Cuando el líder se siente solo


Muchas veces nos sentimos solos en el trabajo. Parecería que nadie está dispuesto a colaborar o simplemente no hay a quien dejarle el trabajo. Pero en la mayoría de las ocasiones somos nosotros los que no queremos delegar el trabajo a otros porque pensamos que nadie puede hacerlo como nosotros lo hacemos. Solemos dirigir la reunión, tocar el teclado, manejar el sonido y cantar todo al mismo tiempo porque decimos que nadie nos ayuda, pero ¿realmente es así?.

Un buen líder debe ser por sobre todas las cosas FORMADOR DE OTROS LIDERES. Por consiguiente es nuestro deber capacitar a gente para que llegado el caso que no podamos estar en ese lugar y en ese momento, otra persona pueda hacerlo sin problemas. He sabido que algunas iglesias han perdido a su músico principal o que el director de alabanza se fué a otra congregación y nadie quedó en su lugar. El pobre pastor y la iglesia deben correr como locos a preparar un lider a los ponchazos (como decimos en Argentina) y esto mis amados hermanos no es lo que Dios nos enseñó.
Les invito a conocer como hicieron algunos de nuestros amados hermanos en las escrituras y como el propio Cristo actuó para resolver este problema.

1 – ¿Porqué Jesús los envió de 2 en 2?

Jesús sabia perfectamente que su tiempo en la tierra era limitado. Para ello tuvo que capacitar a sus discípulos para enfrentar cualquier eventualidad. No solo los envió a predicar las buenas nuevas del evangelio, sino que también les dio todo el poder y la autoridad que venían de parte de Él. Cuatro puntos fundamentales fueron de suma importancia para lograr formarlos como un buen equipo según Warren Wiersbe en su libro "Bosquejos expositivos de la Biblia".

¿Porqué Jesús forma equipos?

1. Porque así aprenden a servirle

2. Porque aprenden a conocerle

3. Aprenden a confiar en Él

4. Aprenden a amar Jesús está a punto de empezar su «campaña» final en Galilea antes de ir a Jerusalén para morir (v. 51). El trasfondo de este capítulo es Mateo 9.35–38: Su compasión por las multitudes y la necesidad desesperada de obreros. ¿Cómo respondió Jesús a este desafío? Envió a los apóstoles a que ministraran y los preparó en privado para el ministerio que enfrentarían después que Él volviera a la gloria. Los doce tenían todavía mucho camino que recorrer antes de que pudieran asumir lugares de responsabilidad y servicio, pero Jesús era paciente con ellos, así como lo es con nosotros. Considere algunas de las lecciones que quiso enseñarles. 

I. Aprenden a servirle (Lucas 9.1-17) 

Lo primero que Jesús hizo fue preparar a los doce para el servicio. Poder es la capacidad de hacer algo; autoridad es el derecho para hacerlo; y los apóstoles tenían ambos (Ro 15.18, 19; Heb 2.1–4; 2 Co 12.12). Los enviaron solamente a los judíos (Mt 10.5–6; Hch 3.26; Ro 1.16) y debían predicar las buenas nuevas y sanar a los afligidos. Esta gira no iba a ser unas vacaciones, de modo que les exhortó a que «viajaran ligeros» y que vivieran por fe. Al ir de dos en dos para servirle, debían confiar en que Jesús los capacitaría para hacer lo que les dijo que hicieran (Mt 16.20). 

Tan eficaz fue su ministerio que incluso Herodes Antipas lo notó y empezó a hacer averiguaciones respecto a Jesús. Todavía molesto por su conciencia, Herodes estaba seguro de que Juan el Bautista había resucitado para amenazarlo. De acuerdo a Juan 10.41 Juan el Bautista no hizo ningún milagro; de modo que Herodes ciertamente estaba confundido. Cuando al fin Herodes conoció a Jesús el Señor ni le dijo ni hizo nada (Lc 23.6–12).

