Del dogma a la verdad


Por Margarita Muñíz. A partir de la última generación un número importante de exegetas han mantenido que las Escrituras enseñan igualdad y sumisión mutua en vez de jerarquía entre los dos sexos. ¿Se debe considerar que el abandono de una interpretación tradicionalista significa al mismo tiempo un abandono de la autoridad bíblica? La autora nos ofrece un breve estudio exegético para interpretar las relaciones hombre-mujer y contestar a la pregunta que nos introduce a este artículo. Este el primero de una serie de tres artículos sobre el tema de la no jerarquización de los géneros. En esta primera parte, la autora nos ofrece una reflexión previa sobre la hermenéutica correcta y un análisis de las interpretaciones tradicionales de la Creación y la Caída.

Serie: Hacia una hermenéutica de la mujer

Primera parte: Del dogma a la verdad

Históricamente la exégesis bíblica sobre el tema de las relaciones hombre-mujer ha sido exclusivamente jerárquica. Solamente a partir de la última generación un número importante de exegetas han mantenido que las Escrituras enseñan igualdad y sumisión mutua en vez de jerarquía entre los dos sexos. ¿Se debe considerar que el abandono de una interpretación tradicionalista significa al mismo tiempo un abandono de la autoridad bíblica? Muchos evangélicos temen llegar a conclusiones diferentes de las que durante siglos se han mantenido, pensando que de alguna forma se está atentando contra la autoridad de las Escrituras.


Sin embargo, si estudiamos la historia de la exégesis, observamos que el abandono de la interpretación tradicional no siembre significó el abandono de la autoridad bíblica. Es el caso, por ejemplo, de la Reforma del siglo XVI y del movimiento abolicionista del siglo XIX. En el caso concreto de la mujer, durante siglos se defendió que su status subordinado se basaba en su naturaleza inferior. Hoy día, los que defienden dicha subordinación la basan en el concepto de «igualdad esencial y diferenciación funcional», sin que por ello piensen que están atentando contra los supuestos hermenéuticos que usaban quienes defendían la inferioridad de la mujer estaban equivocados.

 

Así por ejemplo, Agustín de Hipona pensaba que la mujer sola por sí misma, no es la imagen de Dios. Para Tomás de Aquino, está de forma natural sujeta al hombre, porque en el hombre predomina la razón. Este concepto sobre la mujer no cambió con la llegada de la Reforma. Tanto Lutero como Calvino pensaban que la mujer era inferior al hombre. En palabras de este último «las mujeres por naturaleza (esto es, por la ley natural de Dios) nacen para obedecer, porque todos los hombres sabios siempre han rechazado el gobierno de las mujeres, como monstruosidad contranatural».

 

Todos ellos estaban convencidos de que sus puntos de vista descansaban en bases bíblicas, sin darse cuenta de que sus propios horizontes culturales les habían conducido realmente a una exégesis errónea. La tradición, por tanto, no siempre nos deja los mejores ejemplos de exégesis.

 

Por otra parte, se puede pensar que actualmente también estamos influenciados por nuestro horizonte cultural, y por tanto, tener recelos ante los cambios que se están produciendo en la exégesis de los textos referentes a la relación hombre-mujer. Sin embargo, aunque eso es algo de lo que nadie está exento, también es posible que el horizonte cultural presente esté corrigiendo una interpretación errónea del pasado, debido a que dicho horizonte cultural se basaba en supuestos falsos. Por otra parte, a lo largo de la historia se han levantado voces a favor de la igualdad y la sumisión mutua en las relaciones hombre-mujer, en momentos en los que mantener dichas posturas era contrario a la posición que prevalecía en la sociedad (Katherine Zell, George Fox, Margaret Fell, William y Catherine Booth, Katherine C. Bushnell, etc.).

 

En realidad, hoy disponemos de unos conocimientos lingüísticos e históricos que nos ayudan a hacer una exégesis más exacta del texto bíblico, puesto que la exégesis no solo depende del horizonte cultural del exegeta sino también del conocimiento que se tenga del horizonte cultural del propio texto. Por otra parte, es un error recurrir solo a ciertos versículos a través de los cuales interpretar el resto de la Palabra, como se hace con frecuencia, en vez de recurrir a toda la información que corporativamente nos ofrecen las Escrituras. En muchos casos, los demás textos han sido desfigurados porque desde el primer momento se han examinado a través del prisma dogmático, forzándolos a decir solamente lo requerido por una determinada tradición teológica.

