Esfuérzate por fe, no por afán


Recordemos cuando Jesús llega a casa de Marta y María. Marta lo invitó a un banquete y afanada por servirle se perdió la oportunidad de escucharle. Imagina que Jesús llega a cenar a tu casa. Seguramente con anticipación prepararías todo muy bien, no le comprarías comida rápida en la calle, cocinaría un menú especial; decoraría la mesa, tendría cuidado de cada detalle. Lo ideal sería tener todo listo para dedicarte a escucharlo cuando llegara. Porque estar con Él es realmente lo importante.

Muchas veces sucede que el afán nos aleja y distrae del verdadero objetivo. Es como si para declararle tu amor a la mujer de tu vida prepararas una cena y cuando finalmente terminas de arreglar todo, ves que ella ya está sentada con otro. También puede ser como aquellos que al atender a un cliente se preocupan por las tarjetas de presentación, el teléfono, la fotocopia y se olvidan de cerrar el negocio. Igual sucede con los novios preparando su boda. Se desgastan con miles de cosas: las invitaciones, los arreglos, la música, la alfombra, los niños; llegan a la ceremonia cansados y estresados, pierden de vista lo más importante, el gran objetivo que los unió. Otro ejemplo es la persona que recibe una tarjeta de su hijo pequeño y no disfruta el momento por concentrarse en la imperfección de la pintura o hacer notar que el niño utilizó materiales indebidos. No permitas que el afán te distraiga de lo importante.

Lo que el afán provoca

El afán trae muchas consecuencias negativas, pero hay tres que especialmente debes evitar: Primero, cuídate de no obrar en forma indebida. Gente afanada roba y miente, incluso se suicida. Justifican sus acciones con el afán económico, sentimental o de cualquier tipo. Puede transformarte en una persona enojada, acusadora, molesta, te quita la paz, no te deja dormir, te enferma, crea toxinas en tu cuerpo. Segundo, no permitas que el afán te aleje de la oración. Recuerda que todos tenemos el mismo tiempo, nadie tiene más de 24 horas diarias para hacer sus tareas. Dale su lugar a la oración. Es importante que hables con tu Padre. Tercero, evita que el afán ahogue tu fe en La Palabra. No dejes de creer. Dios no te diseñó para afanarte, te diseñó para confiar.

El justo balance

En 2 tesalonicenses 3: 6 – 10 leemos: Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros. Porque vosotros mismos sabéis de qué manera debéis imitarnos; pues nosotros no anduvimos desordenadamente entre vosotros, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tuviésemos derecho, sino por daros nosotros mismos un ejemplo para que nos imitaseis. Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.

Es confuso leer este pasaje si lo comparamos con lo que el mismo Pablo le escribe a los Filipenses: “no estén afanados por nada”. Entonces surge la duda, ¿hay que afanarse o no? Parece contradictorio. Es como si nos dijeran: “ni una cosa, ni la otra, ni todo lo contrario”. No te afanes en buscar el verdadero sentido, lo ideal es lograr un balance.

Ningún extremo es bueno. No debes ser haragán porque La Palabra te dice que Dios proveerá y tampoco debes convertirte en un trabajador compulsivo porque de esa forma demuestras poca fe en sus promesas. No provoquemos una generación de vagos y despreocupados. Las muchachas deben tener afán por arreglarse y prepararse. Los muchachos deben afanarse en lograr buena actitud, ser caballerosos y delicados.

El balance es darle a cada día su propio afán. Da siempre lo mejor en tu trabajo.

Seguramente tendrán momentos de tensión y estrés, pero recuerda que Dios te multiplicará. Esfuérzate como si todo dependiera de ti y ora como si todo dependiera de Dios. Esa es la combinación exitosa.

Pablo decía: “me afano en lo que me toca, en lo que le toca a Dios, confío”. La Palabra también dice: “pedid y se os dará, llamad y se abrirá, buscar y hallaréis”. Para cada una de las acciones hay algo que te corresponde a ti y algo que le corresponde a Dios. Aún con afanes, haz tu parte, luego descansa y confía en que Él hará la suya. Si crees que todo depende de ti estás mal, no puedes tomar su obra en tus manos; también te equivocas si le dejas todo a Dios. Marta hizo lo que le tocaba pero perdió de vista lo que le tocaba a Jesús y se equivocó.

