Dios anda en nuestra búsqueda


 


Por Fernando Alexis Jimenez.


Alguien la vio. Caminaba con desenfado y desinterés por una autopista de Utah, en Estados Unidos. Iba sin rumbo. Como  quien marcha hacia la línea infinita del horizonte, buscando dónde nace un arco iris. La acompañaban sus dos raptores: David, quien se proclama sucesor de Jesucristo, y su esposa.


Fue esa imagen patética la que llevó a un conductor a dar aviso a las autoridades. Les explicó que la jovencita, de apenas quince años, era muy similar a las imágenes que había apreciado en la televisión.



Elizabeth fue rescatada pronto por la policía. Llevaba nueve meses desaparecida.


 


Concluía así el drama que llevó a los padres a redoblar su clamor delante del Señor en procura de que algo ocurriera y, las circunstancias adversas, permitieran descubrir dónde se encontraba su hija. Era tanto como buscar una aguja en un pajar. Y Dios les escuchó.


 


“Estoy feliz. Es un milagro. Dios respondió a nuestras plegarias” insistía su padre Ed Smart.


 


Encontrar a quien se perdió…


 


Cuando alguien que vive perdidamente, sin propósito y sin principios, se vuelve a Dios, El se llena de alegría como nuestro Padre que es. El Señor Jesús lo compartió con sus discípulos: Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.”(Lucas 15:7).


 


¿La razón? Dios siempre ha estado en nuestra búsqueda. El anhela que abandonemos una vida sin sentido, presos de la angustia y la desesperación, sin metas claras por las cuales volcar nuestros esfuerzos. Y en esa búsqueda, El agota todos sus esfuerzos, tal como lo explicó el maestro: ¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla? 9 Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido”(Lucas 15:7).


 


Los planes de nuestro Creador para usted están orientados a que tenga vida, y vida en abundancia. Tome la decisión. Este es el día. Su existencia puede ser renovada y tener sentido…


 


            ¿Qué hacer?


 


            Aceptar a Jesucristo. El es nuestra puerta a nuevas experiencias, renovadas, con sentido. El curso de los días que restan por vivir será diferente. Basta que lo acepte en su corazón. Dígale: “Señor Jesucristo, te acepto en mi corazón. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”.


 


            Le sugiero ahora tres cosas: la primera, que asuma el principio de hablar con Dios cada día mediante la oración; la segunda, la lectura de la Biblia y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.


 


            Ps. Fernando Alexis Jiménez


 

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