Jesús y los apóstoles trataron de descansar un poco después de su exigente gira de ministerio, pero las multitudes no les dejaban. ¿Qué hacer con más de cinco mil personas con hambre? Los doce le sugirieron a Jesús que las despidiera (v. 12; véanse 18.15 y Mt 15.23), Felipe se preocupó por el presupuesto (Jn 6.5–7) y Andrés empezó con lo que tenían y se lo trajo a Jesús (Jn 6.8, 9). Jesús les enseñó a los doce una importante lección para su obra futura: ninguna situación es imposible si se toma lo que uno tiene a mano, se lo da a Dios con acción de gracias y lo comparte con otros.

II. Aprenden a conocerle (9.18-36) 

Jesús empezó ahora a «retirarse» del ministerio público para poder pasar momentos a solas con los doce y prepararlos para lo que le ocurriría en Jerusalén. En cada punto crucial de su ministerio Jesús dedicó un tiempo especial a la oración (v. 18). Cuando los apóstoles ministraban entre la gente, oyeron lo que se decía respecto a Jesús; pero Jesús quería que los doce no tuvieran la opinión de la multitud, sino más bien convicciones personales. Quería que su confesión fuera una experiencia espiritual con el Padre (Mt 16.16, 17). 

Ahora que habían aclarado su confesión de fe (todos, excepto Judas: Jn 6.67–71), los doce podían aprender más acerca del sufrimiento y muerte de Cristo que se aproximaba. Mateo nos dice que Pedro se opuso al plan (Mt 16.21–23), de modo que Jesús tuvo que explicarle, tanto a Pedro como a sus asociados, el significado de la cruz. Pedro era salvo, pero sabía muy poco acerca del discipulado, tomar la cruz y seguir a Jesús. La salvación es un don, un regalo de Dios para nosotros porque Cristo murió por nosotros en la cruz. El discipulado es nuestro regalo a Dios al tomar la cruz, negarnos a nosotros mismos y seguir al Señor en todo.

En el monte de la transfiguración los tres discípulos escogidos aprendieron que el sufrimiento lleva a la gloria, un mensaje que Pedro recalca en su primera epístola (1 P 1.6–8, 11; 4.12–5.10). Moisés representa la ley y Elías los profetas, ambos se cumplieron en Jesucristo (Heb 1.1–3). La palabra «partida» en el versículo 31 en el griego es éxodo y se refiere al ministerio total de nuestro Señor en Jerusalén: su muerte, resurrección y ascensión. Como Moisés condujo a los judíos fuera de la esclavitud de Egipto, así Jesús guía a los pecadores creyentes fuera de la esclavitud del pecado.

Pedro quería hacer del acontecimiento una perpetua Fiesta de los Tabernáculos, pero el Padre interrumpió su discurso para recordarle que debía oír a Jesús. Esta es la primera de las tres interrupciones en la vida de Pedro: el Padre le interrumpió aquí, el Hijo en Mateo 17.24–27 y el Espíritu Santo en Hechos 10.44–48. Pedro aprendió de esta experiencia a confiar en la inmutable Palabra de Dios (2 P 1.16–21), y a saber que el glorioso reino vendrá a pesar de lo que los hombres pecadores puedan hacer (2 P 3).

III. Aprenden a confiar en Él (9.37-43) 

Los nueve apóstoles que quedaron atrás estaban en problemas, porque no pudieron sanar a un muchacho endemoniado que un padre afligido les había traído. Todavía más, algunos de los líderes religiosos estaban discutiendo con los apóstoles (Mc 9.14) y probablemente ridiculizándolos por sus esfuerzos inútiles. Jesús les había dado a estos nueve hombres el poder y la autoridad que necesitaban (Lc 9.1, 2), pero algo había pasado. La explicación se da en Mateo 17.19–21. Es evidente que los nueve apóstoles dejaron de orar y ayunar, y su fe se había debilitado. La poderosa fe que ejercieron en su gira (v. 10) era ahora demasiado débil como para acogerse a las promesas de victoria que Jesús les había dado. No podemos vivir y servir sobre la base de victorias pasadas. Debemos estar alertas y disciplinados siempre, confiando en el Señor para la obra. 