Por ejemplo: la promesa de que Dios te dará por esposa una mujer prudente se cumplirá, pero debes hacer tu parte y ser un buen hombre. Prepárate, arréglate, porque eso no lo puede hacer Dios por ti. El afán por tener pareja no te hará más atractivo, al contrario, la aflicción te resta encanto y te suma problemas. El afán no te da novio o novia, más bien, aleja a los posibles candidatos. Lo mismo pasa en el trabajo; el afán no te hace mejor trabajador, ni convence a tu jefe, al contrario, disminuye el rendimiento. Solamente tu seguridad y confianza te hace productivo y eficiente.

Tribulación pero no angustia

En 2 Corintios 4: 7-9 Pablo nos enseña sobre la actitud correcta: Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos.

No podemos evitar el afán, pero es necesario asumir la actitud correcta. Puedes sentirte presionado pero tener confianza, enojado pero controlarte, rechazado pero saber que eres valioso. De igual forma, puedes pasar una prueba y sentirte débil pero no renegarás de Dios o pensarás que te abandonó; pueden golpearte pero no desearás venganza, pueden insultarte pero no maldecirás. También podrías pasar un tiempo de soledad pero no estar solo. Tu actitud define quién eres. El mundo puede derrumbarse, pero si tu actitud es la correcta te mantendrás sólido como una roca.

No te afanes

Mateo 6:25-27 nos dice: Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo.

Afanéis en griego se dice “mirimnao” y significa “dividir en partes, distracción o preocupación en cosas que causan ansiedad y tensión”. Jesús no quiere que divididas tu mente, es imposible creer en la providencia divina y a la vez preocuparse por el sustento. Convéncete, vales más que las aves del cielo.

Antes de casarnos con mi esposa Debbie entregamos todo al Señor, él nos lo ordenó. Sembramos todo lo que teníamos, incluso prometimos por lo que no teníamos. Nos quedamos sin nada, dimos hasta las monedas que encontramos en los cajones. Entonces El Señor me dio la palabra: “con la medida que tú me mediste, yo te mediré. Tú me diste todo, yo te daré todo”. Y así fue, lo que necesitamos y mucho, mucho más, nos fue regalado. Apartamento, muebles, luna de miel, ceremonia, fiesta, cocina equipada, todo lo recibimos sin pagar un centavo. Era tanto lo que nos regalaban que yo empecé a preocuparme. Entonces Dios me dijo: “mira las aves, no trabajan, no tienen despensa y aún así cantan. Y tú trabajas, sembraste, estás cosechando y aún así te afanas”. Comprendí mi gran error y le pedí perdón por renegar de sus bendiciones. Ten por segura la recompensa y providencia de Dios, porque para Él somos más que las aves del cielo.

Esfuérzate como hijo no como esclavo

Mateo 6:28-29 continúa: Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.

Dios te reta a creer por cosas grandes para que tengas fe y trabajes. No te equivoques, esfuérzate por fe, no por afán. Él espera que siembres, labres la tierra, coseches y guardes en graneros, todo con la convicción de que enviará la lluvia para tu siembra y bendecirá tu tierra. Tienes un padre bueno que quiere darte lo que necesitas y anhelas.

Dejarse llevar por el afán refleja poca autoestima porque no te reconoces como hijo de Dios. Si como padres terrenales nos morimos de ganas por bendecir a un hijo, imagina cuánto más quiere bendecirnos nuestro Padre Celestial. No es lo mismo trabajar como un hijo convencido del amor de su padre, que trabajar como un esclavo que se hace valioso con su esfuerzo. Tu identidad como hijo de Dios se base en lo que eres no en lo que haces. No te creas un hijo que debe ganarse el cariño de su padre con acciones. Él te dice: “no te afanes por alcanzar valor ante mí porque ya lo tienes. Trabaja por el valor que yo te he dado ya que nunca lo obtendrás por las obras de tu carne”.

Es como si trataras de ganar valor ante tu pareja con lo que haces. Tu mensaje con esa actitud es “no me valores, menospréciame”. Dile al Señor que te sabes su hijo, que crees en sus promesas de prosperidad y que esa convicción motiva tu trabajo. Recíbelo en tu corazón y deja que te bendiga.

Por: Pastor Rodolfo Mendoza
Cashluna.org

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