ojos cargados de sueños no les permitieron entender la soledad de Jesús. Es aquí donde vemos el rostro del Dios hecho carne en su más nítida expresión. Y el arma que esgrimió para aquel estado de soledad fue la oración.. En ella se refugió con toda vehemencia. Mateo dice que «cayó sobre su rostro», y Marcos añade que «cayó en tierra». Él había acudido a su Padre siempre. La intimidad con él nunca se había roto. Y aquí Jesús nos hace entender que la soledad de parte de los hombres llega a ser real, pero Dios vendrá al encuentro con sus ángeles, como administradores divinos, para sostener y dar fuerzas. Aquella oración hecha tres veces, nos hace ver cuán grande fue el deseo de Jesús para que el Padre le respondiera. Había oído su voz en varias ocasiones, mas ahora presiente un silencio divino. La falta de respuesta a la oración del Hijo tuvo que haber desgarrado el corazón del mismo Padre. No había en ese silencio alguna indiferencia del Padre eterno. Indicaba más bien Su determinación en salvar la humanidad. De la falta de respuesta a una misma oración hecha tres veces, podemos inferir que allí comenzaba también un «obligado abandono» de parte Padre hacia el Hijo. Allí comenzó el momento del sacrificio de Dios: entregar a su propio Hijo para que lo mataran en una vergonzosa cruz. Con el dolor más grande de su corazón, el Padre lo entregaba en manos de sus captores. Aquel fue el camino a la soledad más espantosa. Jesús se enfrentó solo a la reunión de todos sus enemigos.

II. NOS MUESTRA LA AGONIA DE LA OBEDIENCIA v.44
Este es uno de los grandes textos de la Biblia. En el vemos todas las dimensiones del amor divino. Hay un mundo de teología en él. Lo mejor que podamos escribir sobre él, quedará incompleto, porque habrá mucho más que decir respecto a la agonía del Salvador. Nadie más dijo lo que dijo Lucas. ¿Quién le dio esa información? ¿Se percataron los discípulos de eso, toda vez que el sueño les venció? ¿Se lo diría María, si se considera que Lucas pudo haber ido a esa fuente primaria, para «poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas?» (Lc. 1:1) La verdad es que no lo sabemos. Aquí reconocemos que fue el Espíritu Santo quien se encargó de dar a conocer la agonía que tuvo Jesús antes de llegar a lo que sería el sufrimiento mayor. Él pudo evitar beber esa copa del dolor. Él no tenía por qué ir a la cruz. Allí iban los culpables y los condenados, y Jesús era inocente pues él «no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 P.2: 22) La agonía de Jesús no fue porque él estuviera enfermo, y estaba soportando los momentos finales que produce la cercanía de la muerte. Contrario a esto, él estaba consciente. No había en él un dolor físico que produjera tal agonía, pero Jesús sabía del dolor de la cruz. Ninguna muerte era tan aterradora como aquella. Ningún dolor podía igualar la tortura de aquellos clavos. Esta agonía vino porque Jesús no rehusó el camino de la obediencia. Eso nos dice que Jesús había su*****bido en una lucha terrible. ¿Estaría su alma abrumada por el peso de los pecados del mundo? ¿Estaría él experimentando la devastadora fuerza de las tinieblas? ¿Quién podrá entender aquella horrenda angustia que sufrió el bendito Señor cuando se disponía encarar la cruz? Y tal era su angustia que él «oraba más intensamente». La de él era una oración que presentía un gran terror por delante, pero a su vez era la oración de la obediencia que decía «no se haga mi voluntad, sino la tuya» v. 42. ¡Oh, si tan solo nos diéramos cuenta de la tragedia del pecado y la importancia de la obediencia, fuéramos cristianos extraordinarios! ¡Si tan solo pudiéramos mirar la agonía del Salvador, que distinto fuéramos! Y el texto termina diciendo que «era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra». Si en alguna parte de la Biblia encontramos la explicación a lo que dijo Pablo, cuando destacó que «él se hizo pecado por nosotros» (2 Co. 5:21 ), es en este texto. Su «sudor como grandes gotas de sangre» nos muestra el poder y la realidad del pecado. Si en la cruz él iba a derramar toda su sangre para el perdón de ellos, debemos reconocer que desde el Getsemaní se libró la batalla de nuestra salvación eterna, porque «sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado» (He. 9:22)

