EL CONFLICTO DEL QUE ACUDE A DIOS, CONTRA SATANÁS


Por Charles Spurgeon
«Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó v le sacudió con violencia; pero Jesús increpó al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y se lo devolvió a su padre» (Lucas 9:42).
INTRODUCCIÓN: Un ejemplo muy adecuado
Este muchacho poseído por un espíritu malo es un ejemplo muy adecuado de cada persona impía e inconversa. Aunque no estemos poseídos por demonios, sin embargo por naturaleza estamos poseídos por concupiscencias y vicios demoníacos que, si no angustian y afligen nuestros cuerpos, con toda certidumbre destruirán nuestras almas.


Nunca una criatura poseída por un mal espíritu estuvo en peor aprieto que aquel que está sin Dios, sin Cristo, y sin esperanza en este mundo. Además, echar el espíritu inmundo era algo imposible para los hombres, y sólo posible para Dios; igualmente la conversión del pecador es algo fuera de la capacidad humana, que sólo será llevada a cabo por el poder del Altísimo. Los terribles chillidos, espúmeos y desgarros causados sobre este infeliz muchacho por el espíritu inmundo son una imagen de los pecados, de las iniquidades y de los vicios a los que los impíos son continua e impetuosamente llevados; y un tipo de aquel triste y terrible sufrimiento que el remordimiento hará recaer mañana en su conciencia, y que la vengar de Dios hará que pronto ocupe sus corazones. Que los padres llevasen este muchacho al Salvador nos enseña una lección: que aquellos de nosotros a los que se confía el cuidado de los jóvenes, ya como padres, ya como maestros, deberíamos estar ansiosos de llevar a nuestros niños a Jesucristo, para que en Su gracia Él los salve. El devoto deseo y compasión del padre por su lijo es sólo Lu1 modelo de lo que cada padre debiera sentir por los suyos. Lo mismo que Abraham, debería orar: «Ojalá Ismael viva delante de ti.» Y no sólo orar, sino también poner todo de su parte para llevar a su hijo al estanque de Siloé para que quizá el ángel agite el agua, y su hijo pueda descender a ella y quedar sano. El padre debería poner a su hijo donde el Salvador camina, para que le mire y le sane. La venida del muchacho a Cristo es una imagen de la fe salvadora, porque la fe es acudir a Cristo, sencillamente creer en el poder de su expiación. Y, por último, el derribo y desgarro mencionado en mi texto es una imagen del conflicto del que acude, que es confrontado por el enemigo de las almas. «Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó y le sacudió con violencia.» Nuestro tema, esta mañana, será el hecho bien conocido de que los pecadores que acuden, cuando se acercan al Salvador, son a menudo derribados por Satanás y desgarrados, de modo que sufren terriblemente en sus mentes, y quedan casi dispuestos a abandonar en desesperanza.

Hay cuatro puntos que considerar esta mañana. Se trata de las acciones, los designios, el descubrimiento y la derrota del diablo.

I

Primeramente, LAS ACCIONES DEL DIABLO. Cuando este muchacho acudía a Cristo para ser sanado, el diablo lo derribó y lo sacudió. Ahora bien, ésta es una ilustración de lo que Satanás hace con la mayoría de los pecadores, por no decir que con todos, cuando acuden a Jesús en pos de luz y vida por medio de Él; los derriba y los sacude. Dejadme señalaros por qué es que el diablo causa estas terribles conmociones y agonías que acompañan a la conversión. Conoce una multitud de añagazas, porque es astuto y sagaz, y tiene diversas maneras de conseguir sus fines.

1. Primero, lo hace pervirtiendo la verdad de Dios para la destrucción de la esperanza y del consuelo del alma. El diablo es buen conocedor de teología. Nunca he sospechado todavía que fuese heterodoxo. Creo que es uno de los sujetos más ortodoxos de la creación. Otros puede que no crean las doctrinas de la revelación, pero el diablo no puede dejar de creerlas, porque conoce la verdad; y aunque con frecuencia la desmienta, es tan astuto que comprende que cuando el alma está convencida de pecado, su mejor método es no contradecir la verdad, sino pervertirla. Ahora os mencionaré las cinco grandes doctrinas que consideramos como las más destacadas de las Escrituras, mediante la perversión de las cuales el diablo trata de mantener el alma en esclavitud, tinieblas y desesperación.

