El Testimonio del Espíritu


Autor: John Wesley «El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios.» – (Romanos 8:16.)
I. POR QUE ES NECESARIO ESTE SERMON
1. Ninguno que cree en las Escrituras como la Palabra de Dios, puede dudar de la importancia de una verdad como ésta – una verdad revesada en ellas no una vez nada. más, ni obscuramente, ni de manera incidental, sino frecuentemente y en términos expresos, solemnemente y con deliberado propósito, como quiera qué esta verdad señala uno de los privilegios peculiares de los hijos de Dios.



2. Y se hace tanto más necesario explicar y defender esta verdad, cuanto que la asedian peligros a diestra y siniestra. Si la negamos, entonces hay riesgo de que nuestra religión degenere en meras formalidades. Y si la aceptamos, pero sin entenderla, entonces nos exponemos a caer en los excesos del fanático entusiasmo. De consiguiente, urge que expliquemos, con los argumentos y los ejemplos de la Escritura y de la razón, el significado de esta importante verdad.

3. Y esta imperiosa necesidad se acentúa con el hecho de que muy poco se ha escrito con claridad sobre este asunto, y en cambio, mucho de to que se ha escrito, lejos de afirmar, parece más bien desvirtuar su significado.


El metodismo ha restituido esta doctrina

4. Toca más directamente a los metodistas entender, explicar y defender esta doctrina, porque ella forma parte muy importante del testimonio que Dios les ha encomendado para que te proclamen a todo el mundo. Gracias a su especial bendición sobre ellos en el estudio de las Escrituras, y confirmada por la experiencia de sus hijos, es que ha sido restituida esta verdad, que durante muchos años estuvo casi perdida y olvidada.

II. QUE COSA ES EL TESTIMONIO DEL ESPIRITU

1. Por testimonio se entiende la declaración de un testigo. Según nuestro texto, el Espíritu Santo es la persona que da testimonio, to da a nuestro espíritu, y su testimonio es que somos hijos de Dios.

2. Hace muchos años manifesté que «es difícil hallar en el lenguaje humano, palabras adecuadas para explicar las cosas profundas de Dios». Por eso me limito a insinuar que el testimonio del Espíritu Santo es una impresión interior en el alma, por medio de la cual el Espíritu testifica directamente a mi espíritu que soy hijo de Dios, que Cristo Jesús me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí, que todos mis pecados han sido borrados, y que yo, yo mismo, estoy reconciliado con Dios.

3. Después de veinte años de ponderar este asunto, no creo que tenga que modificar mis palabras; creo haber expresado mi sentir con suficiente claridad. Sin embargo, si alguien hallara términos más claros y más apegados a la Palabra de Dios, yo los adoptaría con sumo agrado.

4. Nótese que no quiero decir que el Espíritu testifique con voz exterior, ni que siempre lo haga con voz interior (si bien suele así hacerlo. Tampoco quiero decir que el Espíritu siempre toque el corazón con uno o más pasajes de la Escritura (si bien frecuentemente así lo hace). Lo cierto es que el Espíritu obra de tal manera en el alma por su influencia inmediata, o por otra patente a inexplicable operación directa, que el viento enfurecido se apacigua y las olas turbulentas se sosiegan y reina dulce serenidad: el corazón reposa tranquilo como en los brazos del Señor Jesús y el pecador recibe la clara certidumbre y el gozo inefable de que Dios se ha reconciliado con él, que todas sus iniquidades han sido perdonadas y borrados todos sus pecados (Salmo 32:1) .

Es diferente de una buena conciencia

5. Nadie puede negar que el testimonio del Espíritu Santo sea realidad. El que pretendiera negarla, se opondría abiertamente a la Escritura, y acusaría de mentiroso al Dios de la verdad.

6. Ni nadie puede poner en duda la realidad del testimonio indirecto, o sea el testimonio de una buena conciencia para con Dios. La misma Palabra de Dios enseña que todo aquel que time el fruto del Espíritu, es hijo de Dios; mi propia experiencia, mi, propia conciencia interior me dice que tengo el fruto del Espíritu (que es amor, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, Gálatas 5:22-23) ; por tanto, puedo decir que soy hijo de Dios.

7. Por otro lado, no afirmamos que pueda haber un verdadero testimonio del Espíritu, sin el fruto del Espíritu. Por el contrario, afirmamos categóricamente que el testimonio indirecto brota del testimonio directo, y es inseparable de él.

8. Entonces, el verdadero nervio de la cuestión es éste: ¿realmente hay un testimonio directo del Espíritu Santo, un testimonio inmediato, distinto del testimonio indirecto de nuestro espíritu, distinto de la conciencia de tener el fruto del Espíritu?

