EL CANTO DE LA VIRGEN


(Lucas 1:46-55)
INTRODUCCION: Hemos dicho que Lucas nos introduce en relatos que no fueron tocados por otros evangelista, seguramente con el propósito de hacer más rica la historia, la que hemos titulado como “la más hermosa jamás escrita”. El conocido “canto de María”, llamado comúnmente “El Magnificat”, es considerado toda una obra de exaltación divina; a lo mejor la más completa en su clase y en su contenido.

Por seguro que fue el resultado de la inspiración del Espíritu Santo, pero también la expresión más llena de gratitud y alabanza que algún ser humano haya podido tener. María fue el vaso escogido por Dios. La doncella en donde el Espíritu Santo concebiría al Hijo eterno de Dios. El instrumento que daría a luz al Hijo del Hombre. Y en su canto podemos ver su carácter humilde, su sentido de obediencia, su más profunda palabra de gratitud, su gran sentido de devoción; pero sobre todo, podemos ver al Dios de la palabra, quien se aseguró de poner la correcta inspiración en sus labios. Esto fue así por cuanto ella era la “sierva del Señor” y se había presentando delante de él para decirle: “hágase conmigo conforme a tu palabra” v. 38. Cuando el lector analiza el presente do*****ento pronto descubre la saturación del conocimiento que esta joven hebrea tenía acerca de Dios. Sus declaraciones están llenas del Antiguo Testamento. En su mente hay toda la majestad del Dios de sus antepasados a quién se dispone adorarlo, proclamarlo, destacarlo; pero más aun, a rendirse a él absolutamente como su Señor. Así pues, María no se atribuyó ningún otro título que pudiera estar a la altura o por encima del Dios que la había escogido. La única distinción que hace para ella, es cuando reconoce que por todas las generaciones la llamarán “bienaventurada”. Y, ¿quién puede poner en duda semejante distinción? María es la mujer bienaventurada de la Biblia, porque ella es la madre de nuestro Señor Jesucristo. Todos los elogios; eso es, aquellos que corresponden a exaltar su privilegio, su escogencia así como su vida virginal adornada con su pureza y santidad para esto, es digno que se reconozca y se destaque. Pero os obvio que esto no nos da la base para sostener el dogma que, puesto que María fue la madre de Jesús en consecuencia es la madre de Dios. La información que Lucas recibió seguramente de ella misma no da lugar para una interpretación contraria a lo que ella sentía al momento de esa inspiración; ella era y es la sierva de Dios. En el “Canto de la Virgen” pronto descubrimos al Dios de esa virgen, y la gran necesidad que ella, siendo aun la madre de Jesús, tuvo de él. Consideremos a María en su más sublima expresión de alabanza a su Dios. Acompañémosla en la exaltación que hace de su amado Dios.




ORACION DE TRANSICION: Descubramos al Dios a quién María le canta

I. HAY UN CANTO A DIOS COMO SENOR Y SALVADOR v. 46, 47
El primer título destaca un sentido de pertenencia absoluta. Como Señor él está por encima de la vida misma. María con un gozo inenarrable convoca a su propia alma para que prorrumpa en la más sublime nota de alabanza que músico alguno haya podido interpretar. “Engrandece mi alma al Señor” es un llamado conmovedor en los labios de ese ser escogido quien llevaba en su vientre la esperanza de salvación para toda la humanidad. María nos habla con su devoción a todas las generaciones de creyentes. En su canto destaca que el asunto más importante a seguir en la vida cristiana es permanecer bajo el “gobierno” divino. Que ningún asunto debe ser mejor considerado que el permanecer bajo el señorío de Jesucristo. Llamar a Dios “mi Señor”, era reconocer que el emperador romano, los amos y señores para ese tiempo, no eran los propietarios de la vida; sino que la vida le pertenece a Dios por un derecho incuestionable: él es creador, sustentador pero también es el redentor. Además de esto, María considera que Dios es su Salvador. Semejante declaración pone al descubierto todos los dogmas que a través de la historia se han venido aprobando con respecto a la impecabilidad de María. Si ella necesitó de un salvador como nosotros, la conclusión lógica a la que tenemos que llegar es que ella no pudo ser inmaculada y que al igual que nosotros requirió de un Salvador. De modo, pues, que el hijo que llegaría a dar a luz sería su propio Salvador. Cuando María fue visita por el ángel Gabriel no dudó que todo esto venía del mismo cielo. Ella creyó en su corazón lo que más adelante el apóstol Pablo demandaría para una genuina conversión, cuando dijo: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10:9) María no solo confesó con sus labios sino que cantó con ellos lo que es para nosotros la razón de nuestra fe: Dios es nuestro Señor pero también es nuestro Salvador. Mientras no le reconozcamos así no podremos ser salvos. Aceptarlo de esta manera es la garantía para una pertenencia divina.