Primero, tenemos la gran doctrina de la elección –que Dios ha escogido para sí un número que nadie puede contar, que serán santos, por cuanto han sido ordenados para que sean un pueblo peculiar, celoso de buenas obras. Ahora bien, el diablo agita al alma que acude por medio de esta doctrina. «Oh», dice él, «quizá no seas de los escogidos. De nada vale que vengas luchando y debatiéndote; tanto dará que te sientes y no hagas nada, y, sin embargo, si has de ser salvo serás salvo; pero si tu nombre está escrito entre los que se pierden, todas tus oraciones, búsqueda y fe no te servirán de nada.» De esta manera comienza el diablo a predicar la soberanía de Dios a oídos del pecador, para hacerle creer que de cierto el Señor lo cortará. Pregunta él: «¿Cómo puedes pensar que un miserable como tú puede ser escogido? Tú no mereces otra cosa que la condenación, y lo sabes bien. Tu hermano es una buena persona, moral, pero tú, tú eres el principal de los pecadores; ¿crees acaso que Dios te va a escoger?» Entonces, si el que sufre esta tentación es instruido en el sentido de que la elección no tiene nada que ver con el mérito, sino que es de la libre voluntad de Dios, Satanás comienza de otra manera e insinúa: «No te sentirías de este modo si fueses uno de los escogidos de Dios; no se permitiría que cayeses en todo este sufrimiento y que orases a Dios en vano durante tanto tiempo.» Y de nuevo susurra: «Tú no eres de Él»; así intenta destrozar el alma y desgarrarla en pedazos. Me gustaría sólo darle un golpe a sus planes esta mañana recordando a nuestros amigos que cuando acuden a Cristo nunca tienen que preguntarse acerca de la doctrina de la elección. Nadie, al enseñarle el alfabeto a un niño, le hace aprender la Z antes que haya aprendido la A. De la misma manera, no se puede esperar del pecador que aprenda la elección antes que haya aprendido la fe. El texto con el que él tiene que ver es éste: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo»; y cuando el Señor le ha capacitado para aprender y creer esto, puede pasar a lo siguiente: «Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.» Pero si no puede sacarse este tema de la cabeza, no tiene por qué hacerlo, porque puede recordar que cada persona arrepentida está escogida, que cada creyente es escogido. Por muy gran pecador que sea, si sólo se arrepiente, esto es prueba de que es escogido; si tan sólo cree en Cristo, está tan ciertamente escogido como que su fe es genuina. No puedo decir que soy escogido antes que sepa que creo en Dios. No puedo distinguir una cosa a no ser que vea sus efectos. No puedo decir si hay una semilla en la tierra hasta que abro la tierra, o si espero hasta ver el tallo brotando de la tierra; y tampoco sabré si tu nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero hasta que vea el amor de Dios manifestado en ti en la proyección de tu corazón hacia Dios. No puedo desentrañar las profundas rocas de la oscuridad para encontrar esa cosa oculta, excepto que la evidencia y los efectos me provean de pico y pala. Hay un diario en Glasgow llamado Noticias Cristianas, que yo más bien llamaría Noticias Anticristianas o Avispa Cristiana, y su editor dice de mí que no tengo derecho a predicar la Palabra de Dios porque no sé (¿podéis suponer a qué se refiere?) quiénes son los escogidos de Dios. Y este editor viene a decir: «Según su misma confesión, ese joven no sabe quiénes son los escogidos de Dios hasta que les ha hecho preguntas y conoce su carácter.» Vaya, pues si lo supiera, desde luego que sería maravillosamente sabio. ¿Quién los conoce, aparte de esas señales y marcas, y evidencias, que Dios siempre concede en el corazón y la vida de Sus escogidos a su debido tiempo? ¿Descerrajaré yo los archivos del cielo y leeré los registros, o desenrollaré con mano presuntuosa el libro de la vida del Cordero, para saber quiénes son los escogidos de Dios? No. Eso se lo dejaré hacer al editor de Noticias Cristianas, y cuando él publique una lista exhaustiva y correcta de los escogidos, es indudable que será un éxito de ventas, y que el editor hará una fortuna con ello. Que no se angustie tu alma acerca de la elección, porque todos los que se arrepienten y creen lo hacen como efecto de la elección.