 

Una vez hechos estas reflexiones previas, pasemos al análisis de algunas de las interpretaciones que tradicionalmente se han usado para limitar el liderazgo de la mujer en la iglesia.

 


PRIORIDAD EN LA CREACIÓN

 

En primer lugar vamos a analizar lo que se ha venido en llamar la «prioridad de la Creación». De acuerdo con esta posición, Dios estableció la jerarquía hombre-mujer con anterioridad a la Caída, lo cual justifica la prioridad del liderazgo de los hombres en la Iglesia, la familia y la sociedad, aunque en este último caso ya no se mantenga. (Sin embargo, a principios de siglo, en pleno movimiento sufragista, todavía se apelaba a las Escrituras para negar el voto a las mujeres, por considerar que su papel de subordinadas les impedía estar en paridad política con los hombres).

 

Del análisis de Génesis 1.26–28 podemos decir lo siguiente:

 

La designación «hombre» es un genérico para «seres humanos», que incluye tanto al hombre como a la mujer.

 

Esto se ve todavía más claro en Génesis 5.2

 

A los dos se les asigna la tarea de señorear la tierra. Es por eso que el verbo en hebreo está en plural: «tengan potestad». La mujer no formaba parte de la creación sobre la cual el hombre iba a tener dominio. Ambos son igualmente autorizados por Dios para actuar como sus vice-regentes en la tarea de señorear la tierra. Tanto el hombre como la mujer son portadores de la imagen de Dios, por lo que lo femenino refleja la imagen de Dios tanto como lo masculino.

 

Los llamados Padres de la Iglesia, aunque equivocados, al menos eran coherentes cuando postulaban que la naturaleza subordinada de la mujer le impedía simbolizar la excelencia de la imagen divina. Hoy día, sin embargo, los que defienden dicha subordinación mantienen que la mujer también es portadora de la imagen divina, pero en ese caso, ¿cómo puede ser uno subordinado al otro si los dos géneros están contenidos dentro de su Ser?

 

En este relato del proyecto creador de Dios no hay nada que indique que el propósito de la diferenciación sexual tuviera la intención de que una mitad de la humanidad gobernara a la otra mitad. Por otra parte, el hecho de que no se haga ninguna referencia a roles de autoridad entre el hombre y la mujer en un capítulo que está impregnado del concepto de organización jerárquica (el universo entero, desde las estrellas en el firmamento hasta los peces en el mar, es cuidadosamente organizado en una jerarquía de orden), indica que su relación era de igualdad y reciprocidad y que cualquier concepto de supremacía de uno sobre otro le es ajeno y no puede ser impuesto sobre él. Tal principio ni se menciona ni está implícito en el relato de la Creación.

 

Pasemos ahora a analizar el argumento de que Eva fue creada como «ayuda idónea» para él, y que tanto subordinada a él. Como el análisis lingüístico debe preceder siempre a la interpretación teológica, vamos a pasar, en primer lugar, al análisis de la palabra «ayuda».

 

La palabra «ayuda» aparece 21 veces en el Antiguo Testamento, y se usa generalmente para referirse a Dios cuando se encuentra ocupado en actividades de socorro, alivio, consuelo o redención entre su pueblo (Exodo 18.4: Deuteronomio 33.7, 26, 29; Salmos 33.20, etcétera). Si el término «ayuda» implica necesariamente subordinación, en ese caso Dios se subordina a los seres humanos. En realidad, el término ezer significa etimológicamente «un poder o fuerza que puede salvar». La palabra viene de dos raíces, una que significa «rescatar», «salvar», y otra que significa «ser fuerte». Por lo tanto, el sacar de la palabra «ayuda», referida a Eva, el sentido de una persona subordinada contradice su uso constante en el Antiguo Testamento.

 

Por otra parte, el término hebreo knegdwo, que en español traducimos como «idónea», en el original está formado por dos preposiciones y un pronombre. La primera preposición significa «igual», «como». La segunda significa «enfrente», en el sentido de uno que está en la presencia de otro como un igual. Por lo tanto, Eva sería, como Adán, de la misma clase y especie, alguien igual a él.

 

Es interesante notar cómo traduce este término al griego en la Septuaginta. En el versísculo 18 usa la preposición kata, que implica una comparación entre iguales, es decir, alguien colocado en otro lugar, ocupando la misma posición. En el versículo 20 usa la palabra homoios, que significa «igual en fuerza», «del mismo rango».

 

Por lo tanto, el hecho de que en español y otras lenguas, la expresión «ayuda idónea» pueda hacer referencia a personas subordinadas no debe hacernos caer en el error exegético de imponer al texto nuestro propio pensamiento.