III. EVIDENCIA DE LA ESCRITURA Y LA EXPERIENCIA

1. Nuestro texto claramente indica que este testimonio directo es una realidad: «el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios.» El Espíritu mismo, él mismo, es el que testifica.

2. Es cierto que el fruto del Espíritu demuestra que somos hijos de Dios. Pero ya sea que este testimonio se apoye en la convicción interior de nuestra sinceridad, o ya sea que se apoye en la convicción exterior de nuestras obras buenas, es un testimonio indirecto, puesto que se deduce de una buena conciencia o de una conducta irreprochable.

3. En cambio nuestro texto da a entender que hay un testimonio directo. Prueba de ello es el versículo anterior: «Habéis recibido el espíritu de adopción, por el que clamamos: Abba, Padre.» (Romanos 8:15.)

4. Y el pasaje gemelo de éste lo corrobora: «Por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en nuestros corazones. el cual clama: Abba, Padre.» (Gálatas 4:6.) ¿No vemos claramente que este testimonio es directo a inmediato, y que no se deriva de ningún razonamiento o argumentación ?

5. Ahora bien, este testimonio directo del Espíritu es anterior al testimonio de nuestro espíritu. Antes de que podamos tener conciencia de que somos santos, es preciso que seamos santos de corazón y de vida; y antes de que podamos ser cantos de corazón y de vida, es preciso que amemos, porque el amor es la raíz de la santidad; y antes de que podamos amar a Dios, es preciso que sepamos que él nos ama, ya que «nosotros lo amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19) ; y para que sepamos que él nos ama, es preciso que el Espíritu mismo dé testimonio de ello a nuestro espíritu. Vemos, pues, que por la misma naturaleza de las cocas, el testimonio del Espíritu Santo es anterior al testimonió de nuestro espíritu.

El argumento de la experiencia

6. Muy a propósito viene a confirmar esta doctrina la experiencia de los hijos de Dios: la experiencia no de uno o de dos, ni de diez o de cien, sino de una grande multitud que ninguno puede contar. Y mi propia experiencia, y tu propia experiencia lo confirma: el Espíritu mismo dio testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, y nos dio tal seguridad de ello, que inmediatamente clamamos: ¡Abba, Padre! Y esto fue antes de que tu y yo hubiéramos podido plantear el razonamiento o que hubiéramos tenido la conciencia interior de que tenemos el fruto del Espíritu.

7. También lo corrobora la experiencia de aquellos que comienzan a dar los primeros pasos en el camino de la salvación. Si decimos a uno que se halla bajo la convicción de pecado y que siente que la ira de Dios está sobre el: «Tú puedes saber que eres hijo de Dios, en el amor, el gozo y la paz que experimental en tu corazón», esa persona inmediatamente replicará: «Al contrario, yo sólo sé que soy hijo del diablo, pues ¿qué amor puede haber en mí, si la intención de mi carne es enemistad para con Dios? ¿qué gozo puede haber en mí, si mi alma está triste hasta la muerte? ¿qué paz puede haber en mí, si mi corazón es un mar atormentado?»

Un alma agobiada de esta agonía sólo puede hallar consuelo por el testimonio del Espíritu que le revela que Dios justifica, esto es, que Dios perdona, no al justo, no al que hace obras buenas, sino al impío (Romanos 4:5 ) . No es posible que esa alma sumida en la angustia de la convicción de pecado, pueda alegar obras meritorias; pero en cambio, el Espíritu mismo le da testimonio de la misericordia de Dios y del mucho amor con que él la amó (Tito 3:5; Efesios 2:4); el Espíritu mismo le da testimonio de que Cristo sufrió la cruz por ella, y que el hombre es justificado solamente por la fe (Romanos 3:28), que es justificado gratuitamente por la gratis de Dios por la redención que es en Cristo Jesús (vs. 24).

8. Por manera que el que niega da realidad del testimonio del Espíritu, niega también la verdad de la justificación por la fe. Y esto se deberá a dos motivos: o porque nunca la ha experimentado en realidad, o horque ya ha olvidado la purificación de sus antiguos pecados (2 Pedro 1:9).

9. Y también lo corrobora aun la experiencia de los hijos del mundo. Muchos de estos sinceramente desean agradar y servir a Dios; pero no por ello tienen convicción de que sus pecados hayan sido perdonados. Estarán persuadidos de su sinceridad, es decir, tendrán obvio testimonio de su propio espíritu; pero no podrán tener conciencia del perdón de sus pecados y de que son hijos de Dios. A1 contrario, mientras más profunda sea su sinceridad, mayor será su inquietud espiritual. Por tanto, no es por el solo testimonio de nuestro espíritu sino primeramente por el testimonio directo del Espíritu Santo, que tenemos la certidumbre de que somos hijos de Dios.