La siguiente doctrina es la de Muestra depravación; que todos los hombres han caído en Adán; que se han apartado de la verdad, y que además, por causa de sus prácticas, se han llenado de pecado; que en ellos no mora el bien, y que si alguna cosa buena llega jamás a estar en ellos, será porque la ha puesto Dios; porque no hay ni siquiera una simiente de bien en el corazón, y mucho menos su flor. El diablo atormenta el alma con esta doctrina, y dice: «Mira lo depravado que eres; sabes cuán terriblemente has pecado contra Dios; has ido errante diez mil veces. Mira», dice él, «ahí están tus viejos pecados demando contra ti»; y agita su varita y hace resucitar las pasadas iniquidades, que se levantan como fantasmas y aterrorizan el alma. «Ahí, contempla aquella escena de medianoche; recuerda aquel acto de ingratitud; ¡escucha! ¿no oyes aquel juramento haciendo eco en la pared del pasado? Mira a tu corazón: ¿podrá jamás ser lavado? Está lleno de negrura. Sabes cómo trataste de orar ayer, y cómo tu mente estaba absorta en tus negocios antes que hubieses medio terminado tu oración; y desde que has estado buscando a Dios sólo lo has hecho medio en serio, llamando a la puerta algunas veces, y luego abandonando. Es imposible que jamás seas perdonado; te has alejado demasiado para que el pastor te encuentre; te has tornado en total iniquidad; tu corazón es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente malo, y no puedes ser salvo.» Muchas pobres almas han sufrido terribles desgarros con esta doctrina. He sentido algo de ello yo mismo, en ocasiones en que he pensado que iba a quedar desgarrado en. pedazos por el terrible recuerdo de lo que había sido. El diablo lanza al pecador al suelo y lo desgarra casi miembro a miembro, persuadiéndole de que su culpa es abominable más allá de todo paralelo; de que sus iniquidades van más allá del .alcance de la misericordia, y de que está firmada su sentencia de muerte. ¡Ah, pobre alma, levántate de nuevo! El diablo no tiene derecho a lanzarte por tierra. Tu pecado no puede ser demasiado grande para la misericordia de Dios. No es la grandeza del pecado lo que hará que alguien sea condenado, si no hay falta de fe. Si un hombre tiene fe, sean cuales sean los pecados que pueda haber cometido, será salvo. Pero si tiene un solo pecado y no tiene fe, aquel un pecado le destruirá del todo. La fe en la sangre de Cristo destruye el aguijón del pecado. Una gota de la preciosa sangre del Salvador podría extinguir mil mundos encendidos si Dios quisiera, y mucho más apagará los ardientes temores de tu pobre corazón. Si crees en Cristo, dirás al monte de tu culpa: «Apártate de aquí, y échate al fondo del mar.»

Luego hay la doctrina del llamamiento eficaz, que Dios llama a Sus hijos de un modo eficaz; que no es el poder del hombre el que nos trae a Dios, sino la obra de Dios traer al hombre a la gracia; que Él llama a los que quiere salvar con un llamamiento efectivo y especial que otorga sólo a Sus hijos. «Mira ahora», dice el Maligno, «el ministro ha dicho que es necesario que haya un llamamiento eficaz; fíjate en que el tuyo no es un llamamiento eficaz; nunca vino de Dios; sólo se trata de unos sentimientos ardientes; te sentiste algo excitado bajo el sermón, y se desvanecerá en el acto, como la nube de la mañana o el rocío del amanecer. A veces tienes deseos fuertes, pero en otras ocasiones no son ni la mitad de vehementes; si el Señor te atrajese, siempre serías atraído con el mismo poder; pronto terminará, y tanto peor te irá por haberte sentido inclinado a Dios bajo estas convicciones legales y luego haberte apartado de Él.» Y bien, amados, decidle a Satanás que no sabéis si se trata de un llamamiento eficaz, pero que sabéis esto, que si perecéis será yendo a Cristo y que allí pereceréis; decidle que sabéis que es tan eficaz que no podéis dejar de acudir a Cristo; que si va a ser permanente o no, vosotros no lo podéis saber -que esto ya se lo haréis saber en su momento; pero que estáis resueltos -porque ésta es vuestra última línea de defensa- que si perecéis será al pie de la cruz de Cristo; y de este modo, con la ayuda de Dios, podréis vencerle cuando quiera precipitaros en tierra con esta doctrina.

El diablo pervertirá asimismo la doctrina de la perseverancia filial de los santos. «Mira», dice Satanás, «los hijos de Dios siempre se mantienen en su camino; nunca dejan de ser santos; perseveran; su fe es como el camino de los justos, que va resplandeciendo más y más hasta el día perfecto; y así sería el tuyo si fueses del Señor. Pero tú nunca serás capaz de perseverar. ¿No recuerdas hace seis meses, cuando estabas enfermo, cómo resolviste servir a Dios, y todo quedó en agua de borrajas? Has decidido muchas veces que serías un cristiano, y nunca has durado quince días. De nada te servirá; eres demasiado veleidoso; nunca te mantendrás firme por Cristo; irás con Él un trecho, pero luego de cierto te volverás; por ello no puedes ser un seguidor del Señor, porque ellos nunca se vuelven.» Y así trata de empujar y desgarrar el alma con esta gran y consoladora doctrina. El mismo clavo en el que el pecador debe amarrar su esperanza quiere usarlo el diablo para clavarlo en las mismas sienes de su fe, para que muera como murió Sísara en la tienda de Jael. Oh pobre alma, dile a Satanás que tu perseverancia no es tuya, sino que el autor de la misma es Dios; que por débil que seas, conoces tu debilidad, pero que si Dios comienza una buena obra, nunca la dejará sin terminar. Y repeliéndole de esta manera, podrás levantarte de este abatimiento y desgarro que te ha causado.