II. HAY UN CANTO A DIOS COMO PODEROSO Y SANTO v. 49
María habla de estos atributos que denotan su grandeza. Uno destaca su poder mientras que el otro toca su carácter moral. El único ser todopoderoso se llama Dios y el único ser absolutamente santo, totalmente inmaculado, también se llama Dios. Por seguro que María había oído desde sus antepasados todas las razones que hacían a Dios un ser tan poderoso. El relato de la creación era algo que se leía en el Talmud, la “Biblioteca” judía. Los padres trasmitían a los hijos toda esa palabra que fue el agente por la que se hizo el universo. En la mente de un joven judío no había lugar para dudar de donde venía todo lo que existe. Note que María podía recordar esto cuando dice: “ Hizo proezas con su brazo; desbarató las intrigas de los soberbios. De sus tronos derrocó a los poderosos..” v. 50, 51. Por seguro que aquellas antiguas historias donde se destacaban estos atributos divinos eran cuidadosamente aprendidas. Estos dos atributos: el poder y la santidad de Dios no están desligados uno del otro. Si el libro del Génesis y Éxodo revela al Dios todopoderoso, por seguro que libros de Levítico y Deuteronomio, revelarían la santidad de Dios. En la mente de María habría historias como la liberación del pueblo de Egipto, el cruce del mar rojo en seco, la derrota de los enemigos mientras iban a la tierra prometida; pero también el celo santo de Dios que no fue detenido cuando en el pueblo se descubrían los pecados que provocaban toda una ira santa. El Dios de María es poderoso y santo. Muy lejos estuvo de ella el atribuirse estos atributos que eran únicos de el creador y no de sus criaturas. Puesto que María conocía al poderoso Dios de Israel, no dudó mucho en saber que lo que el ángel Gabriel le dijo sobre el plan de Dios; eso es, de tener a su hijo por la obra y gracia del Espíritu Santo, sencillamente era factible porque “no hay nada imposible para Dios”. La Biblia también se asegura de presentarnos al “ Santo de Israel”. En toda la revelación que Dios dio a su pueblo, la de su carácter santo es una de las más extraordinarias. Como Dios santo él está separado, es singular, distintivo y trascendentemente distinto de toda la humanidad. El profetas Isaías nos muestra, como ningún otro, ese carácter de Dios. Llama la atención como el término “el Santo de Israel” aparece en su libro unas 27 veces. Por cuanto Dios es poderoso y santo somos llamados a creer que ese poder está vigente para obrar, y por cuanto él es santo somos redargüidos a vivir bajo esa santidad. María nos invita a reconocer tales atributos divinos. La vida cristiana nace por el poder de Dios y se vive bajo la santidad de Dios. Estos atributos están estrechamente relacionados con la salvación y la vida eterna.


III. HAY UN CANTO A DIOS COMO MISERICORDIOSO Y JUSTO v. 50-55
Una de las cosas extraordinarias del Dios al que le canta María es la misericordia que ha mantenido desde el principio. Ella inspiradamente dice que esto ha sido de “generación en generación”. Uno de los atributos divinos, de los que más se habla en el sentido de lo eterno y su aplicación a través de la historia, es precisamente el que corresponde a la misericordia divina. El salmista dijo que ella era eterna: “Más la misericordia de Jehová es desde la eternidad hasta la eternidad” (Salm. 103:17) Si alguien puede calcular el tiempo que hay desde una eternidad a la otra, entonces descubrirá la magnitud de este atributo divino. También el salmista nos dice que ella no tiene límites: “Porque más grande que los cielos es tu misericordia..” (Salm. 108:4a) Si alguien puede medir el tamaño del cielo también descubrirá hasta donde llega la misericordia de Dios. El profeta Jeremías nos habla de ella como segura para cada día: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana..” (Lam. 3:22, 23) Es curioso que aunque sus misericordias son “desde la eternidad hasta la eternidad” y “mas grande que los cielos”, ellas se renuevan todos los días en nuestras vidas. Y la verdad es que lo que sostiene nuestra vida, como si fuera el oxígeno mismo, es el hecho de saber que al despertar “cada mañana” tenemos nuevas misericordias. Dios no guarda sus misericordias para dárnosla el día siguiente. Fue por eso que ordenó a su pueblo que recogiera la porción del maná para cada día, la necesaria para su sostenimiento. De igual manera en la oración del Padre nuestro se destaca la petición: “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy”. Esto nos recuerda que cada día trae consigo algo nuevo de parte de él y allí su misericordia es como un fino regalo que se nos entrega sin falla alguna. En este canto, esa misericordia se ve aplicable cuando dice que él ha “exaltado a los humildes” v. 52b; y además que “a los hambrientos los colmó de bienes” v. 53a. De esta manera María calificó uno de los más hermosos atributos divinos. Pero también ella le cantó a la justicia divina. Si bien es cierto que sus misericordias son inagotables; su justicia, el otro gran atributo de su persona, exige su aplicación. Bien se ha dicho que el llamado “Magnificat” ha traído consigo una gran revolución. Hay tres expresiones en este Himno que nos muestran esto. 1) “Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones”. El cristianismo trajo consigo la muerte del orgullo. Esta actitud no es compatible con nuestro singular y muy amado Jesucristo. 2) “Quitó los tronos de los poderosos..”. Con la entrada de Jesús al mundo se le puso fin a los títulos y los prestigios que son propios del mundo. Todos tenemos la posibilidad de ser iguales ante sus ojos. No hay clases sociales. Y, 3) “A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos envió vacíos”. Es cierto que esta revolución no pareciera verse en aquellos países donde tenemos tantas desigualdades sociales y económicas, pero en el ideal cristiano sigue siendo el mismo. Nadie se anima a tener demasiado mientras otros carecen de todo. De esta manera María nos ha presentado también a un Dios justo que actúa equitativamente.



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(Lucas 1:46-55)
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