IV. REFUTACION DE ALGUNAS OBJECIONES

1. Alguno dirá: «No basta con la experiencia, para probar que es cierta una doctrina que no se halla en la Escritura.» Muy cierto; pero esta doctrina se basa categóricamente en la Escritura; la experiencia solamente la corrobora.

2. Pero el mismo objetor añadirá: «Muchos fanáticos han profesado tenerla.» Y esto ha sido así; pero el hecho de que algunos dementes afirmen ser reyes, no prueba que no existan reyes de verdad. Mas porfiará: «Y muchos que dicen tenerla, han vituperado la Biblia.» Posiblemente, sí; pero eso no prueba nada, porque hay millares de personas que tienen dicha experiencia, y que tienen a la Biblia en muy alta estimación. Y el mismo oponente alegará: «Y muchos se han engañado a. sí mismos tan tremendamente, que ya no es posible persuadirlos de su error.» Probablemente, sí ; pero ninguna doctrina bíblica se desvirtúa por el hecho de que hombres insensatos la tuerzan para su propia destrucción.

3. Y todavía altercará: «Basta, pues, con el testimonio de nuestro propio espíritu.» No basta, porque en muchos ocasiones este testimonio falta por completo, o se halla oculto por las pubes de la incertidumbre. En cambio, el testimonio de1 Espíritu no time tal propósito, sino que su objeto es impartir v resplandece meridianamente aunque este otro esté nublado en su reflejo.

4. Otro formulará esta objeción: «El testimonio del Espíritu no prueba la genuinidad de la profesión de fe; la fe se demuestra con las obras.» En efecto, así lo es. El testimonio del Espíritu no time tal propósito, sino que su objeto es impartir al creyente la certidumbre del perdón de sus pecados y la convicción de que es hijo de Dios; por tanto, es anterior a las buenas obras. Suponer que viene después de ellas, equivaldría a admitir que Dios justifica al hombre por sus obras buenas, y no por la fe en Cristo el Salvador.

5. También se objetará: «En un Evangelio se lee que nuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidieren de él (Lucas 11:13), y en otro Evangelio se lee que nuestro Padre dará buenas cosas a los que le pidieren (Mateo 7:11); de consiguiente, el Espíritu da testimonio por medio de las buenas dádivas que Dios nos da.» Pero en ninguno de estos textos se menciona el acto de dar testimonio; de consiguiente, esta objeción está fuera del asunto en cuestión.

6. Otro contenderá: «La Escritura dice: Por sus frutos es conocido el árbol.» (Mateo 12:33.) Evidentemente que sí; pero esto no significa que el fruto del Espíritu sea d testimonio del Espíritu. El testimonio de nuestro espíritu, o sea, el testimonio indirecto del fruto del Espíritu, procede del testimonio directo del Espíritu, y lo corrobora; son inseparables, pero distintos entre sí. Pero aún contradirá: «Y el Libro de Dios no hace ninguna referencia al testimonio directo.» Admitimos que esto es cierto en el sentido de que nunca lo menciona como aislado a independiente en sí mismo. El testimonio de nuestro espíritu siempre acompaña al testimonio del Espíritu Santo, y lo corrobora.

7. Y todavía controvertirá: «En cambio, la Biblia se refiere constantemente al testimonio que resulta de la transformación del corazón y la vida.» Nadie lo impugna; y este testimonio indirecto corrobora al testimonio directo del Espíritu.

Tres objeciones

8. Otro se opondrá: «El testimonio directo es inútil, porque no basta para librarnos del peligro de caer en el error, puesto que necesita recurrir a otro testimonio a fin de comprobar su afirmación.» Nosotros rebatimos: Dios ha unido indivisiblemente ambos testimonios; por tanto, no podemos separarlos, y luego debatir que son insuficientes para su finalidad. Justamente, para lograr una completa certidumbre, y evitar toda coyuntura al error, es que Dios nos ha dado estos dos testimonios conjuntos, porque el testimonio de dos testigos es verdadero (Juan 8:17).

9. Otro disputará: «Usted admite que cierta reforma de vida es evidente testimonio, menos en el caso de terribles sufrimientos, como los de nuestro Salvador en la cruz; pero ninguno de nosotros puede sufrir de tal manera; por tanto, queda en pie que basta el testimonio indirecto de la conciencia y la conducta.» A lo cual contesto: Convengo en que ninguno de nosotros puede sufrir como sufrió el Señor; pero usted y yo, como todo hijo de Dios, podemos sufrir de tal manera, que sería imposible que conserváramos en el corazón la confianza filial que tenemos en Dios, si no fuera por el testimonio directo que su Espíritu Santo nos da.