Luego tenemos la doctrina de la redención; con ella el espíritu inmundo asaltará el alma. «Oh,» dice Satanás, «es cierto que Cristo murió, pero no por ti. Tú eres un carácter especial.» Recuerdo que una vez el diablo me hizo creer que era solo, sin semejante. Vio a otros que habían pecado como yo, y que habían ido tan lejos como yo, pero me imaginé que había algo peculiar en mi pecado. Así, el diablo intentó ponerme aparte como si no perteneciese al resto de la humanidad; pensaba que si fuese otra persona, podría salvarme. Muchas veces deseé haber sido un pobre borracho blasfemo callejero, y pensaba que en tal caso habría tenido mejor posibilidad; pero, tal como era, pensé que iba a morir solitario, como el ciervo en la sombra del bosque. Pero bien recuerdo a mis amigos cantar aquel dulce lúpulo:

«Su gracia soberana es, rica, libre,

¿Y. por qué, alma mía, no será para ti?»

Uno de los himnos en la selección de Denham, y también hubiera debido ser. incluido en la de Rippon, termina así, tal como recuerdo:

«Él derramó su sangre tan rica y disponible,

¿Y por qué, alma mía, no será para ti?»

Ésa es precisamente la pregunta que nunca nos hacemos. Decimos: «Claro, alma mía, ¿por qué no para cualquier otro menos para ti?» ¡Arriba, pobre alma! Si Satanás está intentando desgarrarte, dile que está escrito que él «puede salvar completamente a los que por medio de él se acercan a Dios»; y que «al que a mí viene, de ningún modo le echaré fuera». Puede que así Dios te libre de este desesperado conflicto en el que, como pecador que acude, te has visto implicado.

2. Pero Satanás no es muy escrupuloso, y a veces arroja en tierra al pecador que acude y lo desgarra contándole terribles falsedades. Algunos de vosotros puede que no hayáis conocido este aspecto, y doy gracias a Dios si no comprendéis algunas de las cosas a las que me voy a referir. Muchas veces, cuando el alma acude a Cristo, Satanás inyecta de manera violenta pensamientos de incredulidad. Yo nunca he sido un incrédulo absoluto más que una vez, y esto no fue antes de conocer la necesidad de un Salvador, sino después. Fue precisamente cuando quería a Cristo y tenía sed de él, que de repente me vino el pensamiento a la mente, que aborrecía pero no podía vencer, de que no había Dios, ni Cristo, ni cielo, ni infierno; que todas mis oraciones eran una mera farsa, y que tanto daría si le silbaba al viento o si me dirigía a las rugientes olas del mar. ¡Ah, recuerdo cómo mi barco iba a la deriva por aquel mar de fuego, desligado del ancla de mi fe que había recibido de mis padres! Comencé a dudar de todo, hasta que el diablo se derrotó a sí mismo al quererme hacer dudar de mi propia existencia, y pensé que yo era una idea flotando en la nada del vacío. Luego me sobresalté ante tal pensamiento, y viendo que después de todo yo era sustancialmente carne y sangre, después de todo, vi que Dios era, que Cristo era, que el cielo era, que el infierno era, y que todas esas cosas eran verdades ciertas. No me asombraría que muchos aquí hayan estado en el mismo borde de la infidelidad, y que hayan dudado casi de todo. Es cuando Satanás descubre que el corazón está tierno que intenta imponer su propia impronta de incredulidad en el alma. Pero, bendito sea Dios, nunca consigue eso en el pecador que realmente acude. También trata de introducir pensamientos blasfemos, y luego nos dice que son nuestros. ¿Acaso en ocasiones no ha introducido torrentes de lo más vehemente de blasfemia y malvadas imaginaciones en nuestros corazones, que ignorantemente pensábamos que debían ser nuestros? Pero quizá ninguno de ellos nos era propio. Recuerdo que había estado una vez meditando acerca de Dios cuando de repente me pareció como si se hubiesen abierto las compuertas del infierno. Mi cabeza se transformó en un verdadero pandemonium; parecía como si diez mil espíritus malignos estuviesen celebrando un carnaval dentro de mi cerebro; y puse mi mano sobre mi boca para impedir dar expresión a las palabras blasfemas que se derramaban en mis oídos. Cosas que jamás había oído ni pensado penetraron impetuosamente en mi mente, y apenas si podía resistirme a su influencia. Era el diablo arrojándome por tierra y desgarrándome. ¡Ah, pobre alma! Quizá te encuentres con esto; pero recuerda, es sólo uno de los trucos del supremo enemigo. Él mete sus fieras inmundas en tu campo, y luego dice que son tuyas. En la antigüedad, cuando algunos vagabundos y truhanes incomodaban en una demarcación, les aplicaban unos azotes y los mandaban a la siguiente demarcación. Así, cuando te vengan estos malos pensamientos, dales unos buenos azotes y mándalos fuera. No te pertenecen si no los abrigas. Pero si temes que estos pensamientos sean tuyos propios, puedes decir: «Acudiré a Cristo, e incluso si esas blasfemias son mías, las confesaré al gran Sumo Sacerdote, porque sé que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.»