 

Además, la creación de Eva no tuvo como objetivo principal resolver la soledad de Adán. En realidad respondía a una necesidad ontológica derivada de la misma naturaleza de Dios: lo femenino era también un aspecto de la Imago Dei, por eso cuando en Génesis 1.26 se nos narra la solemne decisión divina de crear al género humano, la mujer ya formaba parte de ese plan.

 

Resumiendo, podemos decir que la teoría de que el hombre tiene que ejercer el liderazgo porque fue creado primero, no se puede deducir ni implícita ni explícitamente del relato de Génesis 1 y 2. La primacía temporal por sí misma no confiere un rango superior. En ese caso, los animales deberían señorearse de los humanos, ya que fueron creados primero. Por otra parte, una aplicación honesta de dicha teoría requeriría que ningún hombre, excepto los primogénitos, tuvieran posición de liderazgo sobre sus hermanos en la iglesia y en la familia.

 

En los textos de la creación está visiblemente ausente cualquier referencia a un mandato divino en el sentido de que el hombre ejerza autoridad sobre la mujer. Si tal estructura hubiera formado parte del propósito de Dios, habría sido claramente ordenado como en los otros casos. La total ausencia de tal comisión indica que no formaba parte de la intención de Dios, por lo que antes de la Caída ambos disfrutaron de una relación de completa igualdad.

 


PRIORIDAD DE CULPA

 

Los exegetas que mantienen una posición jerárquica en las relaciones hombre-mujer, mantienen que la Caída se produjo no sólo por la desobediencia a la orden divina, sino también porque la relación señalada por Dios entre los dos sexos fue violada. La conclusión es que sólo puede haber desastre cuando el orden establecido por Dios se viola.

 

Esta interpretación presenta varios problemas:

  • Si con anterioridad a la Caída ya existía una relación jerárquica, ¿por qué la maldición para la mujer consistió en que el hombre se enseñorease de ella?
  • Si el pecado de Eva hubiera sido la usurpación del liderazgo masculino, lo lógico es que hubiera sido recriminada por ello. Dios pide cuentas a Eva por haber desobedecido la orden, pero no por haber tomado la iniciativa.
  • Si la consecuencia de la violación del orden establecido por Dios es el desastre, ¿cómo es que a lo largo de la Biblia aparecen mujeres que asumieron posiciones de liderazgo tanto a nivel familiar, como político, como religioso y no provocaron ningún desastre, sino todo lo contrario; fueron de bendición para su familia, liberaron al pueblo de la opresión de sus enemigos e iniciaron un avivamiento espiritual?

 

Del relato de Génesis 3 no se puede deducir que hubiera ninguna relación jerárquica entre Adán y Eva con anterioridad a la Caída. La relación de subordinación empezó como consecuencia de la misma, pero no formaba parte de los planes originarios de Dios en la Creación. En realidad en el versículo 16 se está haciendo una descripción de lo que va a ocurrir como consecuencia del pecado y no una prescripción, ya que en las lenguas semíticas el futuro, como el aoristo, nunca implica un sentido de obligación. Por otra parte, si Génesis 3.16 describiera los efectos de la Caída como regla normativa a seguir, igualmente deberíamos promover el pecado y la muerte, puesto que también fueron consecuencias de la Caída.

 

En este punto puede resultar interesante saber cómo interpretó Jesús el relato de la creación. Es importante notar que no mencionó para nada el principio de jerarquía, y sí de igualdad. Cuando Jesús respondió a la pregunta de los fariseos sobre el divorcio (Mateo 19.3–10), no basó su enseñanza ni en la Caída ni en el Antiguo Pacto, sino que la basa en el ideal de la Creación. El marco de referencia que usó para la definición de las relaciones hombre-mujer fue el relato de Génesis 1 y 2. Génesis 3 y sus consecuencias debían ser vistas como desviaciones del modelo original. Por tanto, la nueva comunidad establecida por Jesús, lo normativo es el modelo de la Creación, quedando abrogada la estructura jerárquica que se había derivado de la Caída.

 

Para los exegetas que defienden la subordinación de la mujer, la redención no alteró la relación hombre-mujer, porque dicha relación fue establecida antes de la Caída, aunque tal conclusión no se desprenda ni del relato de la Creación, ni de la interpretación que Jesús hizo del mismo.

 

Tomado de Aletehia, Número 12. Publicación Teológica de la Alianza Evangélica Española.
Para suscripciones: oficina@AEEsp.net. Usado con permiso.

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