IV. Aprenden a amar (9.44-56) 

Qué extraño que los doce respondieran como lo hicieron al siguiente anuncio de la cruz. En lugar de ser humildes, discutían sobre quién sería el mayor. Tal vez el fracaso de los nueve para echar fuera al demonio y el privilegio de los tres que subieron con Jesús al monte había creado rivalidad entre ellos. Cómo hubieran disfrutado Pedro, Jacobo y Juan en contar a los nueve lo que habían visto en el monte, pero Jesús les había dicho que no lo contaran a nadie (Mt 17.9). Los doce andaban en la carne (Gl 5.20) y pensaban únicamente en sí mismos. Tenían que aprender a amarse unos a otros si habían de servir al Señor con eficacia. También tenían que aprender a amar a otros que no eran parte de su grupo especial (vv. 49–50). Jesús tenía no sólo doce apóstoles, sino que también tuvo otros setenta a los que podía enviar al servicio (10.1, 2). Juan pensó que era espiritual al prohibir al hombre anónimo que sirviera, pero Jesús le reprendió con amor. Para ver las situaciones paralelas, véanse Números 11.24–30, Juan 3.26–30 y Filipenses 1.12–18. 

Finalmente, tenían que aprender a amar a sus enemigos (vv. 51–56). Los samaritanos y los judíos habían estado en enemistad por siglos, pero Jesús no participaba en tal lucha (véanse Jn 4; 8.48–49; Lc 10.25–37). Llamamos a Juan «el apóstol del amor», pero Jesús a él y a su hermano les llamó «hijos del trueno» (Mc 3.17). Quizás al ver a Elías en el monte les incitó a pedir que descendiera fuego del cielo (2 R 1). Pero esta no era la manera de convertir en amigo a un enemigo (Ro 12.17–21; Mt 5.10–12, 38–48).

V. Aprenden a poner a Cristo primero (9.57-62) 

Estos tres hombres llamaron a Jesús «Señor», pero no hicieron lo que Él les había dicho que hicieran (6.46; Mt 7.21–27). Cuando oyó de posibles adversidades, el primer hombre no quería negarse a sí mismo. El segundo estaba preocupado por el funeral incorrecto; debía haber tomado su cruz, morir a sí mismo y obedecer la voluntad de Dios. El tercer hombre tenía sus ojos puestos en la dirección equivocada y no podía seguir a Cristo. Las condiciones para el discipulado se dan en 9.23, y estos tres hombres no pudieron satisfacerlas. Su énfasis era «yo primero». ¡No es de sorprenderse que los obreros sean tan pocos!Cristo envió a sus discípulos de dos en dos sabiendo que «no es bueno que el hombre esté solo» (cf. Gn 2.18), incluso en el servicio cristiano. Eclesiastés 4.9–12 indica que «dos son mejor que uno». ¡Qué privilegio y responsabilidad es para los cristianos animarse los unos a los otros! Cuando Elías pensó que era el único fiel a Dios, empezó a retroceder. Jonás ministró solo y desarrolló un espíritu de amargura.

Jesús los estaba preparando para una guerra espiritual

Cristo conocía la guerra espiritual que les deparaba el trabajo y sabía que los soldados no pelean solos. Esto nos dice Murphy en su manual de Guerra espiritual;

Jesús envió a sus discípulos «de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde había de ir». Tenían que ser sus heraldos, para preparar el camino para su llegada. No es de extrañar que se toparan inmediatamente con la guerra espiritual. Aunque los setenta no eran apóstoles, dicho en las acertadas palabras de Calvino, fueron «sus heraldos secundarios». A ellos, y no a los doce, dio Cristo aquella revelación general y autorizada sobre la guerra espiritual.

Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará (Lucas 10.18–19).

Cada equipo tenía autoridad delegada

La autoridad que tenemos es delegada. En Lucas 10, Jesús la da a todos sus discípulos de manera total, sobre cada una de las dimensiones del área sobrenatural del mal, no sólo a los doce apóstoles (Lucas 10.1, 17–19). Se desconoce la identidad de los setenta. Aquel grupo de hombres era lo suficientemente grande como para que el Señor los formara y los supervisara, y ya que es la única referencia que se hace a ellos, es de suponer que no abandonaron los trabajos que tenían ni sus hogares para seguir a su Maestro —como sucedió con los doce—. Hoy en día los llamaríamos laicos.

Calvino sugiere que, al igual que los doce simbolizan a las tribus de Israel, los setenta representan a los ancianos escogidos por Moisés para ayudarle a administrar los asuntos del pueblo, y que más tarde constituirían el consejo judío de los setenta: el Sanedrín. (*)

El Señor Jesús los designó junto con los doce. Se les denomina «otros setenta», y fueron enviados «de dos en dos» para seguir el modelo que Jesús había establecido con anterioridad para los doce apóstoles (Marcos 6.7; 11.1; 14.13). Este modelo de ministerio en equipo tenía un sólido precedente histórico en el Antiguo Testamento.

2 – El modelo de equipo que Pablo tuvo

Podríamos llamarlos "Apostólicos" ya que para pertenecer a un equipo de pablo no se necesitaba ser un apóstol. En sus equipos misioneros había líderes maduros, Jóvenes como Juan Marcos y Tito, Doctores, Intercesores, Mensajeros, Abogados, Predicadores, etc.

Pablo conocía la necesidad de un acompañante y en su viaje a Corinto se nos cuenta que tuvo gran consuelo al saber que Tito estaría con él. Warren Wiersbe nos dice el siguiente relato al respecto.

La llegada de Tito fue una gran consolación para Pablo. Admite que estaba afligido («humilde»,

2 Cor. 7:6), pero que la llegada de su amigo fue para él un gran alivio. Esta es la manera en que los cristianos deben ayudarse los unos a los otros. Debemos sobrellevar los unos las cargas de los otros (Gl 6.2); estimularnos mutuamente (Heb 10.25); ministrarnos los unos a los otros (1 P 4.10, 11).

Sin lugar a dudas Pablo no quería enfrentar a la Iglesia de Corinto sólo y la llegada de su amigo alivianó sus cargas.

3 – ¿Cuál es el principio del AT que es el modelo para hoy día?

El principio del cordón de tres cuerdas.

Un simple hilo o cuerda es fácil que se rompa. Pero un cordón con tres cuerdas enlazadas ya es muy difícil romperlo. Este es el principio que está en el libro de Eclesiastés y el que tomamos como referencia.

(Eclesiastés 4:9-12)
9Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. 10Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. 11También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? 12Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.

El cordón de tres cuerdas podrían representarse de la siguiente manera:

1. Visión (Profeta):
Sin visión no hay objetivos. Un equipo sin objetivos no tiene ningún trabajo que hacer.

2. Pastor:
Es quien cuida espiritualmente del equipo y que restaura y conforta de las heridas hechas por el trabajo o mientras es desarrollada la visión.

3. Administrador:
Es quien organiza todo lo que esa visión exige planificando y ordenando todo lo necesario para su buena ejecución.En muchas congregaciones el Pastor es el mismo profeta y es el que transmite la visión a toda la congregación. En el caso de un equipo de alabanza, el director debe seguir la visión delegada por su pastor y aún ser él mismo pastor de sus adoradores pero es importante que NO cargue estas tres areas una sola persona.

Dios te bendiga

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