3. Si el diablo no te puede vencer ahí, intenta otro método. Toma todos los pasajes amenazadores de la Palabra de Dios, y te dice que se aplican a ti. Te lee este pasaje: «Hay pecado para muerte, por el cual yo no digo que se pida.» «Mira», te dice el diablo, «el apóstol no dice que podía siquiera orar por el hombre que hubiese cometido ciertos pecados.» Luego te, lee que «el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón». «Ése», te dice, «es tu carácter; has pecado contra el Espíritu Santo, y nunca te será perdonado.» Luego te trae otro pasaje: «Efraín está dado a los ídolos; déjalo.» «Mira», te dice Satanás, «últimamente no has sentido libertad en la oración; Dios te ha dejado solo; estás dado a los ídolos; estás totalmente destruido.» Y el cruel adversario aúlla su cántico de alegría, y hace una feliz danza pensando que la pobre alma se ha de perder. Pero no le creáis, mis queridos amigos. Nadie ha cometido el pecado contra el Espíritu Santo en tanto que tenga gracia para arrepentirse. Es cosa cierta que no puede haber cometido este pecado nadie que huya a Cristo y crea en Él. Ningún alma creyente puede cometerlo. Ningún pecador arrepentido jamás lo ha cometido. Si alguien es descuidado e irreflexivo, si puede escuchar un sermón terrible y reírse de él, y descartar la convicción que le haga sentir, si nunca siente ninguna agitación de la conciencia, se puede temer que pueda haber cometido este pecado. Pero en tanto que sientas algún deseo por Cristo, no has cometido más este pecado, que has volado a las estrellas o que has sacado telarañas del cielo. En tanto que tengas algún sentido de culpa, algún deseo de ser redimido, no puedes haber caído en ese pecado. Como arrepentido, todavía puedes ser salvo, pero si lo hubieses cometido no sentirías arrepentimiento.



II

Dejad que me detenga por un momento en el segundo punto: LOS DESIGNIOS DEL DIABLO. ¿Por qué echa en tierra el alma y la desgarra?

Primero, porque no le gusta perderla. «A ningún rey le gusta perder a sus súbditos», le dijo Apolión a Cristiano, cuando se le presentó en el camino, «y te juro que no irás más allá: aquí derramaré tu alma.» Allí se paró jurando venganza contra él por haber huido de sus dominios. ¿Supones acaso que Satanás iba a perder sus súbditos uno por uno sin encolerizarse? Desde luego que no. Tan pronto como ve un alma que se apresura hacia el portillo, con los ojos fijos en la luz, lanza todos los mastines del infierno contra él. «Ahí se va otro de mis súbditos; nii imperio está debilitándose; mi familia disminuye.» E intenta con todo su poder y fuerza hacer volver para sí a aquella pobre alma. ¡Ah, alma!, no te dejes engañar por él. Su designio es abatirte. No te dice esas cosas para tu bien, iú para hacerte humilde, sino para impedirte que acudas a Cristo, y para atraerte hacia su red, donde pueda destruirte del todo.

A veces, creo yo, tiene el vil designio de inducir a pobres almas a destruirse a sí mismas antes que lleguen a la fe en Cristo. Éste es un caso extremo, pero me he encontrado con no pocos que se han sentido tentados a quitarse la vida y a acudir delante de su Hacedor con sus manos enrojecidas con su propia sangre. Porque Satanás sabe muy bien que ningún homicida tiene vida eterna permaneciendo en él. Pero nunca ha logrado sus fines, aun en el alma de un pecador escogido.