III. NOS MUESTRA LA ENTRE PARA EL SACRIFICIO v. 42ª
Dios no respondió a la triple oración del Hijo porque Él no tenía otra forma para salvar al mundo. Él no podía evitar que su Hijo dejara de tomar la copa amarga. Aquel era el *****plimiento del plan que se definió en la eternidad para salvar al hombre. Este era el tiempo que Él había determinado para *****plirlo. Y Jesús fue el cordero «ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a vosotros» (1 P. 1:19) Cuando Eva y Adán pecaron Dios se proveyó de un cordero que sirvió para cubrir su vergüenza (Gn. 3:21) Cuando a Abraham se le pidió que sacrificara a su hijo, a su único, Dios no lo permitió, sino que se proveyó de un cordero para ese sacrificio (Gn. 22:13) El pecado en los hombres era redimido por la sangre de los sacrificios hechos en el altar. Cada cordero que moría era un sustituto por la culpa del pueblo pecador. La noche del Getsemaní, Jesús sabía que ya no había otro sustituto para redimir la culpa y condenación del pecado. Hasta ese momento, la sangre de los animales derramada, era una sombra de una realidad mayor. Ahora él es el cordero -no de una familia en particular que lo traía al sacerdote como ofrenda por su pecado-, sino el cordero de Dios. La revelación del plan supremo de salvación había llegado. La ira de Dios contra el pecado está por suceder, y su propio Hijo será castigado para aplicar esa ira divina. ¡Oh profundidad de los misterios, cómo entender la extravagancia de tan alto amor! Dios aplacando su ira, sacrificando a su propio Hijo. Para muchos esto es una locura. ¿Pudo un Dios de amor entregar a su Hijo para que lo mataran? ¿No tenía el que es Todopoderoso otra manera para salvar a la humanidad? Cuando Jesús no tuvo respuesta a su oración sabía que la voluntad del Padre era la del martirio de la cruz. El Getsemaní fue el escenario donde comenzó la muerte del inocente. Del justo por los injusto. Pero fue allí también donde Jesús obtuvo su primera victoria. Es cierto que los discípulos no pudieron entender la magnitud de ese momento. Es cierto que el Padre no respondió a su petición. Pero cuando él se levantó de aquella oración dolorosa, puso su frente hacia la cruz. No esperó que vinieran por él, se adelantó para que Judas lo viera y lo entregara. Así tenemos que Jesús fue a la cruz, no como un derrotado, sino como un valiente que no se amedrentó aunque sabía del poder del mal que se estaba desatando en su contra. ¡Bendito sea Jesús! ¡Bendito sea porque cuando tuvo la oportunidad de rechazar la copa amarga, prefirió tomarla y con ella salvarnos! ¡Bendito sea porque no rehusó ser el sustituto por nuestros pecados!

CONCLUSIÓN: El recordado pastor Rodolfo Robleto, escribió la letra del himno «Getsemaní». En tan inspiradas estrofas dijo: «Una noche de luz el divino Jesús fue al huerto de Getsemaní. Sus rodillas dobló y entonces oró a la sombra de los olivos allí. Y la lucha tal que cargó con el mal de los discípulos su perdición. Y por ellos sufrió cuando al huerto llegó a orar con profunda emoción. No oraron con él en el santo vergel los discípulos que él escogió; y al irles a hablar tuvo un hondo pesar, pues dormidos Jesús les miró. Cante yo con loor el divino amor de Jesús que intercede por mí. Gloria siempre le doy y feliz vivo hoy por el siervo de Getsemaní». Y el coro dice: «En tan grata quietud, en tan grata quietud se escuchó la oración de dolor. ‘sea hoy en verdad hecha tu voluntad, y no como yo quiero, Señor'» (Himnario Bautista # 412). El Señor no respondió la oración del Hijo porque eso significa nuestra condenación eterna. ¿Cuál será nuestra respuesta ante tanta demostración de amor? ¿Con qué responderemos a la agonía del Getsemaní? ¿Hasta dónde estaremos listos para decir también «no sea hecha mi voluntad sino la tuya?».

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LA ORACIÓN DIVINA QUE NO FUE CONTESTADA


(Lucas 22:39-46)
INTRODUCCIÓN: Hay oraciones que no han sido contestadas por el Padre celestial cuando se trata de lograr su voluntad. Él posee, algo así, como el «derecho de admisión y de respuesta» a cada petición hecha. A Moisés, por ejemplo, Dios no le concedió el deseo de entrar a la tierra prometida; nadie más tuvo méritos para que se le concediera esta petición. Pero Dios no lo permitió, sino que le dijo: «Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá» (Dt. 34:4)
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