FISURAS EN LA COSTURA


Por Rev. Julio Ruiz. Apocalipsis 2:1-7. INTRODUCCIÓN: Iniciamos con este mensaje una nueva serie basada en las Siete Iglesias del Asia Menor, según la revelación dada a Juan el apóstol. ¿Por qué Efesios primero? Para los tiempos cuando Juan escribe esta era la ciudad más importante, no sola desde el punto de vista de su posición estratégica, y cuna de una gran cultura y de negocios, sino como uno de los más grandes campos misioneros debido a su estado de inmoralidad.

Éfeso era el punto de encuentro de todos los caminos conocidos por el imperio romano. Fue Éfeso la más grande ciudad de toda el Asia. Fue ella una ciudad libre según el decreto político del imperio por el servicio que presentaba al mismo. Eso la hacía receptora y a la vez propagadora del más grande comercio antiguo. Pero también ella era la depositaria y guardiana de Artemisa, la muy famosa Diana de los efesios, la gran diosa a la que Pablo enfrentó durante sus viajes misioneros (Hch. 19). El templo dedicado a ella era una de las siete maravillas de su tiempo. Su adoración, unido a otras creencias, hacía de esta ciudad unas de las más supersticiosas que se hayan conocido. El culto a Diana era asistido por cientos de sacerdotisas “sagradas” quienes por las noches se dedicaban el comercio de la prostitución. En tal escenario se levantó una iglesia. Los elogios que el Señor hace a  ella revelaban el enorme trabajo que estaba haciendo en medio de semejante paganismo. No era fácil presentar el evangelio en tales condiciones. Sin embargo, esta iglesia lo había hecho muy bien. Y la verdad es que sino fuera por la queja del Señor, esta iglesia era una candidata para ser un auténtico modelo a seguir. Sin embargo el haber abandonado el primer amor fue la gran falta de esta iglesia. Ellos, por lo tanto, estaban haciendo un gran trabajo pero sin la motivación del amor, la virtud más importante en la vida de una iglesia. Lo que descubrió el Señor en la iglesia de Éfeso sirve de advertencia para la iglesia de hoy. Hemos de saber si el trabajo que hacemos carece de amor. El mensaje aplicado de esta iglesia para hoy es sobre nuestra auténtica lealtad. Veamos por qué.

 

I. LA IDENTICACIÓN  DEL SEÑOR CON SU IGLESIA v.1.

Una de las cosas más notorias del mensaje que el Señor dirige al “ángel” de la iglesia es la particular forma como él se identifica con  cada una de ellas. Cada  iglesia conoció, a lo mejor por su propia condición, una función nueva de su Maestro.

1. El que tiene las siete estrellas en su diestra.  La palabra “estrellas” es una referencia a las iglesias mismas. Es una gran noticia el saber que el Cristo resucitado y victorioso sostiene a sus iglesias con la diestra de su mano. La palabra para “agarrar” en esta oración es una de las más fuertes en el griego. Esto hace notar el control absoluto que el Señor tiene sobre todas las iglesias. Esto produce seguridad y confianza en el trabajo.

2. El que anda en medio de los siete candeleros. El candelero es la iglesia y a través de ella se expande la luz. El que Cristo se mueva en medio de estos candeleros nos recuerda que Jesús es una presencia activa. Jamás adoramos a un Cristo muerto. Por otro lado,  el candelero no es la luz, es el lugar donde se pone la luz. La función de la iglesia es proyectar al que anda en medio de sus candeleros.

 

II. EL RECONOCIMIENTO AL TRABAJO v. 2.

Cuando uno compara el reconocimiento que el Señor hace a la iglesia de Éfeso con el de la Laodicea, pronto ve un abismo de diferencia con las palabras “yo conozco tus obras…”. Para la primera esto  implican un gran elogio, para la última una reprimenda. Nadie podía tildar a  la iglesia de Éfeso como negligente en el trabajo. En tal iglesia el trabajo no se detenía. Había un programa con un calendario de actividades ¿Quién no quisiera haber pastorear una iglesia como aquella?  El Señor que caminaba en medio de ella notó “su arduo trabajo y paciencia”. Esto revelaba que ella era fiel en la práctica. La palabra “trabajo” aquí traduce un gran esfuerzo acompañado de sufrimiento. Era una iglesia que no había desmayado. No muchas iglesias son elogiadas así. La ciudad de Éfeso sabía que en su seno había una iglesia que le estaba haciendo la vida imposible a los adoradores de la diosa Diana. Y en esto habían demostrado una gran paciencia para sobreponerse a las presiones de esa sociedad idólatra. Pero además eran fieles en la doctrina. Ellos no toleraban las desviaciones doctrinales ni los que propagaban tales enseñanzas. Al parecer la iglesia tenía un gran programa de educación teológica y a lo mejor una muy buena “escuela dominical”. Los errores doctrinales no encontraban cabida en aquella vigorosa iglesia. Ellos aborrecían la obra de los nicolaítas v. 6, que pretendían confundir a los fieles. ¿Qué más se le podía pedir a una iglesia como esta? Pero el asunto es que no es suficiente hacer un gran trabajo, ser celoso por defender la doctrina, preocuparse por las cosas externas de la iglesia, y descuidar lo que debiera ser más importante.