Luego Satanás tiene otro motivo. Cuando el alma está acudiendo a Cristo, él intenta, por puro odio, agitar aquella alma. El corazón de Satanás está hecho de lo que es precisamente lo contrario a la benevolencia -mala voluntad. Todo lo odia, y a nadie ama. Aborrece ver la felicidad de cualquier criatura, la alegría de cualquier alma, y cuando ve que una alma acude a Cristo, dice: «¡Ah, ya casi le he perdido; nunca tendré la oportunidad de llevar los truenos de la condenación a sus oídos y de arrastrarle por las llamas del infierno, como pensaba. Pero ahora, antes que se vaya, haré algo; el último ataque será duro; le daré un golpe con todas mis fuerzas.» Y desciende sobre esa pobre alma, que cae convulsa en tierra llena de desesperanza y de dudas. Luego la desgarra y no la deja hasta que ha hecho tanto como el Señor le permite. No temas, hijo de Dios. «Resistid al diablo, y él se apartará de vosotros.» Y aunque pueda echaros por tierra, recordad que muchas veces cae el justo, mas se vuelve a levantar; y así será contigo, y los designios de tu enemigo quedarán frustrados, como está escrito: «Tus enemigos serán humillados.»

III

En tercer lugar, está el DESCUBRIMIENTO DEL DIABLO. No creo que el diablo pudiera echar un solo pecador por tierra si viniese como diablo. Pocas veces actúa así. Se presenta como ángel de luz, o incluso como el Espíritu Santo. Sabe que el Espíritu Santo lleva a cabo toda la obra de la salvación, y por ello trata de falsificar las operaciones del Espíritu Santo. Sabe que es obra del Espíritu Santo destruir la soberbia del hombre y humillar el alma. Bien, lo que hace Satanás es falsificar esta obra y arrebata la esperanza al hombre junto con la soberbia. Bajo la pretensión de humillar al pobre pecador y de decirle que debería postrarse rendido en el polvo, no sólo humilla a la pobre alma, sino que la abate tan bajo que deshonra también a Dios, en la estima del pecador, al decirle que el mismo Dios no puede salvarle. Satanás intentará, si puede, dañar la obra de Dios, mientras está aún en el torno del alfarero, introduciendo su propio instrumento mientras la arcilla está dando vueltas en la rueda, para que no tome la forma que le da el Espíritu Santo, sino para que haya algunas marcas de la hechura del diablo en la pieza. Algunas veces le pedís a Dios que podáis batallar en oración. «Está muy bien», dice Satanás: «Batallad en oración; pero recordad que debéis recibir IQ pedido ahora, o estáis perdidos.» Y de esa manera se desliza y añade un trocito pequeño suyo a la verdad, haciéndoos creer que es un impulso del Espíritu Santo, mientras que en realidad se trata de un engaño del padre de mentira. El Espíritu Santo te dice que eres un pecador perdido, sin recursos. «¡Así es!», te dice el diablo: «Lo eres, y no puedes ser salvo.» Y así otra vez, bajo el mismo disfraz de las operaciones del Espíritu Santo, engaña al alma. Es mi firme creencia que mucha parte de la experiencia del cristiano no es experiencia cristiana. Muchos cristianos experimentan cosas que no tienen nada que ver con el cristianismo, sino más con la demonología. Cuando lees acerca de las convicciones de John Bunyan, puede que pienses que todo aquel terror era fruto del Espíritu Santo; pues podéis tener la certeza de que era fruto de la influencia satánica. Podéis pensar que es el Espíritu Santo quien lleva a los pecadores a la desesperanza y que los mantiene encerrados en la jaula de hierro durante tanto tiempo. No es así. Había la acción del Espíritu Santo, y luego entró Satanás para destrozar la obra si podía.

Ahora daré a los pobres pecadores un medio para detectar a Satanás, para que sepan si sus convicciones proceden del Espíritu Santo, o si son meramente los chillidos del infierno en sus oídos. En primer lugar, podéis estar siempre seguros que lo que proviene del diablo os hará mirar a vosotros mismos y no a Cristo.. La obra del Espíritu Santo es mover nuestros ojos fuera de nosotros a Jesucristo, pero la obra del Espíritu es lo opuesto. Nueve de cada diez insinuaciones del diablo tienen que ver con nosotros mismos. «Eres culpable», dice el diablo -eso es el Yo. «No tienes fe» -eso es el Yo. «No te arrepientes suficientemente» –eso es el Yo. «No tienes nada del gozo del Espíritu, y por ello no puedes ser de Él» -eso es el Yo. Así el diablo comienza a asestarnos golpes, mientras que el Espíritu Santo quita el yo del todo, y nos dice que «nosotros nada somos», pero que «Jesucristo es todo en todos.»