10. Y finalmente, no faltará quien se oponga, arguyendo: «Entre los defensores más denodados de esta doctrina; hay personas mucho muy orgullosas y faltas de toda caridad.» Tal vez algunos de los más escandalosos defensores de esta verdad sean personas soberbias y violentas. Pero muchos de los más firmes defensores de ella, son cristianos eminentemente mansos y humildes de corazón.

Y estoy convencido de que toda persona que considere serenamente a imparcialmente estas objeciones, y las respuestas que a ellas he dado, verá fácilmente que dichas objeciones no destruyen, vaya, ni siquiera debilitan, la evidencia de esta grande verdad: que el Espíritu de Dios da testimonio, directamente a inmediatamente, a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios.

V. SUMARIO DE LA CUESTION

1. El resumes de todo es éste: El testimonio del Espíritu consiste en una impresión interior en el alma de los creyentes, y por medio de esa impresión, el Espíritu mismo da testimonio directamente a nuestro espíritu, que somos hijos de Dios.

Nadie pone en duda que exista el testimonio del Espíritu; lo que se impugna es si dicho testimonio es directo, es decir, si existe, además de la buena conciencia o fruto del Espíritu Santo a nuestro propio espíritu. Y ya demostramos que en verdad existe dicho testimonio directo: así lo declara la misma Escritura, así lo exige la naturaleza misma de las cosas, así lo corrobora la experiencia misma de los hombres.

2. Las objeciones que se enderezan contra dicho testimonio, pierden toda su fuerza cuando se les aplica el rigor de la evidencia bíblica, la argumentación del raciocinio, y la comprobación de la experiencia. Y queda incólume el principio que hemos explicado y defendido: que existe el testimonio directo del Espíritu, el cual nos da la certidumbre de que somos hijos de Dios, que Cristo Jesús nos ha amado y se ha entregado a sí mismo por nosotros, que todos nuestros pecados han sido borrados, y que cada uno de nosotros, cada uno en lo personal está reconciliado con Dios.

Dos exhortaciones

3. Nadie confíe en el supuesto testimonio del Espíritu, si éste no va, acompañado del fruto del Espíritu. Si de veras el Espíritu testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios, la inmediata consecuencia será el fruto del Espíritu en nuestra vide: error, Bozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.

Y así, por más que la tentación oculte dicho fruto, cuando el alma no lo puede percibir porque Satanás la zarandea como a trigo, sin embargo, perdurará la substancia de ese fruto, aun bajo la nube más obscura. El Bozo podrá abandonarnos en la hors de da prueba, y nuestra alma estará muy triste, hasta la muerte, en la hora del poder de das tinieblas; pero este Bozo será restaurado con traces, de tal manera que nos alegraremos «con gozo inefable y glorificado» (1 Pedro 1:8).

4. Y nadie confíe en el supuesto fruto del Espíritu, si éste no va acompañado al testimonio del Espíritu. Es posible que gocemos anticipadamente de la delicia del gozo, la paz y el error, así como de la bienaventuranza de la humildad, la fidelidad y 1a templanza, antes de que el Espíritu Santo dé testimonio a nuestro espíritu que tenemos redención por a sangre de Cristo, la remisión de pecados por las riquezas de la gracia de Dios (Efesios 1:7), y que somos aceptos en el Amado (vs. 6). Esto es posible, en virtud de la gracia de Dios que es dada a todos los hombres; y es así como el incrédulo puede disfrutar la dicha de estas bendiciones, no ilusoriamente o insubstancialmente, sino de ella misma en verdad, sin que ello signifique que ya es hijo de Dios en realidad. Por eso, no debe conformarse con estas bendiciones parciales y transitorias; quedarse así, sería poner en grave peligró a su alma.

Si somos sabios, clamaremos continuamente a Dios, hasta que su mismo Espíritu dame en nuestro corazón: ¡Abba, Padre! . . . Tal es el privilegio de todos los hijos de Dios, y sin este testimonio, nunca podremos estar cabalmente seguros de que somos sus hijas. Y sin este testimonio tampoco podremos retener la paz perdurable, ni podremos evitar que nos agobien la dude v el terror. Empero, una vez que hayamos recibido este Espíritu de adopción, entonces «la paz de Dios que sobrepuja todo entendimiento», ahuyentará el dolor de moda dude y terror, y «guardará nuestro corazón y nuestra manta en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7).

Y cuando este testimonio del Espíritu haya producido en nosotros su fruto genuino, de toda santidad de carácter y conducta, entonces se hará evidente que la voluntad de aquel que nos llamó, es darnos siempre lo que ya una vez nos dio; de manera que ya jamás sucederá que nos falte el testimonio del Espíritu de Dios, ni el testimonio de nuestro propio espíritu: la conciencia de que andemos en toda rectitud v en verdadera santidad.

Newry, condado de Down, Irlanda del Norte.

a 4 de abril de 1767.

***

Autores: John Wesley

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