 

III. LA FISURA VISTA EN LA COSTURA v.4

Mientras el Señor andaba en aquel candelero alabando la gran obra de la iglesia,  notó que había “fisura en su costura”. Descubrió que algo se había perdido en el proceso. Que algo había sido abandonado mientras se dedicaron al trabajo y a la defensa doctrinal. La queja del Maestro es que habían dejado el primer amor. Pero, ¿a qué amor se refería Jesús? Por seguro que era al “amor de los amores”. Porque no hay amor más grande que el divino. Tal primer amor se deja cuando otra cosa cualquiera, por buena que sea, ocupe el primer lugar en nuestra vida. Al parecer los efesios estaban enamorados de sus buenas obras, de su extraordinaria paciencia, de sus muy finas enseñanzas, de las bendiciones cosechas y hasta de sus dones espirituales, pero habían dejado de enamorarse de lo más importante. Alguien dijo que una “sana doctrina sin amor es el cementerio de la gracia”. La gente puede cansarse de la letra muerta pero jamás se cansará ni se aburrirá del amor. El asunto de todo esto es que se pudieran estar haciendo tantas cosas pero tener un corazón alejado de Dios. Se le debe a Martín Lutero la frase: “Tengo más miedo de mi propio corazón que del Papa y todos sus cardenales”. No en vano el primer y más grande mandamiento plantea “amar a Dios con todo el corazón…”. Dios nos ha dado un corazón para que tenga un solo amante. La queja más dolorosa que pueda escuchar un creyente de su Señor es que haya dejado de amar a su Dios por otras cosas. Jesús le dijo tres veces a Pedro si lo amaba más que a “estos”, refiriéndose al oficio del pescador donde había vuelto después de la resurrección. Las palabras que Jesús pronunció para emplazar el amor que debemos tener por él, debieran ser leídas dentro de esta queja: “El que ama a padre o a madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí…” (Mt. 10:37) ¿Qué hay en mi vida que ha substituido el amor a Cristo? Dejar el primer amor es dejar de amar al quien debiera ser el Primero en vida.

 

 

IV. EL CAMINO DE LA RESTITUCIÓN v. 5

 

El mensaje hermoso de las Escrituras es que siempre apuntan hacia la restauración. La Biblia nos presenta a un Dios que “reprende y castiga a todo el que ama”, pero que  tiene un firme propósito en restaurar al caído. A la iglesia de Éfeso le dice tres cosas que son notorias para recuperar el amor perdido:

 

1. Recuerda de donde has caído. Ve al momento y la acción que te hizo apartar de este amor. Recuerda el gozo que tuviste antes y el deleite que disfrutabas por causa del amor a Cristo y su obra. Recuerda todo lo que el Señor ha hecho en ti y “no olvides ninguno de sus beneficios”. Recuerda la pasión por Cristo y las almas que has tenido.

 

2. Arrepiéntete. La palabra para arrepentirse es “metanoia” en griego. Siempre está asociada con un cambio de actitud. Con dar media vuelta a lo que se está haciendo mal y levantar el rostro hacia arriba, donde está Cristo sentado. Dejar de amar a Dios después de haberle conocido es un pecado del que hay que arrepentirse. Este es uno de los grandes pecados de los santos. El creyente también tiene de que arrepentirse.

3. Haz las primeras obras. Vuelve a ese primer amor impulsado por tu corazón amoroso. Regresa a tu tiempo de gozo en el servicio. Reconcíliate con él y con su obra. No dejes que te quiten tu candelero. Tú has sido llamado para ser un instrumento de luz.

 

V. LA PROMESA PARA LOS VENCEDORES v. 7

En estos días se  celebraron las Olimpíadas de Atenas 2004. Muchos han sido eliminados. Algunos han ganado medallas de bronce y de plata, mientras que muy pocos han ganado la medalla de oro. Para algunos ha habido gozo, mientras que para otros ha sido notorio las lágrimas y la frustración. Las olimpíadas nos recuerdan la importancia de la competencia y de la necesidad de la disciplina para obtener el galardón. En el caso de la vida cristiana nadie apuesta para ser eliminado. Nuestro objetivo es el triunfo. ¿Qué le espera a los vencedores cristianos después que hayan competido legítimamente? El Señor dice: “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”. El “árbol de la vida”  es símbolo de provisión. Dios jamás defraudará a su pueblo cuando este sufre necesidad. El fruto del jardín de Dios le está asegurado a todo los triunfadores. Dios espera que su pueblo viva en victoria. Son los victoriosos los que se les abre camino a ese árbol de la vida. Al principio se le prohibió a Adán y a Eva, por causa del pecado. Sin embargo, ahora se les promete a todos los triunfadores.

 

 

CONCLUSIÓN: El texto termina diciendo: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”. ¿Qué le está diciendo el Espíritu Santo a nuestra iglesia hoy día? ¿Cuál es el mensaje que quiere comunicarle? Le está diciendo que revisemos cuáles son nuestras verdaderas motivaciones en el servicio al Señor. Todo trabajo y celo que tengamos por la obra no debiera sustituir la prioridad de mi amor. Recordemos la pregunta que le hizo el Señor a Pedro, “¿me amas más que esto?”. 

 

 

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