Satanás trae el cadáver del Yo y lo arrastra, y por cuanto está corrompido, nos dice que con toda certidumbre no podemos ser salvos. Pero recuerda eso, pecador, no es tu asirte de Cristo lo que te salva: es Cristo. No es tu gozo en Cristo lo que te salva: es Cristo. No es siquiera la fe en Cristo, aunque ésta sea el instrumento -es la sangre y los méritos de Cristo. Por tanto, no mires tanto a tu mano con la que te ases de Cristo como a Cristo mismo. No mires a tu esperanza, sino a Cristo, la fuente de tu esperanza. No mires a tu fe, sino a Cristo, el autor y consumador de la fe. Y si haces eso, diez mil demonios no te podrán-echar por tierra, pero en tanto que te mires a ti mismo, el más bajo de esos malos espíritus puede hollarte bajo sus pies.

También puedes discernir de otra manera las insinuaciones del diablo: por lo general denigran algún atributo de Dios. A veces denigra su amor, y te dice que Dios no querrá salvar. A veces denigra su longanimidad, y te dice que eres demasiado viejo, y que Dios no te va a salvar. A veces denigra su soberanía, y te dice que Dios no escoge como quiere, sino que tiene parcialidad hacia ciertos tipos de carácter, y que acepta a los hombres por sus méritos. A veces denigra la verdad de Dios, y te dice que no va a *****plir sus promesas. Incluso a veces denigra la misma realidad del ser de Dios, y te dice que no existe. Pero, ¡oh pobre alma que tiemblas!, Satanás no conseguirá ventaja sobre ti. Ten cuidado, sin embargo: detéctale; y cuando hayas descubierto que se trata del diablo, habrás frustrado sus planes por lo que a ti respecta.

Y ahora, en último lugar, tenemos que considerar LA DERROTA DEL DIABLO. ¿Cómo fue derrotado? Jesús le reprendió. Amados, no hay otra manera de ser salvados del derribo de parte de Satanás que la reprensión que Jesús le da. «Oh», dirá una pobre alma, «muchos meses y años he estado angustiado por temor a no ser salvo. He ido de lugar en lugar con la esperanza de que algún ministro dijese algo que reprendiese al mal espíritu.» Hermana, o querido hermano, ¿no has estado cometiendo un error? ¿Acaso no es Jesús quien reprende al espíritu maligno? ¿O quizá has tratado de reprender tú mismo al espíritu maligno? Has intentado discutir y disputar con él; le habrás dicho que no eres tan vil como él te ha descrito. Amado, ¿no has estado actuando de manera errónea? No es tu ocupación reprender a Satanás. Lo que debieras haberle dicho es: «El Señor te reprenda.» ¡Ah, si hubieses mirado a Jesús y sólo le hubieses dicho: «¡Señor, repréndele», él sólo habría tenido que decir: «¡Calla!», y el demonio se habría callado en el acto, porque conoce la omnipotencia de Jesús, dado que siente su poder. Pero te lanzas a pacificar tu propio corazón cuando estás en medio de esas luchas, en lugar de recordar que es sólo Jesús quien puede eliminar la aflicción. Si tuviese aquí a alguien que estuviese sufriendo lo máximo de esta dolencia -la posesión de Satanás, le diría: «Querido, siéntate; recuerda a Jesús; ve a Getsemaní, y ten por seguro que el diablo no querrá nunca quedarse allí contigo. Piensa en las agonías de tu Salvador cubierto con su sangre; el diablo no puede soportar la sangre de Cristo. Sólo al pensar en ella se va aullando. Ve al enlosado donde Cristo soportó la terrible flagelación: el diablo no se quedará mucho tiempo allí contigo. Y si te sientas al pie de su cruz y dices:

«¡Ah!, cuán dulce contemplar el manantial

De su sangre siempre preciosa»,

verás cómo el diablo deja de inquietarte.» De nada sirve sólo orar. La oración es buena por sí misma, pero no es ésa la manera de librarse de Satanás: es pensar en Cristo. Comenzamos a decir: «¡Cuánto querría tener una fe más fuerte! ¡Cuánto querría amar a Jesús!» Es buena cosa que un cristiano diga eso, pero no es suficiente. La manera de vencer a Satanás y de tener paz para con Dios es por medio de Cristo. El dijo: «yo soy el camino», y si quieres conocer el camino, acude a Cristo. «Yo soy la verdad.» Si quieres refutar las mentiras de Satanás, acude a la verdad. «Yo soy la vida.» Si quieres evitar ser muerto por Satanás, acude a Jesús. Hay una cosa que todos nosotros descuidamos demasiado en nuestra predicación, aunque creo que lo hacemos muy sin querer: o sea, la gran verdad de que no es la oración, no es la fe, no son nuestras acciones, ni son nuestros sentimientos sobre lo que debemos reposar, sino sobre Cristo, y solamente sobre Cristo. Somos propensos a pensar que no estamos en uri estado correcto, que no sentimos lo suficiente, en lugar de recordar que nuestra ocupación no es con el Yo, sino con Cristo. Nuestra ocupación es sólo con Cristo. Oh alma, si puedes centrar tu alma en Cristo y descuidar todo lo demás, si por lo que a tu salvación respecta puedes menospreciar las buenas obras y todo lo demás, y mirar de manera sencilla e íntegra a Cristo, creo que Satanás pronto dejaría de arrojarte por tierra, porque vería que esto no consigue sus propósitos, porque caerías sobre Cristo, y como el gigante que cayó sobre su madre, la tierra, tú te levantarías cada vez más fuerte que antes. Así, ¿tengo delante mío alguna alma pobre, probada, tentada, arrastrada por el diablo? ¿Te ha estado arrastrando Satanás a través de los pinchos y espinos y zarzas, hasta haber quedado herido y arañado? Ven ahora. He tratado de predicarte un sermón rudo porque sabía que tenía un trabajo rudo que llevar a cabo con almas que han sufrido rudezas. ¿No hay nada aquí, pobre pecador, a lo que no puedas asirte? ¿Estás tan encerrado que no entra ni un rayo de luz a través del férreo enrejado? ¡Qué! ¿Tan encadenado estás que no puedes mover ni las manos ni los pies? Oye, te he traído hoy una vasija de agua y un pedazo de pan a tu misma mazmorra. Aunque estás abatido, hay algo ahí para consolarte con lo que te he dicho; pero, ¡ah!, si viniese mi Maestro, te traería algo más que esto, porque él reprendería al espíritu maligno, y éste se apartaría inmediatamente de ti. Deja que te lo ruegue: mira sólo a Cristo. Nunca esperes liberación alguna procedente de ti mismo, de Satanás, de ministros, o de cualquier otro medio aparte de Cristo. Fija tu mirada sólo en él. Que su muerte, su agonía, sus gemidos, sus sufrimientos, sus méritos, su gloria, su intercesión, estén frescas en tu mente: búscale cuando despiertes por la mañana; búscale cuando te eches por la noche a dormir. ¡Oh, no dejes que tus esperanzas o temores se interpongan entre tú y Cristo!; busca sólo a Cristo; que el himno que hemos cantado sea tu himno y tu oración:



«Niégame, Señor, lo que tú quieras,

Sólo mi culpa quita;

A tus pies postrado estoy;

Dame a Cristo, o muerto soy.»



Y luego, aunque el diablo te arroje por tierra y te desgarre, mejor que lo haga ahora que no que lo haga para siempre.

Pero hay algunos aquí que se reirán de lo que he estado predicando esta mañana. ¡Ah, caballeros, podéis hacerlo! Pero por amargo que sea mi texto, desearía que lo tuvierais en vuestras bocas. Aunque sea triste la experiencia de ser desgarrado cuando se acude a Cristo, preferiría veros así que enteros y apartados de Cristo. Es mejor ser desgarrado en pedazos acudiendo al Salvador, que tener un corazón sano y entero lejos de él. Tiembla, pecador, tiembla; porque si no acudes a Cristo, al final él te desgarrará. Su ojo no tendrá compasión de ti, ni su mano te eximirá. El ha dicho: «Entended ahora esto, los que os olvidáis de Dios, no sea que os despedace, y no haya quien os libre.» Señores, de aquí a una hora, algunos de vosotros podéis llegar a conocer esto. Y desde luego aquí hay algunos que antes de mucho tiempo van a ser despedazados por la ira de Dios. ¿Por qué queréis morir? No podéis contestar, creo, a esta pregunta; pero dejad que repose sobre vuestros corazones. ¿Qué aprovecharéis de vuestra propia sangre? ¿De qué os servirá ganar el mundo y perder vuestra alma? Recuerda, Jesucristo puede salvarte incluso a ti. Cree en su nombre tú, pecador, que sientes la convicción, cree en Cristo. ¡Que el Señor os bendiga, por causa de Jesús! Amén..



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